FICPBA 2025 (VII) - LOS VENEZZIA

 

El comienzo de la película presenta un mundo idealizado. Manu, un joven de un pueblo de la provincia –General Las Heras- prepara un bolso para marcharse a trabajar a Buenos Aires, a un taller mecánico donde lo espera Pedro, su amigo. Lo hace porque su madre, enferma, necesita un tratamiento que requiere una cantidad de dinero del que la familia no dispone. Hay algo de armonía incluso en la relación distanciada con esa madre enferma, de la que la ficción evita el registro lacrimógeno de la despedida, así como en el llamado telefónico a Pedro en el taller. La oposición entre pueblo y ciudad se plantea rápidamente, apenas llega a Buenos Aires y a ese taller mecánico barrial. La mirada de los mecánicos, la desaparición inexplicada de su amigo, revelan la existencia de una realidad que empieza a distanciarse de esa idealización inicial –y aun cuando la pieza que alquila habilita una relación sustitutiva de la madre a partir de la dueña de casa.

Lo que ocurre a partir de ese momento es que ese ideal irá resquebrajándose completamente: si al comienzo la relación con Mario se sostiene a partir del aprendizaje –del trabajo, pero también de los manejos del taller- el ingreso en la dinámica del lugar produce los primeros roces y el descubrimiento de la estructura real que subyace en segundo plano. En la necesidad, el protagonista se inserta como un engranaje más de esa maquinaria, aportando desde el desarme de los autos que el grupo irá robando. El pasaje a la intervención en un robo se vuelve problemático, en tanto habilita una zona de fallas del guión que empezarán a quedar sin resolver (¿cómo es que ese chico tímido, de pronto interviene apuntando con un arma a la víctima del robo?). El dinero como motor de las acciones termina por encontrar su límite: si esa secuencia termina implicando un cuestionamiento del Tano a Mario (una especie de reemplazo de ese padre que ya no estaba), el robo del auto de la dueña de la pieza que alquila (reemplazo a su vez de la madre) expresa el límite de lo tolerable para el protagonista, que a partir de ese momento buscará desarmar aquello que se ha llevado a su amigo y que ha perjudicado a las dos únicas personas que lo ayudaron en Buenos Aires.

Los Venezzia –el nombre alude al taller mecánico- pretende en algún momento desplazarse hacia lo policial, especialmente a partir de la intervención del detective que lo contacta y le ofrece la posibilidad de salirse ayudando a capturar a la banda. Pero en ese punto es donde se advierten las limitaciones, especialmente en la posibilidad de crear una tensión entre los elementos puestos en juego. Algunas resoluciones son apuradas e injustificadas (¿cómo hace para salir del taller cuando ve que robaron el auto de la mujer?), otras parecen propias de cierto amateurismo (él y Mario quedándose en la puerta del taller a la vista de todos mientras se produce la redada). El final, que contiene un guiño de apertura a la posible continuidad de la historia, se instala en un terreno más ligado a la comedia de amistad que se había abandonado largo rato antes. La falla de Los Venezzia, en todo caso, está en sus problemas para definir un tono y una búsqueda que sostenga el interés y la tensión interna: lo que queda es un ejercicio fallido que desperdicia las posibilidades que la historia que se pretende narrar, estaba ofreciendo.


Comentarios

Entradas populares