MENEM: LA FRIVOLIDAD SOBRE EL ANÁLISIS
*La década del 90 es
un hueco en el registro. Como si se tratara de un abismo al que se teme asomar
–tal vez por las consecuencias que trajo, tal vez porque allí hay algo de la
Argentina que sigue siendo y que no se quiere ver-. La producción audiovisual
sobre la década fue producto de la urgencia, narrada y filmada en el tiempo
presente de las luchas o desde la inmediatez del registro de la tierra arrasada
que dejó, vista desde comienzos de los años 2000. Pero pasó el tiempo y la
vista se concentró en volver a la década del 80, esa tierra de promisión
abandonada en su propio mito, y al 2001 como epítome de la disolución y la
pérdida de aquel paraíso que se reveló falso. Entre medio, los 90, ese espacio
que parece marcado por la intención del olvido y la desmemoria promovidos a
partir de los indultos.
*Menem, el personaje,
y en consecuencia, también la serie, es un intento de asumir la existencia de
esa década y pensarla desde un lugar determinado. Centralizar en la figura de
Carlos Saúl Menem implica situarse en el detentatario del poder político. De
esa configuración emerge una narrativa que se derrama a partir de la cima: los
hechos y los personajes aparecen o desaparecen en función de su relación con
ese centro de poder concentrado en una persona. El problema en que incurre la
serie es pensar esa estructura como una superficie narrativa. Un esquema que se
repite en cada episodio y que va encontrando interlocutores y hechos
diferentes. En el relato, Menem como personaje, no traduce ese poder más que
como un juego en el que las estrategias políticas se ausentan y se apuesta por
su costado frívolo. El riesgo es reproducir aquello que fue constitutivo de los
años de Menem: la reducción de la política a la idea de pizza con champagne
sirve para ocultar el verdadero funcionamiento de la política. Disfrazar de
antipolítica la política es un error, es la trampa en la que cayeron pueblo y
comunicadores.
*La trampa de Menem está allí: la construcción de la
serie como un mecanismo de precisión desde la narrativa construida por el
montaje (lo cual es notorio en los primeros cuatro capítulos), se sostiene en
la anulación de la materia de la que están hechos sus personajes. Menem se
despega de la política para narrar la trayectoria de un político que llega a
ser presidente de la Nación. Transforma la materia política de origen en un
flujo de situaciones que se van sucediendo, despojadas de su sustrato
ideológico. Y cuando esos elementos tienden a aparecer, están revestidos con
los modos de una picaresca que oculta, niega, la dimensión política –como en la
promesa que hace en paralelo a los árabes y los norteamericanos.
*Es en ese territorio
que la serie –que omite deliberadamente a personajes de peso como Duhalde,
Kohan, Corach o Dromi entre otros- reconstruye el escenario político de la
década –así como Diciembre 2001
omitía a Menem. No solo replicando la centralidad del personaje, sino disponiendo
en el centro de la trama que las decisiones que se van tomando derivan, antes
que de un proyecto anclado en lo ideológico, en una practicidad resolutiva.
Despojado de la planificación, cualquier movimiento se despeja de lo político,
se trate de la decisión de privatizar empresas públicas, indultar a dictadores
y represores o diseñar un esquema de convertibilidad monetaria. La serie
naturaliza las decisiones sin preocuparse por explicitar el por qué se llega a
ellas, como si no hubiera otras opciones, o peor, que la tomada fuera la
natural. Que la serie no mencione, por ejemplo, la decisión de adoptar un plan
económico inicial diseñado y ejecutado por Bunge & Born, no es un ejercicio
de síntesis, sino un ocultamiento que impide comprender el pasaje de la
hiperinflación alfonsinista a la convertibilidad y que habilita la venta de
empresas públicas –lo mismo ocurre con la Ley de Reforma del Estado y la
ausencia de Dromi, su mentor-. De ese modo, la serie termina por proceder de la
misma manera que el período retratado: ocultar el proyecto político que
sostiene a Menem es reducirlo a la figura que construyeron los medios que
anteponían la frivolidad al análisis.
