CLAIRTONE: UNA HISTORIA DEL CAPITALISMO
En
principio, hay que aclarar qué es Clairtone, un nombre que al sur del mundo y
en el siglo XXI significa más bien poco, sino nada. Se trata de una empresa
canadiense que comenzó con el diseño de lo que aquí se conocería con el nombre
de combinados: esos muebles amplios que en su interior albergaban un tocadiscos
y un par de parlantes, que garantizaban una experiencia novedosa en la escucha
hogareña de la música.
Que
al comienzo del relato, después de que “Fly me to the moon” invada los sentidos
del espectador, aparezca Nina Munk, da una pista de por dónde irá la historia.
Nina es hija de Peter, el inmigrante húngaro que logró escapar de la
persecución nazi, y que una vez en Toronto, terminó fundando una empresa que
fue, como señala su hija, “su gran amor”. Entonces, más que la historia de
Clairtone como empresa, de lo que se trata es de la historia de Peter Munk y la
forma en que construyó algo diferente, algo que lo convierte más en un artista
que en un empresario.
Hasta
allí, puede pensarse en el documental como algo esencialmente localista, cuyo
interés más allá de las fronteras canadienses -o norteamericanas en general-,
podría limitarse a aquellos países en los que la empresa pudo desembarcar con
sus productos. Y aun así, podría pensárselo como un ejercicio de nostalgia y de
recuperación de una marca y de una serie de productos que marcaron su época:
ese primer estereo que revolucionó la escucha hogareña y el modelo Project G,
con sus parlantes con forma de bola desmontable y que era símbolo de
pertenencia desde su aparición en la pantalla en los años finales del cine
clásico americano.
Pero
en los documentales de Ron Mann, la superficie, el tema elegido es una excusa
para escarbar en la cultura norteamericana (ver sus notables Know your
mushrooms y especialmente Tales of the Rat Fink). Y Clairtone
no es la excepción. No porque a partir de ella se proponga desarmar los hábitos
de escucha musical que se asentaron entre finales de la década del 50 y
comienzos de la del 60 -los que en todo caso pueden advertirse en un discreto
segundo plano, en el pasaje de las bandas de jazz, los crooners y la música
negra emergente- sino para comprender a través de la evolución de la empresa,
los cambios que se fueron experimentando en el sistema económico.
Clairtone
surge como una empresa familiar de pequeña escala, un derivado de la empresa
original de Munk dedicada a la fabricación de sistemas de alta fidelidad. El
encuentro con David Gilmour lleva a la empresa a otro nivel: el mix entre esos
sistemas y el amoblamiento de diseño nórdico, se convierte en seña de identidad
y también en una especie de big bang en el que todo se vuelve vertiginoso. Se
pasa en poco tiempo de fabricar para un consumo restringido de clase -el sector
adinerado de Toronto- a expandirse a otros sectores -situar su nueva fábrica en
Nueva York-, lo que implicaba apostar a un consumo y un mercado más amplio y
cosmopolita.
Ese
crecimiento trae otras consecuencias: ampliar volumen de producción y de
distribución, confiar en mecanismos de marketing, expandirse a partir de la
inversión publicitaria. El producto empezaba a ser una parte cada vez menos
significativa en un conglomerado que implicaba diseñar, fabricar, distribuir,
publicitar y hasta propagar las bondades de la empresa a través de
conferencias, en un contexto en el que se había convertido en una insignia de
Canadá.
Lo
que lleva al documental a ser pensado como una narrativa en la que Clairtone
deja de ser un nombre propio sostenido en sí mismo, para convertirse en un
ejemplo de los modos que asume el capitalismo moderno. El crecimiento y la
expansión de la empresa explica la aceleración del capitalismo productivo entre
la década del 50 y comienzos de los 70. Ya parecía advertirlo la lógica de
evolución inicial de la empresa, necesitada de recurrir al endeudamiento para
poder expandirse. Es justamente esa lógica la que lleva a la derivación del
capitalismo productivo al financiero, que empezaría a dominar a partir de la
década del 80. Lo que implica que los productos se vuelven subsidiarios y lo
que importa es, como señala en algún momento Nina Munk, “el flujo de dinero”:
esa circulación demorada entre el pago de las materias primas y el regreso de
lo obtenido por las ventas.
La
historia de Clairtone deja de ser en algún momento, la de esos estéreos
sofisticados. Se reconduce hacia inversores, deudas de impuestos al borde de lo
impagable, ventas y necesidad de tener una nueva fábrica. Todo se vuelve más
grande: más ventas, más empleados, una fábrica más grande que ocupa siete
hectáreas en Nova Scotia con beneficios fiscales. Y también, una apuesta por la
diversificación productiva: empezar a fabricar TV color, asociarse con Toyota
para fabricar esos autos en Canadá, parecen ser el corolario de ese modelo de
expansión y concentración que el capitalismo sostiene como discurso y panacea.
Pero
como buen monstruo que devora a sus crías, es ese mismo modelo el que lleva a
la destrucción. Basta con que algún cálculo, alguna previsión no se cumpla -los
mercados de consumo algunas veces no se rigen por modelos matemáticos- para que
ahora sí, las deudas se vuelvan impagables. Clairtone demuestra que la historia
del capitalismo es la de la generación continua de deudas para que el sector
financiero se apropie de la producción, para llevarla hacia la uniformidad o su
desaparición -especialmente si se trata de algo diferente a lo habitual.
O
lo que es peor, a la asimilación a un modelo sustentado en la transferencia a
los sectores concentrados, como sugiere el final. Porque eso sí, el sistema
ofrece nuevas oportunidades a los sobrevivientes que encuentren la capacidad
para reinventarse. Aunque eso implique pasar de lo distintivo del diseño de un
bien mueble artístico y bello, a la explotación del turismo internacional, la
venta de inmuebles, o la fundación de una compañía minera que explote y saquee
las riquezas de los países pobres. Y entonces sí, volverse millonarios. Vaya
paradoja del sistema.






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