YIYA: AMBIGÜEDAD Y CORRECCIÓN
Yiya
Murano es una imagen incrustada en la cultura argentina de las últimas décadas
del siglo pasado. En una época que todavía proponía la narrativa en el tiempo
por sobre el descarte rápido, su historia construida desde los medios–antes las
revistas generalistas que las páginas policiales de los diarios- basculaba
entre el fantasma del Robledo Puch encarcelado de por vida y los secuestros
extorsivos de Arquímedes Puccio –no parece casual que el audiovisual argentino
ya haya vuelto su mirada sobre esos espectros de la muerte-. Yiya se diferencia
por ser mujer, en una época en la que el ejercicio de la violencia estaba
depositado en manos de los hombres, desde lo institucional a lo cotidiano. Yiya
se volvió señal: asesina entre las mujeres asesinas, mito de la posibilidad del
asesino serial a la vuelta de la esquina, amparada en la ingenuidad del té con
masitas de la tarde.
Hoy
es imposible recordar con exactitud qué decían esos medios sobre ella. El
tiempo devoró las palabras, pero dejó intacta su imagen en fotografías en
blanco y negro donde estaban presentes los anteojos, el peinado de época. Yiya, la serie, intenta actualizar esa
imagen; divide sus tiempos en dos, el de la acción y el del recuerdo. En el
primero, Julieta Zylberberg encarna a esa madre y esposa desamorada, que
encuentra un posible camino de salvación de la rutina personal en una estafa
piramidal en la que involucra a sus amigas más cercanas. En la segunda,
Cristina Banegas ejecuta su decadencia marcada por el cinismo y la afirmación
de la inocencia a partir de la historia que se fue inventando para sí misma.
Entre una y otra hay varias décadas, esas en las que pasó de ser celebridad en
la tapa de las revistas al olvido selectivo de la sociedad.
La
pretensión de la serie es dotar a esos dos momentos de características
particulares. La Yiya joven se divide entre la apatía rutinaria del espacio de
la casa, dominado por las apariencias –pertenecer a los círculos militares en
los años de la última dictadura- y por el ocultamiento, y por la voracidad
propia de una mantis religiosa que no discriminaba entre su círculo de amigas y
sus jóvenes amantes. La caída en desgracia a partir del derrumbe de su
“negocio”, al que se había lanzado sin red, articula y promueve la
profundización de ese modelo según el cual, todo obstáculo se transforma en
objeto de descarte. La Yiya refugiada en las paredes de un geriátrico, en
cambio, solo puede intercambiar fichas con un interlocutor que quiere contar su
historia y en el que el juego pasa por descubrirse mutuamente las provocaciones
y el balanceo entre medias verdades y mentiras indisimulables. La serie alterna
sus dos tiempos recomponiendo desde la articulación de los recuerdos de Yiya y
la escritura de Félix (Pablo Rago), la linealidad cronológica. El problema es
que el cinismo algo forzado de esa Yiya y la persistencia explicativa que se
ensaya desde la voz de Félix, terminan ocupando el centro de la historia,
llevándola a un territorio más cercano al informe periodístico que al
desarrollo de una ficción. El modelo que se ha tomado es el que atrasa. Ya no
es el de las ficciones producidas por las plataformas internacionales, incluso
con los problemas que ello implica, sino el de algún viejo programa de
televisión de la década del 80: Félix podría ser el protagonista de una reedición
actualizada de Yo fui testigo.
La
consecuencia es que la serie deambula entre esos dos puntos de vista que, en
términos narrativos, terminan anulándose. Ni se permite liberarse a los excesos
alimentados por la mente de Yiya ni avanza por los recovecos de ese laberinto
construido para ocultar los sucesos, desde la perspectiva de Félix. El híbrido
provoca un desapego por la intensidad de lo narrado: hasta las muertes de las
amigas se ven como puestas desganadas, como si allí hubiera hecho mella el peso
de la corrección para sostener una posible ambigüedad entre lo hecho y lo no
hecho. Esa corrección pavorosa se vuelve tranquilizadora: la actualización de
la imagen de Yiya no se aparta de lo previsible ni de la desesperante renuncia
a contar la historia desde quien la encara (aunque en estos tiempos resulte
difícil establecer si un proyecto proviene de las usinas productoras de una
plataforma o de una iniciativa personal). La imagen más representativa de lo
que es Yiya como serie, está en esa
escena cerca del final, cuando le da a leer a Félix la carta en la que dice lo
que hizo, para luego romperla. Allí está la trampa en la que el espectador cae:
la de asistir a una eventual historia narrada desde una primera persona, pero
con la advertencia de que no puede –o no quiere- contar la verdad, aunque sea
la propia. Mostrar una carta con la promesa de no revelarla ante un periodista
o investigador que está escribiendo un libro y después romperla, no es un juego
astuto del personaje: es la demostración de que no se supo qué hacer con esa
historia, más que ilustrarla livianamente para la visión rápida y generalmente
irreflexiva que propone el consumo audiovisual de estos tiempos.





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