KOLN 75: EL (DES)CONCIERTO

“No me imagino a nadie rechazándote”, le dice Ronnie Scott (Daniel Betts) a Vera Brandes (Mala Emde), esa adolescente que se ha acercado a él, después de dar un concierto en una heladería de Koln. Es 1973 y el jazz parece sobrevivir únicamente en ese circuito de clubes y bares de distintas ciudades de Europa. Y Scott no se lo dice porque ha sucumbido a los encantos físicos -¿o sí?- de esa chica que simula tener 25 años pero tiene 16, sino porque detecta en ella una perseverancia para lograr los objetivos que se propone. Y porque ve en ella la oportunidad de que le organice una gira por Alemania. Lo curioso es que los inicios de Vera, esos intentos que al comienzo son balbuceos algo torpes –nadie nace sabiendo cómo organizar la gira de un músico- no implican su cuerpo, sino solo su voz en el teléfono. Esa que en un momento advierte la necesidad de abandonar el idioma de su madre patria –que denota provincialismo, pero que simbólicamente también representa la salida del hogar paterno restrictivo hacia la amplitud del mundo- para adoptar el inglés y de esa forma obtener lo que persigue.

Sin embargo, Vera es una joven –y luego una mujer- rechazada. Por sus padres conservadores –el discurso del padre cuando Vera le pide dinero es ejemplar en ese modelo-; por su hermano desorientado y sin horizontes y más adelante por una serie de estructuras burocráticas –el director de la Opera, la secretaria- que interponen obstáculos –monetarios, estructurales- que deberá sortear una y otra vez. El avance hacia el reconocimiento personal está tapizado de dinero, por cierto, pero también de trabas. Y en ese sentido, la película decide avanzar por ese camino, aún a riesgo de que su formato se advierta demasiado prefabricado. Es el camino que fluctúa entre el conflicto familiar y la carrera de Vera para superar los obstáculos que supone organizar un concierto de Keith Jarrett (John Magaro) en su ciudad. El problema es que en ese modelo –más cercano a las estrategias del cine americano que al europeo- prima la acumulación, la sucesión de situaciones que impone avances y detenciones. Casi como si se tratara de un videojuego: de hecho, en un largo tramo, Vera se la pasa corriendo, siempre al borde de llegar tarde, para despejar el camino hacia la realización del concierto.

El esquematismo de ese modelo y su reiteración termina resultando en una saturación de la que la película solo logra salir cuando se sitúa en la perspectiva de la autoconciencia. Porque al fin, son esos momentos en los que no parece tomarse demasiado en serio a sí misma, lo que permite plantear una mirada diferente, un relajamiento de esas estructuras en las que parecía encajonarse. Algo de eso ya hay en el comienzo, cuando la escena del cumpleaños 50 de Vera es interrumpida para derivar hacia la idea de los falsos comienzos. Esa falla que permanece porque forma parte del registro y que llevará a auscultar los ejemplos que provienen del ámbito de la música rock. No es únicamente allí: la película plantea un par de rupturas interesantes, que corren a la ficción hacia un terreno más documental –la inclusión de las imágenes del Jazzstage de Berlín y de otros conciertos: recordar que la ciudad se había convertido en esos años en meca musical, en centro cultural en el que convergían las expresiones más experimentales de las artes- o divulgativo –la explicación de la evolución de las formas del jazz a partir de la idea de supresión, desde las big bands hasta llegar a Jarrett-. Pero en definitiva no son más que eso: rupturas que no conducen a la reconfiguración del relato sino a su asimilación como parte del mismo, aun en su condición de fisuras en la construcción.

Tal vez el ejemplo de lo que pudo y no supo construirse en la película, está dado por otra ruptura, pero en este caso, a partir del tono de lo narrado. Que ese tramo excluya la presencia de Vera es sintomático: su universo es el de una adolescente en ebullición, una espiral ascendente a una velocidad cada vez mayor, a medida que se acerca el momento del concierto de Jarrett que se ha empeñado en organizar contra todas las prevenciones de su entorno. Por eso, cuando la película deja a Vera a un costado y por un largo rato se detiene en el relato –real o inventado, es lo de menos, incluso al interior de la película- del viaje de Jarrett en auto desde Suiza a Alemania –ocho horas a bordo de un Renault 4- es que consigue un tono más ajustado a una gira que hasta ese momento es la desventura de esos personajes –Jarrett y su asistente-, a los que acompaña un periodista (Michael Chernus) obsesionado con obtener una entrevista y que a cambio de ello podrá compartir un viaje con el músico (o podrá, en todo caso, imaginarlo, como se sugiere cuando el editor revisa su nota). Curiosamente, es cuando la película narra un desplazamiento físico –que incluye la posibilidad cercana de un choque que hubiera sido fatídico- que logra reposar y encontrar la generación de un clima entre los personajes, que el resto de la película decide ignorar –su contracara es la escena de la visita de la madre a Vera en el departamento que alquila, que no logra siquiera jugar con el contraste entre ambos personajes. La necesidad de ese esquema prefijado de retornar a la narrativa inicial lleva a que ese momento se presente apenas como un oasis en el desierto de la falta de originalidad. Esa que lleva al espectador de las narices hacia un desenlace feliz –y previsible, ya que ese concierto es uno de los más famosos de la historia- y a la coda que hace volver al principio, solo para que Vera pueda responderle, después de tantos años, a su padre.

 

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