EL ÚLTIMO VIAJE A CHINA:RETRATO DE ACTRIZ DE LA PATRIA POR AMIGOS
No,
ese auto que avanza por una ruta enmarcada entre árboles no circula por un
camino que lleva a China, el país. Es una ruta uruguaya, que lleva hasta una
casa situada al borde de una laguna. Allí vive Carlos Perciavalle, desde hace
años. Y quien viaja en el auto es Soledad Silveyra. Lo que los dos tienen en
común no es solamente ser y haber sido grandes estrellas del espectáculo
argentino –uno en el teatro y los café concerts, la otra a partir de la
televisión-, especialmente en las décadas del 70 y el 80. Lo que los une,
además de la amistad es China, China Zorrilla.
Viajar
a China -aunque lo de “último” puede tomarse más como licencia poética-, es en
algún punto, invertir la historia. En el pasado, China Zorrilla fue, además de
actriz, una mujer de mundo, un personaje en movimiento continuo. Londres y
Nueva York parecen haber sido los destinos preferidos, en los que la
centralidad de lo cultural dejaba su huella. China viajó por trabajo, por
placer, por amor, por familia. Perciavalle es quien retoma los relatos de
algunos de esos viajes -como el de la navidad en Nueva York, en una fiesta
equivocada- para recuperar la figura de China por el mundo. Pero este último
viaje lo protagonizan los dos amigos y ya no es un viaje físico, sino uno que
va por los recuerdos que involucran a la amiga en común.
El
recuento es, parece ser, a simple vista, algo desordenado. Entre ellos, en todo
caso, el diálogo sirve como punto de partida para que otros materiales
-entrevistas realizadas a China, imágenes de obras en las que actuó, de
películas que filmó vayan articulando las diferentes etapas. Del abolengo
familiar, esa línea que conjura en un mismo tronco al poeta de la patria, al
escultor de la patria y a la actriz de la patria en tres generaciones
sucesivas. De la infancia en París, de la que no quedan más recuerdos que un
puñado de fotos. Del viaje a Londres para estudiar teatro y su regreso para
ingresar en la Comedia Nacional en Uruguay. Es la decisión de evitar el formato
de entrevista y la potencial profusión de opiniones sobre el personaje, lo que
hace que el documental tenga la fluidez que provee una charla. Y porque
justamente lo que menos importa -sobre
todo, con un personaje como China- es la exposición estructurada de datos, es
que esa decisión trastoca la posible idea de un documental biográfico, hacia
otro evocativo. No se trata tanto de saber todo lo posible sobre China
Zorrilla, sino de recordarla con las precisiones e imprecisiones de una memoria
compartida.
La
elección no es inocua sino representativa. Perciavalle implica un acercamiento
al costado teatral y de comedia de Zorrilla. No solo por los escenarios
compartidos -desde los cafes concerts de la juventud a las obras coprotagonizadas
en décadas posteriores- sino por el origen uruguayo mutuo: él puede dar
testimonio de ese recorrido de Zorrilla por los teatros uruguayos y de su
constitución como una especie de mito de la escena nacional, que se acrecentó
con la interdicción censora de la dictadura. Silveyra, en cambio, permite
explorar tanto el acercamiento a la cultura argentina (¿alguien más podía dar
carnadura, por ejemplo, a Victoria Ocampo como lo hizo ella?) como su ingreso
en el ámbito popular que implicó su trabajo en telenovelas famosas de los 70.
Entre los dos se explica ese espacio que ocupó Zorrilla a la vez, al menos en
sus años en la Argentina: entre el prestigio del teatro y la popularidad
televisiva, China forjó su historia de actriz y su propio mito. Lo que hacen ambos,
al fin, es recrearlo, ir en busca de los detalles que lo fueron constituyendo.

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