PERROS: EL ARTIFICIO

Un barrio es un simulacro de convivencia. Una paz inestable sustentada en la suspensión de la desconfianza y el predominio de la diplomacia y las relaciones públicas. Entre los adultos, los dueños, los que se aferran a un territorio con líneas demarcatorias precisas. En los hijos, los jóvenes no. Ellos todavía pueden compartir porque el sistema de posesiones no los ha alcanzado todavía y los elementos que los retienen en sus hogares son otros –un perro, por ejemplo-. Los padres juegan al simulacro de igualdad que es solo impostura –un posible sacrificio para no provocar la ruptura inmediata-: viven en el mismo barrio, uno al lado del otro, tienen sus casas espaciosas, sus terrenos, pero no son iguales. El momento en el que los Pernas, en medio de una anunciada ola de calor veraniego en Uruguay, se marchan de vacaciones, se convierte en el punto de partida de la distinción que se producirá con sus vecinos Jorge y Mirta y que derivará en un enfrentamiento que inevitablemente irá escalando.

Esa diplomacia barrial es la que habilita la supresión de las barreras. Cuando la mujer de los Pernas le enseña a Mirta cómo funciona la alarma de la casa y le da las llaves y el perro Ficha para que lo cuide, permite que las dos casas empiecen a verse como un mismo territorio que durante unos días estará bajo el dominio de los vecinos. El simulacro se sostiene hasta el momento de la partida de los Pernas. Esa primera noche se produce el primer acercamiento a la casa vecina. En el momento en que Mirta y Jorge se sientan en el quincho de la casa lindera a tomar cerveza, el vecino empieza a convertirse en el otro. Y ese otro está definido por el dinero, por lo que posee. El cálculo de lo que se gastó en ese quincho y la comparación que establecen (“si tuviéramos 15 mil dólares se nos iría en pagar deudas”) es la llave de acceso a la pertenencia de las dos familias a mundos diferentes. Porque al fin, ellos se quedan allí, en su casa en pleno verano, mientras “el otro”, el vecino, se va a Punta del Este.


Lo que se va a producir es una invasión silenciosa, nuevamente acicateada por el dinero. La excusa es la curiosidad para ver cómo arreglaron la casa, pero la circulación necesariamente a oscuras para evitar ser vistos, diluye esa intención. O la sitúa en un plano en que aflora cierta honestidad: los dos se detienen antes que en la estructura en los objetos personales –bebidas, perfumes, cremas, ropa, camas- y en el aire acondicionado que les permite pasar un rato sin la asfixia del calor. Lo que parece una situación puntual se transforma en ritual: se exploran otros espacios, se empiezan a usar las instalaciones, todo objeto del otro se vuelve propio por el uso. El uso es lúdico: se juega a ser el otro, a tomar lo del otro, sabiendo que luego hay que regresar a la realidad de la casa propia. No hay apropiación –de hecho, al regreso de los Pernas no falta nada de la casa-, como lo demuestra el hecho de usar la cortadora de pasto, incluso para cortar el pasto de la casa del vecino. Ese juego, sin embargo, no apunta a la igualdad porque en Jorge y Mirta –y tampoco en los Pernas- el concepto nunca pasa –ni puede pasar- a ser “el otro soy yo”. Y mucho menos el “yo soy el otro”.

El simulacro se desarma ante un hecho: la desaparición de Ficha. La armonía aparente se quiebra y los personajes empiezan a expresar lo que realmente piensan. Mirta lo expresa en primer lugar: “Rastrillá el barrio hasta que aparezca ese perro de mierda”, le dice a Jorge primero. Y más tarde, “tiene que aparecer ese puto perro”. Jorge opta por ocultar, por no decir, hasta el límite (sabe qué pasó con el perro pero no lo dice; retrasa todo lo que puede la llamada a los vecinos hasta que su hija lo presiona), pero lo llamativo es que el juego se repetirá con Fernando Pernas, que puertas afuera no pone en palabras concretas lo que sospecha hacia adentro –salvo cuando intenta confirmar su versión ante ese personaje extraño que regula el sistema de vigilancia en el barrio.

El punto definitivo en el que ese vecino se vuelve “el otro” es la desconfianza. Y la desconfianza conduce al temor. O hasta al asco. Es notable que en la película, esa desconfianza y su aparición se resuelve en una serie de breves escenas que marcan un desajuste, lo que se ha cambiado y que revela el detallismo casi obsesivo –cuando no enfermizo por el orden- de los Pernas. Los signos de la invasión, las huellas de Jorge y Mirta empiezan a aparecer ante sus ojos. La pared medianera baja con su respectiva puerta, se vuelve ahora frontera que vigilar y espacio de disputa entre quien intuye (Fernando) y quien niega (Jorge). El sostenimiento de esa impostura mutua es la revelación de las relaciones como un artificio y la ruptura como un camino sin retorno donde aparecerán las amenazas y las eventuales venganzas. Lo que queda para el final es el retroceso espacial, retraerse sobre el espacio propio en el que Jorge y Mirta planean un futuro en el que lo prioritario ya no es el trabajo –èl piensa vender su parte del reparto de panes- sino comprar un aire acondicionado. Y en los Pernas, la oportunidad de reiniciar el ciclo, del lado de su otra medianera. Con los nuevos vecinos que acaban de comprar la casa que Fernando no pudo comprar. Tal vez ese final sea apenas el comienzo de un pasaje de los Pernas al lugar que antes ocupaban sus vecinos y la casa recién comprada se transforme en espacio a explorar en el futuro.  

 

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