QUINOGRAFIA:RETRATO DE UN OBRERO DEL DIBUJO
*La infancia es un
territorio de felicidad: espacio de juegos, de exploración, de relación amorosa
y cuidada (aunque, como recuerda Quino, su madre “tenía el sopapo fácil, pero
no siempre”). Quino todavía no es Quino, sino Joaquín Lavado en la casa
familiar de Mendoza. Lo destaca esa primera escena en la que se revisan los
archivos de la escuela a la que concurría, con sus respectivas notas. La
felicidad de esa época está en el rescate de las fotos que se hace del archivo
familiar. Joaquín está, en ellas, siempre sonriendo. Con sus hermanos mayores,
con sus padres en el umbral de una ventana, sentado en el piso con un gatito
entre sus manos, Joaquín sonríe. Con esa misma sonrisa que mantuvo con los
años, cuando para el resto del mundo ya no era Joaquín, sino Quino, el
dibujante, el creador de Mafalda.
*¿Se deja de ser
Joaquín?¿Se deja de ser niño?. El documental no se propone contestar esas
preguntas, pero si se presta atención al recorrido que va trazando entre la
materia documental y las entrevistas en las que Quino se habla a sí mismo,
parece encontrar el camino para resolver el enigma. Porque al revés de lo
usual, no es que Quino era un resguardo para seguir siendo Joaquín: ser Joaquín
es un resguardo para no ser siempre Quino, como parece advertirlo el relato de
las empleadas de la farmacia de Madrid que visitaba a menudo. Y de la misma
manera, el niño persiste en la felicidad del retorno a la casa de Mendoza, en
ese lugar en el que, dice, vuelve a ver la misma luz que cuando era niño.
*Lo que ocurre es que
la felicidad de la niñez, esa que perpetúan las fotos y el recuerdo, no dura
para siempre. ¿Cómo puede ser feliz un niño que pierde a su abuelo a los 10
años y lleva el luto en forma de brazalete durante 8 larguísimos años?¿Cómo
puede serlo en la muerte temprana de sus padres, esos a los que, como sugiere
alguien, hubiera necesitado por varios años más? La irrupción de la muerte
trastoca el final de la niñez, el comienzo de la adolescencia. La orfandad se
sitúa en los 15 años, referida a la muerte de sus padres. Pero hay una posible
orfandad previa que marcará a Joaquín: cuando la diferencia de edad con sus
hermanos le impide compartir los juegos, debe inventarse los propios. Y lo que
encuentra es la observación, esa tendencia a detenerse en los detalles –y en la
felicidad que le causaba al niño que era y al que vuelve cuando evoca la
anécdota de las hormigas negras y coloradas.
*Eso es lo que queda
en Joaquín. Eso y la estructura familiar hecha de republicanismo y comunismo
español, de noticias de la Guerra Civil, de discusiones políticas. “Se me
inocularon en la piel”, dice Quino recordando a esas historias oídas por el
Joaquin que fue. Ese bagaje de cosas que se confabularon y se cocinaron a fuego
lento en Guaymallén, no habrían sido nada si no hubiera existido el tío Joaquín
Tejón. El publicista. El que dibujaba historietas a sus sobrinos para
entretenerlos en las tardes del verano mendocino. Es ahí que Joaquín descubre
la fascinación por el dibujo –dice que a los 4 años, aunque las notas de la
escuela en la materia parecieran desmentirlo-, como ese Guille que años
después, en una tira de Mafalda, se asombra de todo lo que hay adentro de un
lápiz.
*Ese cargamento es el
que trae Joaquín a Buenos Aires, a sus 18 años, desde Mendoza. Es el sustento
no visible de esa foto que se toma delante de la Torre de los Ingleses –la
única en la que no sonríe- antes de entregar su primer dibujo. Esos primeros
dibujos, pequeñas viñetas apiñadas en una página, sin texto –esas buenas ideas
con un dibujo al que “le falta sopa” como le decían- ya no son de Joaquín, ya
son plenamente Quino, resaltando los absurdos –el árabe en medio del desierto
con una cortadora de césped- que surgen del desajuste entre los objetos y el
espacio. Eso que constituye la fuente del humor. Lo interesante de esa primera
etapa es que se observa como la base de las futuras páginas mudas que Quino
seguirá elaborando, mientras ajusta la mirada sobre la vida en la sociedad.
Porque si esos chistes iniciales parecían despegarse de la Argentina para
descansar sobre la herencia mediterránea –otro elemento inoculado en la piel y
en las entrañas- pronto encontrarán una formulación universal: eso que, sin
hablar de ningún lugar en particular, es parte de cualquier lugar, incluso de
Argentina.
*Para el mundo,
Joaquín Lavado se convierte en Quino cuando comienza a dibujar a Mafalda,
inspirándose en su abuela Teté. Pero en Quinografía
el espacio que ocupa la tira no es central, sino piedra de toque para entender
la construcción del universo Quino. Los 5 mil ejemplares agotados en dos días
dan cuenta de una parte del éxito, aunque restringido, si se piensa en la
manera en que Mafalda termina imponiéndose en Europa o en China. La noción del
personaje como el niño que siempre quiere saber algo más, se despega entonces
de los rasgos de argentinidad que la tira no niega –de lo familiar a las calles
y a los objetos de lo cotidiano como el colectivo o el Citroen- para volverla
universal. Tal vez porque en la elección de ese grupo de niños situados en la
década del 60, los rasgos universales eran la forma en que Quino siguiera
jugando a ser Joaquín, encontrando la forma de que nuevos personajes siguieran
hablando de él mismo, disociándose en diferentes identidades complementarias.
De allí que hasta el personaje más desagradable podía generar empatía en el
lector.
*”Soy débil, frágil,
temeroso”. “Me manejo muy mal con la vida”. Quino vuelve a ese Joaquín que es
en el presente de las diferentes entrevistas –la de A Fondo de TVE, la de los
directores en 2014-, sin dejar de entender que es también lo que fue. “Todo es
miedo en Quino” dice Rep, para concluir que con eso hizo una obra colosal. Pero
los miedos, las represiones, aparecen canalizados en un dibujo que le permitió
exponerlos, sacarlos hacia el exterior. Ese miedo que en la entrevista se
trasviste de timidez, de humildad no fingida, de una sensibilidad que aparece
cada vez que el diálogo lo lleva a los temas que le preocupan. Es esa
característica la que lo lleva a decir que “no dibujo como quiero, sino como
puedo”, después de arrepentirse por no haber seguido estudiando y de descubrir
que los límites aparecieron cuando quiso dibujar un estadio. Pero el
aprendizaje se hizo a partir del dibujo mismo, de esa tendencia a buscar el
detalle y la perfección que revelan los que se van intercalando con sus
palabras. “Me considero un obrero del dibujo” dice, como corolario de ese
recorrido. Un trabajador que va conociendo los recovecos del oficio hasta
interpretarlo de la mejor manera. Pero quizás sea algo más. Algo que el documental
no dice pero es inevitable pensar, descubrir: que Quino no es como los demás
mortales, que se eleva por sobre todos, como hace años lo inmortalizó Rep en un
dibujo en el que, como en la realidad, flotaba a cinco centímetros del piso.


.jpg)
.jpg)


Comentarios
Publicar un comentario