FICPBA 2025 (X) - NUNCA FUI A DISNEY
Disney es en realidad
algo casi inexistente, al punto de no ser nombrado siquiera como deseo o
aspiración. Lo único Disney que hay en la película son esas imágenes que brotan
de la pantalla de la TV cuando la hermana de la protagonista pone un video. Disneyworld
no deviene más que una imagen de entretenimiento pasajero y probablemente
repetido para esas dos nenas enclavadas en una playa de la Costa Atlántica, en
un tiempo que se presume –por las calles y playas semivacías- fuera de
temporada. No parece haber posibilidad de contraste más feroz que el que se
puede producir entre un mega emporio de entretenimiento situado en Orlando y
las playas semi desiertas de San Bernardo. En la película ese elemento no
aparece subrayado, sino sutilmente dispuesto para comprender la dimensión de la
pequeña historia que se va a contar. La decisión de minimizar ese espacio
extranjero, reforzando de esa manera la ajenidad, plantea un corrimiento desde
la idealización a la realidad, que será, a fin de cuentas, el tema central de
la película.
Lucía, la
protagonista, aparece en el comienzo como una niña: la vemos jugando con su
hermana con una muñeca Barbie, que no acepta ceder. La muñeca es la
representación de una infancia de la que el personaje aún no terminó de
despegar. Lo que altera esa doble rutina –la de la institución familiar y los
juegos de infancia- es una pelea en la calle. Juan y Rodolfo son hermanos y
están pasando esos días en la casa de enfrente a la de Lucía. La disputa de
ambos en medio de la calle rompe la calma silenciosa de la zona y lleva a Lucía
a intervenir para separarlos. Si esa intervención puede entenderse como un
indicio de su crecimiento, la mirada que le dispensa a Juan, el mayor de los
hermanos, se transformará desde ese momento en la puerta de entrada al universo
adolescente. Juan funciona como un doble atractivo para Lucía: por un lado
encarna, a partir de los años que le lleva, un universo desconocido en el que
todo está por descubrirse; por el otro por la atracción que se desprende de lo
físico. La mirada de Lucía será a partir de ese momento, orientada por la
búsqueda de ese sujeto tan cercano como elusivo en que se convierte Juan: la
película lo refrenda al menos en un par de ocasiones, en el juego de las
escondidas y en la escena en el local de juegos electrónicos.
Juan es parte de ese
universo idealizado que construye Lucía. Es la primera aparición de lo que
puede pensarse como un amor adolescente. Y ese amor entronca con otras
idealizaciones que se cristalizan a su alrededor. La del padre que promete su
llegada; la de una madre protectora y atenta –la escena bajo la lluvia es la
puesta en escena de esa relación ideal-. Incluso la familia de Juan aparece
idealizada, cuando Lucía los ve llegar a los cinco desde la playa en una
armonía feliz. De a poco, el ingreso de Lucía a la adolescencia –que oscilará
entre lo deseado y lo que llega sin buscarlo- irá rompiendo con esa
idealización que proviene de la infancia. El amor se volverá no correspondido y
decepción cuando alcance a ver el beso a escondidas de Juan con otra chica. El
padre no llega a San Bernardo en ningún momento y hasta su voz en el teléfono
desaparece de la historia. La familia como vínculo se vuelve ilusorio cuando
una noche regresa y encuentra a su madre en el patio de la casa con la pareja
de vecinos compartiendo un baile entre sensual y erótico. Esa noche el mundo se
le revela a Lucía como es en realidad y no como el que había construido desde
la infancia.
Nunca fui a Disney es la constatación del pasaje de la infancia a
la adolescencia como dolor, como herida –que coincida con la primera
menstruación lo recalca y subraya. Y ante la cual, la reacción instintiva es la
huída a ningún lugar. Salir de ese espacio que se reveló falso de promesas en
sus concreciones, para hacer literalmente el propio camino. El mar inmenso
parece ser, paradójicamente, el límite de ese espacio de escape. El reencuentro
familiar no es doloroso, sino reparador e incluye a todos los que rodearon a
Lucía en esos días. Es la comprensión de que tiene que convivir con ese mundo
en el que lo ideal, lo deseado, muchas veces se frustra. La recuperación de la
confianza en ese mundo no es solo aceptar el abrazo materno, volver a subirse a
la camioneta y dejarse llevar, sino una confesión al oído de la madre, la
cesión de la muñeca a su hermana, símbolo final de ese cambio que se produjo en
Lucía y traslado de una posta para que en algún momento cercano, su hermana
siga ese camino.


.jpg)


Comentarios
Publicar un comentario