*El ejemplo más
notable de esa estrategia puede encontrarse en el capítulo dedicado a la
privatización de Entel. Allí hay dos elementos destacables que la serie pone en
primer plano. El primero es la tensión sexual indisimulada que subyace en cada
encuentro entre Menem y María Julia Alsogaray. El segundo es la forma en que se
desarrolla la secuencia de la privatización hasta desembocar en la fiesta: allí
parece sintetizarse la lógica del negocio ligado a lo festivo, a la exaltación
de un goce que excede a los cuerpos –aunque al final termine incluyéndolas-.
Pero en uno y otro caso, la serie parece condenada a desperdiciar el potencial
que ofrecen. Porque, despegados del fondo en el que se desarrollan, decide
elegir una narrativa que prioriza la farsa por sobre la tragedia. El problema
de esa farsa es que agota sus sentidos en la representación pura, mientras
anula las consecuencias trágicas de esa construcción.
*Toda la serie puede
entenderse desde esa perspectiva. La transformación de los acontecimientos
reales que configuraron tanto un cambio en la forma de hacer política como una
tragedia para amplios sectores sociales, ahora devenidos una farsa, un material
que se recompone bajo el formato de la comedia. Es como si la picaresca propia
del Menem real se apoderara de todo para transformar su lógica. En la serie,
Menem parece atravesado por el fantasma de Olmedo como un continuo –incluyendo
la vinculación con mujeres jóvenes- reduciendo su capacidad de seductor
político –algo que solo parece mostrarse en la escena con el hijo de Olegario-
al del seductor sexuado. La desdramatización no es inocente: implica una
revisión de los hechos que los despoja de su trascendencia y del contexto que
se produjeron. La paradoja es que una serie que pretende narrar desde la
historia, construye, para hacerlo, un relato a-histórico.
*Sin embargo, el
interés que puede provocar la serie incluso hasta los desvaídos capítulos
finales, proviene de la representación que se establece entre el personaje
Menem y el de su fotógrafo Olegario. Ambos son los portadores de la mirada que
sostiene la mayor parte del relato (es notoria la forma en que se debilita el
avance cuando se sale de esas perspectivas, especialmente en las secuencias en
la redacción de la revista o en las del asesor de Menem tras el atentado a la
AMIA). Las miradas de ambos se vuelven complementarias, en una paridad que una
línea de diálogo reafirmará en el último capítulo (cuando Menem le dice que no
son tan diferentes y que él es más ambicioso de lo que cree). Pero mientras la
mirada de Menem resuelve esa interioridad a la que Olegario no puede acceder,
la de éste se constituye en la representación de la mirada social que se
desplegó alrededor de Menem. Un pasaje de la indiferencia a la convicción –esa
escena en que Olegario le dice que si le sacan las patillas será uno más, es la
puerta de ingreso a la fascinación- y de allí a la decepción y el descrédito
representa a esa clase media que desconfió pero lo terminó votando para
sostener sus “privilegios de clase” hasta que todo comenzó a derrumbarse (la
corrupción, por cierto, pero sobre todo el hecho de que Duhalde no podía ser
Menem porque no tenía eso que Menem sí). Olegario sigue ese camino y es allí
donde la serie podría haberse asentado, sino para exponer al personaje, para
auscultar las formas y razones por los que el colectivo social lo sostuvo.
*Esa duplicidad de la
mirada que se pretende en parte despolitizada, en verdad encierra en sí misma
la operación que produce. Es que Menem
puede y debe verse como una formidable operación de marketing cuyo objetivo
termina siendo limpiar la imagen pública del personaje. No solo por ese tono
farsesco –que parecería apuntar a la idea de la política como un gran circo- ni
por la reducción al mínimo de la estrategia de desintegración del Estado que
llevó adelante, sino porque construye a un Menem víctima. Víctima ya no de las
circunstancias, sino del círculo que lo rodea. No es Menem el ejecutor de las
políticas de ese Estado, sino los Yoma, caracterizados como un clan que lo
utiliza para su arribismo y para generar desde allí todo tipo de negociados y
relaciones con sectores del poder. No es su posicionamiento internacional el
que refleja la ocurrencia de los atentados o la muerte de su hijo. Esa decisión
de desempoderar –aunque no sea más que una ficción- devuelve al presente un
Menem lavado, una imagen más acorde a los tiempos que corren, reivindicatorios
de su época y recicladores de sus políticas económicas y sociales. La
comparación con el presente que entabla la serie, propone a Menem como una
especie de mal menor que ha sido incomprendido, y a lo sumo, tergiversado.







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