LA NOCHE SIN MÍ:LA MUJER IGNORADA

El comienzo de La noche sin mí es más revelador de lo que parece en un primer momento. Un atardecer lluvioso, una mujer está en su auto. Que esté detenido es una señal de incomodidad que se completa con la visión desde el asiento trasero. Incomodidad a nivel físico, cuando vemos los movimientos de la mujer. Pero también revelación de una incomodidad mayor porque poco después se advierte que está realizándose un test de embarazo. La escena revela en ese momento lo que se confirmará más tarde: que esa mujer no tiene un espacio propio, que el auto parece ser el único lugar donde disponer de sí mismo, de su cuerpo. Pero la escena agrega dos elementos adicionales de peso. El primero es que el resultado del test establece una instancia crítica que se advierte en la reacción de la mujer –es notable que en ese momento se puede especular si se trata de un embarazo no deseado de una relación ocasional. El segundo es que la llegada a la casa revela que no estaba sola en el auto y que en el asiento vacío, presumiblemente dormida, iba su hija Juli.

El primero de esos elementos deriva a la pregunta sobre qué es lo que genera esa reacción. Si la posibilidad de lo ocasional queda descartada más tarde –en el gesto interrumpido de mostrar el test al esposo- lo que subyace es el motivo por el cual la sensación es la de un mundo que se desmorona. Lo que se despliega a partir de ese momento es la construcción de una estructura familiar que sugiere las razones. No parece haber razones económicas sino estrictamente relacionales. Esa pareja está rota no solamente por la desconfianza –ella espiando el celular de él- sino por las señales de lo no compartido –el reclamo de él por el ruido de la batidora, la referencia que hace ella sobre que él “antes cantaba conmigo”-. Y ese embarazo sorpresivo, evidentemente no deseado, hasta permite intuir la persistencia de una violencia intrafamiliar signada por lo no consentido. Lo que revela La noche sin mí es que la convivencia de esa pareja es una cáscara vacía, un espacio compartido desde lo inercial que carece de una gestualidad amorosa.

El segundo elemento, en la negación de ese otro que comparte un espacio, adelanta el sentido inverso que irá adquiriendo a lo largo del relato. Lo que ocurre desde la llegada a la casa familiar no es solamente un sinfín de pequeñas tragedias domésticas (la posibilidad de haber atropellado al gato, un huevo que se rompe, una torta que se quema, unas vacunas olvidadas en el auto) sino una puesta en escena de un funcionamiento interior que prescinde de esa mujer como individualidad, resignándola a un espacio codificado: es quien se ocupa de los padres, quien atiende los reclamos de su hija (“tus hijos no me dan bola” le dice su esposo, como si se tratara de un extraño que acaba de llegar), quien debe proveerse como objeto sexual a su esposo sin anteponer nunca sus deseos. La casa familiar, esa noche –y se presume que esa noche revela una continuidad, no una excepción- funciona prescindiendo de ella, desintegrando su presencia, ignorándola. Es como si esa mujer no existiera más que como un fantasma, como una presencia no registrable. Una mujer que está allí pero despojada hasta de identidad –es el único personaje al que no se llama nunca por su nombre-. Madre, esposa, hija: el único lugar, el único momento en que parece poder ser ella es en la pesadilla nocturna en la que su familia se convierte en lo monstruoso que la realidad tiende a negar y ocultar.

Lo notable es que La noche sin mí consigue ese efecto devastador sobre el personaje contando escenas de lo cotidiano, irrupciones en las que repetidamente la mujer es negada (la hermana se niega a hablar con ella; padre e hijo rezuman complicidad a través del celular; la hija le señala que la chica que toca con su padre es linda, no como ella). Pero lo refuerza cuando llega la mañana siguiente y el atisbo de redención posible –por ejemplo, advertir que la gata no ha muerto- se estrella con la realidad de manera inevitable –la torta que termina de arruinarse-. Lo que se elude entonces es la solución fácil que implicaría para esa mujer atisbar una salida de ese laberinto. La mañana siguiente es parte de ese continuo en el que el cuerpo agotado de esa mujer que atravesó una noche sin descanso, debe seguir esperando que la estructura familiar organizada a partir del hombre, se vuelva a poner en funcionamiento, para poder volver a moverse ella misma.

 

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