LAS VOCES DEL SILENCIO: LA DISTORSIÓN
Todo empieza por una distorsión. El relato de uno de los entrevistados
evoca el momento álgido de la disputa con Chile que estuvo a punto de derivar
en una guerra. Y el recuerdo deriva en un traslado equívoco: de pensar que iban
a enviarlo a la guerra, a terminar en la Capital para reprimir una marcha de la
CGT. El momento lo lleva al pasado, a su padre negándose a matar a otro
argentino durante el levantamiento contra Juan Domingo Perón en 1955. Las
distorsiones en el rol que deben asumir las fuerzas armadas en la Argentina
llevaron a esos puntos de choque. El rol termina de distorsionarse en el
momento en que las fuerzas armadas deben intervenir naturalmente defendiendo el
territorio ante un enemigo. Y otra vez, como en 1955 y unos días antes del
comienzo, la Guerra de Malvinas distorsiona al enemigo: lo sitúa adentro y no
afuera. Lo que ocurrió en las islas, lo que relata el documental es la
continuidad histórica de la construcción del enemigo interno, canalizado en los
conscriptos, los soldados que se atrevían a desobedecer el rígido orden
impuesto.
Otra distorsión se instaló luego. Si la primavera democrática trajo la
noción de “los chicos de la guerra”, pronto la oficialidad que buscaba
recuperar los rasgos de heroicidad de las fuerzas, instaló, especialmente desde
la emergencia de la figura de Aldo Rico, la negación del concepto y la
sustitución por la idea de “hombres”. El concepto sirvió para igualar, para
poner en un mismo plano a los militares de carrera y a los conscriptos. Igualar
a todos en el heroísmo, como se señala en algún momento del documental, como
una tendencia que volvió a instalarse en los años de gobierno de Mauricio
Macri. Pero la distorsión que lo origina todo es la de no comprender, no aceptar
o directamente ignorar el hecho de que no es lo mismo un hombre que abrazó -por convicción,
tradición o mandato familiar- la carrera militar y otro que cumple con una
obligación impuesta por la Constitución Nacional.
La distorsión original es la guerra, aunque se la naturalice en un mundo de fronteras y posesiones. En Malvinas, la distorsión se duplica en la saña con que se castigaban los actos de desobediencia de los soldados conscriptos. Los relatos consensúan una realidad expresada con escasas variantes: frío, hambre, desprotección. Los actos no son desobediencias a la orden de la autoridad sino al absurdo de estar en una guerra, en un territorio inhóspito y sin comida. Son actos de desesperación y supervivencia. Ante ellos, la reacción de los generales de la guerra es el castigo mediante la humillación, la tortura física y psicológica. Es Silvio Katz quien señala el ensañamiento particular con su condición de judío para resumir en una frase el espíritu de lo que pasaba: “La guerra de él era conmigo”. Ahí está la clave de lo que le interesa narrar al documental: ese corrimiento del objetivo para los oficiales que no podían disociar las formulaciones represivas clandestinas del continente con la necesaria cohesión de cuerpo para la guerra.
De esa manera, lo ocurrido en Malvinas se mantiene en la
clandestinidad, en lo no narrado. “Tecnologías de impunidad” se las enuncia en
algún momento del documental. Una continuidad avalada por la derrota militar
que consistió en esconder el regreso de los soldados primero y propugnar
después, ante el gobierno de Raúl Alfonsín elegido en 1983, una
“desmalvinización”. Malvinas no podía ser más que una pesadilla de la que solo
se podían narrar los raptos de heroísmo individual o los límites traspasados
por el enemigo. La consecuencia fue, durante años, el aislamiento físico y
psicológico de quienes combatieron. La imagen recurrente que evocan todos es la
idea de que solo a ellos les había pasado. La ruptura se produce cuando un
funcionario de Estado cumple con su rol: En Corrientes alguien escuchó un
relato y otros fueron apareciendo hasta formar la trama de lo sistemático.
Las voces del silencio funciona como relato continuador. De la misma manera que los juzgados y las asociaciones de ex combatientes fueron reconstruyendo un entramado de humillaciones individuales como una práctica que involucraba lo colectivo, el documental vuelve a reunir a esas voces dispersas. Las pone en contexto y reconstruye el relato. Sobre todas las cosas, lo que consigue es mostrar desde la narrativa personal el otro lado de lo que fue la Guerra de Malvinas. De esa manera, Malvinas aún permaneciendo como campo de batalla elabora en paralelo otra imagen: el documental abre la puerta para ver que también Malvinas fue un campo de tortura en medio de la batalla.


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