LA MUJER DE LA FILA: CLASE, IDENTIDAD Y NUEVAS REGLAS
“Ma, despertate” le
dice Gustavo a su madre y la frase inicial va a adquirir un doble sentido. Uno
es inmediato, físico –se quedó dormida, no se levantó para llevar a sus otros
dos hijos a la escuela. El otro es simbólico: alude a una mujer que parece
dormida, ajena a lo que ocurre a su alrededor. El despertar a esa realidad es
violento: la irrupción del grupo policial en la casa y la detención de Gustavo
implican el despertar de un sueño ideal y la inmersión en una pesadilla oscura.
“Míreme, soy gente de
bien”, dice Andrea cuando intenta ver a su hijo antes que lo lleven a su lugar
de detención. Plantea una diferencia con otro al que no nombra pero queda
implícito. Es una definición de clase, más que una implicancia moral. No se
trata de una diferenciación entre una gente que hace el bien y otra que hace el
mal: es la pertenencia a una clase social que se define por las posesiones (una
casa, un trabajo, un auto, una vestimenta: una concepción de las clases medias)
y que se sirve de ellas para exigir un trato acorde. El despertar de Andrea
incluye descubrir que en ese nuevo espacio en el que va a moverse, ese tipo de
distinciones se borran.
Hay un primer intento
de Andrea por mantener ese estatus como algo intocable. Construye una ficción
en la que quedan borrados el episodio del ingreso de la policía en la casa, la
violencia ejercida sobre ella, la detención de Gustavo. Ante la familia enhebra
formas misteriosas para sacar a sus otros hijos de la casa familiar y para
eludir las preguntas de su madre. En el trabajo pretexta una enfermedad de su
madre. Con sus amigas elige el silencio y un simulacro de felicidad que se
quiebra cuando ellas pongan en evidencia su accionar de clase (juntar dinero
para ayudarla económicamente), provocando la ruptura. De los tres ámbitos solo
podrá rehacer el de la familia, el único al que le permite acceder a la verdad
desde su relato y sorteando la desconfianza inicial de sus hijos que creen que
Gustavo está muerto, como su padre.
Un segundo intento se
plantea en las primeras visitas a la cárcel. La intromisión en la fila de
quienes quieren entrar a ver a sus familiares es la puesta en escena de esa
concepción de “gente de bien”: es creer que se tiene más derechos que quienes
esperan desde hace horas a la intemperie para poder entrar. La pelea que
protagoniza cuando observa que las zapatillas que le llevó a su hijo están en
poder de otro preso, es todavía el reflejo de la idea de la posesión material,
de la propiedad privada como elemento diferencial. El freno de Gustavo
–insuficiente para que no la echen- implica el reconocimiento de un sistema de
reglas diferentes al que rige afuera –y en el que para comenzar, el espacio se
comparte con otros. La propiedad de un objeto no se determina por la
posibilidad de comprarlo, sino por la capacidad de ganarlo –o perderlo- en una
negociación, por amenaza o por la fuerza.
“¿Cómo no voy a saber
lo que hace mi hijo?” le dice Andrea en uno de esos estallidos repentinos con
los que descarga su furia, al abogado de confianza que le hace algunas
preguntas. En verdad, Andrea no sabe. La última vez que su hijo sigue siendo el
mismo al que vio esa mañana antes de la redada, es en el primer llamado
telefónico desde la cárcel, cuando al borde del llanto, le pide que lo saque
rápido porque no va a aguantar. Es todavía allí el niño grande que llevaba a
sus hermanos a la escuela. Pero en la primera visita, se advierten los primeros
signos de su transformación. No por el rigor de las primeras noches carcelarias,
sino porque sus silencios empiezan a señalar por omisión una zona oscura y
desconocida para la familia (Andrea se sigue resistiendo a aceptarlo hasta
cuando le muestran el video del robo), que se irá profundizando y que llega a
su punto más álgido en la negativa a aceptar una salida a partir de la delación
de una estructura delictiva.
El aprendizaje de las
nuevas reglas por parte de Andrea la llevan a un corrimiento de ese espacio de
clase en el que se movía. Una aceptación implícita en esa caminata en la que va
arrastrando el bolso para ponerse en el final de la larga fila de mujeres que
esperan entrar. Compartir el espacio con esas mujeres que pertenecen a otros
barrios, a otras clases (son llevadas en un colectivo desde la puerta hasta la
cárcel; esperan todas juntas, están en un espacio conjunto con sus familiares
detenidos) implica una incomodidad inicial y una comprensión posterior de la
necesidad de adaptarse.
Es el momento en que
Marta –otra de las mujeres de la fila- la invita a su casa, en que se
instrumenta el cambio. Aunque se trata de un proceso: Andrea ya ha podido
entrar en la cárcel –con los componentes de vejación que la película le hace
transitar con la comida que lleva y la intromisión sobre su cuerpo: su cara y
su cuerpo después de la primera vez que la revisan se parece al de una mujer
que acaba de ser abusada-, ya pudo atravesar el miedo de enfrentar el encuentro
con Santillán (tal vez el momento más gratuito de la película); ahora puede
compartir un cumpleaños con alguien que apenas conoce, que no es de su clase y
emborracharse, cantar y bailar una canción de Sandro y despertarse en una cama
y una casa ajena a todo lo que conoce. Esa secuencia, unida a la del encuentro
con sus amigas, constituyen un díptico que señala la manera en que Andrea
abandona su clase, su espacio de comodidad, para acercarse a otra con la que
empieza a tener cuestiones en común. Y a su vez, implica una reconstrucción de
una identidad perdida. La Andrea del comienzo es convertida en “la madre del
chetito”, es decir, definida en función de ese hijo que casi desconoce en sus
actos y decisiones. La relación con las otras mujeres, el espacio que habilitan
sus charlas telefónicas con Alejo vuelven a constituirla como Andrea, pero una
diferente a la del comienzo. Es allí donde la película sostiene su fuerza, en
despegarse del conflicto familiar que se provoca entre madre e hijo y
utilizarlo para dar cuenta del trayecto que lleva a una persona a cambiar la
percepción sobre sí misma y sobre el lugar que ocupa en el mundo.

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