POR TU BIEN:LA RELIGIÓN COMO CÁRCEL DE LAS FAMILIAS

Lo primero es la omnipresencia de lo religioso. Ese mensaje que ocupa todo el tiempo, que avanza desde las radios fronterizas y que regulan un modo de vida establecido desde ese primer mensaje que escuchamos, en el que se habla a los padres sobre el momento en que la niña se hace mujer. Esa familia Silva que vive en Puerto Piralén lleva una vida aparentemente normal, dedicada al cultivo de la tierra. Pero algo parece estar dando señales de lo que no funciona de manera tan normal: el encuentro de Zulma con el chico que puede ser su novio a la orilla del río, tras atravesar el monte, invita a pensar en la prohibición y sus posibilidades de escape. Y el traslado de la familia para trabajar con Prete se vuelve extraño desde el comienzo, cuando se alegan cuestiones económicas a la vez que se menciona que se han comprado unas tierras.

Hay una primera escena en que la armonía de las dos familias se expone más allá de lo discursivo, cuando el padre de Zulma junto con David, el hijo de Prete, tocan en sus instrumentos la música de la zona. Pero el hechizo -falso, irreal, como todo hechizo- se desarma cuando entra en escena la mirada paterna. Alcanza con dos observaciones. En la primera Prete ve -se diría que casi al borde de estallar de furia- la manera en que su hijo David le hace una trenza en el pelo a Zulma. En la segunda, Silva observa desde lo alto del monte a su hija despidiéndose de su novio de Piralén en el camino que atraviesa la selva. Lo que advierten esas miradas es un orden subvertido, una autoridad masculina que empieza a ser desoída. Y que debe restaurarse.

La autoridad no se cuestiona. La autoridad es siempre contraria al deseo: lo bloquea, lo anula. Impide, bajo la excusa de estar construyendo -una familia, la unión entre dos familias-. El deseo de Zulma se mueve entre el novio a distancia y terminar sus estudios. El de David es ser cura. El mandato se impone sobre ambos -y es cierto, David parece resistir menos que Zulma-: el hijo varón que heredará las tierras, la hija mujer destinada a ser esposa y procrear. Es tan fuerte el mandato que el deseo interno queda anulado: la convivencia pacífica, ligeramente armónica de ambos en los primeros dos años no los aparta de eso que traían de antes. No hay deseo posible en una pareja formada por la fuerza por otros ajenos: hay aceptación y resignación pero no más que un acompañamiento carente de empatía (y es por eso que para los dos la escena de los chanchos se vuelve tan perturbadora). No hay deseo posible si lo que le queda a una mujer es casarse, como le dice su madre, con aquel a quien le eligió el Señor.

Es notable que El Señor sea esa presencia continua y que marca el tono y la mirada que la película despliega. Esa religiosidad se expresa no solo como derivación de la autoridad (los hombres son los que dan las gracias y los que se alimentan primero por ese orden del Señor) sino como perspectiva de la vida como enfermedad. La oposición entre el espacio de lo estrictamente religioso (la iglesia) y la vida cotidiana está sutilmente señalado en las palabras que pronuncia el Pastor y las que incita a que pronuncien los feligreses. “Aquí estoy, entregada a ti para ser sanada” se dice en el ritual del comienzo de la película, señalando por omisión, que allí afuera está la enfermedad. Más adelante, un segundo rito incluye la invitación admonitoria del Pastor para que Satanás se vaya. La religión es entonces presentada como una droga que cura una enfermedad que se porta y en la que se recae una y otra vez y de la que solo la Iglesia, el Pastor, la Palabra del Señor puede sanar.

Ese orden se traslada al interior de las familias. El Pastor deriva en el pater familia, proveedor exclusivo del sustento -aunque las mujeres trabajen más y peor en lo doméstico y en las huertas familiares-, que transforma a las mujeres de esposas e hijas en sirvientas (la escena en que deben esperar a que los hombres terminen de comer para poder hacerlo ellas; el ritual repetido de las mujeres limpiando, arrodilladas, los pies de los hombres). Si la anulación del deseo en la pareja de David y Zulma tiene un quiebre -que parece, en todo caso, excepcional sino único- para responder de nuevo al mandato, por contrapartida no restablece ese orden al menos en el interior del espacio compartido -tácitamente, David parece abjurar de esos elementos en su relación con Zulma-. Y la prueba más clara es ese diálogo al borde del río, con Zulma embarazada y David pescando mientras hablan sobre el nombre del bebé. Hay un atisbo en David de respetar ese orden con el que claramente no concuerda del todo –“No creo que a mi mamá le gusten esos nombres”- pero que cede inmediatamente ante la firmeza de Zulma para sostener sus ámbitos de decisión.

Esa mezcla de religiosidad continua, de explotación de la tierra y de un monte extenso, sostienen a la ficción como si se desarrollara en un tiempo sin tiempo -¿quién podría afirmar con exactitud en qué época está narrada la historia?-. En un presente posible en el que lo religioso ha retrasado los relojes en décadas. O en un pasado cercano pero igualmente atrasado. En esa trama en la que todo parece ir hacia atrás, Zulma ensaya un salto hacia adelante que la aleja y rompe con la estructura familiar. Sale a otro espacio, le imprime velocidad a un espacio quieto, inmóvil. Se lleva con ella lo único que vale la pena salvar, lo único que tiene futuro en ese reino del pasado: su cuerpo, su hija, su cuñada. Nadie sabe -ni ellas- dónde irán a parar, pero por primera vez pueden decidir por ellas mismas. 

 

Comentarios

Entradas populares