FICPBA 2025 (IV): PRESENTE CONTINUO
Ahí está Lisandro,
centro del universo, saltando por la casa, yendo y viniendo para hacer sonar la
sirena de unos juguetes. Su madre, en ese comienzo, juega a otro juego más
serio: a ser una química de entrecasa que destila aceite de cannabis que luego
le dará a su hijo. Dos mundos. El de Lisandro es autónomo, impreciso si se lo
observa desde afuera. El de Valentina, su madre, gira en torno a él, alterna
entre la dependencia y la toma de distancia.
La convivencia de esos
dos mundos en un mismo espacio es reveladora: muestra cómo una madre, una
mujer, saca fuerzas de donde parece no haberlas, para afrontarlo todo. Atiende
a un periodista por el celular mientras observa los movimientos de su hijo en
la cochera. Carga literalmente con el peso de una mudanza. Trabaja y cuida a su
hijo: solo delega en quien puede confiar. Si esos dos mundos entran en
contacto, tienen códigos en común, estrategias de seguimiento, el problema
aparece cuando se delega en otro. Con la abuela, Lisandro tiene otra serie de
códigos compartidos –que lo llevan a poder accionar ante un pedido, por
ejemplo. Pero cuando es Jeff Zorrilla, amigo de la familia y cineasta quien lo
cuida, el código se pierde, debe ser encontrado. Quizás porque Jeff tarda en
comprender que el acercamiento no depende de sus acciones, sino de su capacidad
de entrar y seguir en el juego que proponga Lisandro –la diferencia queda
marcada entre sus intentos payasescos en la pileta y el juego que se establece
en el hall del Teatro Cervantes.
Hay un tercer universo
que se pone en juego en el documental, pero está del otro lado de la cámara. Es
el de Ulises, el padre que filma, el que de esa manera puede acercarse naturalmente
para filmar a Lisandro. Es su mirada, y no los actos de su hijo, lo que organiza
el recorrido del documental: son sus ojos, mediados por la cámara, los que
siguen a su hijo y a su mujer en ese cotidiano que los relaciona. Es su
decisión la de sostener la película como una continuidad de ese tiempo sin
tiempos en que se mueve su hijo. Lo filma en presente, sin buscar rastros del
pasado –la única concesión temporal aparece en el momento en que la abuela
recuerda que veía rasgos distintos en su nieto desde que era un bebé-, ni
proyectar el recorrido de su hijo hacia un futuro imaginario.
El documental es un
presente en el que la vida de la familia está atravesada por el trabajo de la
madre. Valentina entra y sale entre sus roles de madre y actriz, entre los sets
y el debajo de los escenarios y sus roles en “Salvajada” y en “Un león en el
bosque”. Pero el recorte de los textos que Rosell hace de esos trabajos señala
que no se puede salir del todo y que esos proyectos no dejan de relacionarse
con historias sobre hijos y madres, sobre esos mundos paralelos que por
momentos se sumen en la desconexión. Ese pasaje entre la realidad y la ficción
es el continuo que Bassi no sortea y que el documental termina de prolongar.
Pero si hay algo que Presente continuo logra sortear es
convertirse en un documental sobre una persona que porta un síndrome. No es una
observación sobre cómo vive alguien con esa carga sobre su cuerpo. Rosell se
despega de esa necesidad de tomar distancia y entregar un trabajo con aires de
cientificismo. Al fin de cuentas, el objeto de su observación son su hijo y su
mujer. El documental es sobre ellos tres. Sobre un padre que mira a un hijo y a
su mujer y que despliega en cada escena, en cada encuadre, un amor que deja
cualquier otra consideración en segundo plano. Presente continuo es la puesta en pantalla de la celebración pudorosa
de un vínculo, que empieza en la pantalla y que lo traspasa para abrazar a esa
mirada que está del otro lado de la cámara.
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