GIOIA MIA: LOS LUGARES COMUNES

El niño que se sube a un avión -luego sabremos que se llama Nico(Marco Fiore)- no viaja solamente a Sicilia para quedar un mes al cuidado de Gela (Aurora Quattrochi), su tía abuela. Viaja a un mundo diferente. Lo advertirá pronto, cuando ante el llamado de su madre, responde que lo ha enviado a la Edad Media (la boutade de un guión que pone ese concepto en boca de un niño de esta época, pasémosla por alto). Exagera, pero es representativo de la casa de Gela: en un condominio donde viven varias mujeres solas de su misma edad, es antigua, no tiene wi-fi ni televisión ni celulares -apenas un teléfono fijo. En esa casa, las comidas se preparan -son “normales” a pesar de lo que le dice Nico, porque son efectivamente comidas- se duerme la siesta, se reza, se concurre a la iglesia. No vemos nada de la rutina previa de Nico, ni siquiera sabemos de qué ciudad viene -aunque por lo significativo del contraste, suponemos que de alguna ciudad del norte de Italia- salvo el breve recuerdo de la última noche, el último cuento que le contó Violette (Camille Dugay Comencini), su “baby sitter”. Pero es posible intuir que ese lugar es todo lo contrario a su casa.

Lo que se produce es un choque inmediato que excede a lo generacional, que se transfiere a una concepción de la vida que se opone a la de un chico que vive enfrascado en un celular. Y que va a replicarse con los niños del vecindario que juegan a la pelota en el patio y se burlan, cuando juegan al gallito ciego con él. Después de los contrastes, Gioia mia derivará hacia un proceso de adaptación y de aprendizaje que en lugar de dejarse atravesar por la conflictividad -por ejemplo, la ausencia de una relación afectiva de Nico con su padre y su madre, que apenas aparecen como voces en el teléfono-, va a tender a la confluencia amigable.

Los cruces iniciales con Gela se irán disolviendo especialmente cuando ella accede a contarle su historia con Adele, su cuñada, que falleció joven durante un parto y luego con la muerte de Frank, el perro de la casa. Nico aprenderá no solamente a manejarse en la casa -planchar la ropa, preparar la comida- y a comprender los dolores de Gela, sino también la forma de entrar en las casas cerradas o deshabitadas, gracias a la ayuda de Rosa (Martina Ziami). Y a través de ella, superará el dolor de ese amor platónico por Violette, para encontrar la posibilidad de un amor de su edad.

El final resume esa voluntad en el perdón, en el beso -escenificado en el juego de la escondida, como reflejo de la historia de Gela- en el descubrimiento de lo que está oculto -los ruidos que se atribuyen a los espíritus-. La amabilidad de la película es la de ofrecer lo que un espectador medio puede pedir: el triunfo de lo afectivo como queda reflejado en esa imagen que Nico ve desde el mar hacia la playa. Esa en la que Gela está rodeada de sus amigas y vecinas, que conocen su secreto pero no la juzgan sino que permanecen a su lado. La diferencia entre Gioia mia y otras películas por el estilo es que esos lugares comunes a los que apela no están signados por la prepotencia y la exageración, sino por esa amabilidad que le permite construir su propio verosímil.

 

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