FICPBA 2025 (III) - LOS OJOS DE HELEN
Helen Zout es, más que
una fotógrafa, una sobreviviente. Salvada por azar del secuestro, la tortura y
la muerte sistematizadas por la dictadura militar, sobrevivió escondiéndose
entre las multitudes, primero en una playa de la costa atlántica y luego en el
anonimato que proporcionaba una ciudad como Buenos Aires. La fotografía le
sirvió, curiosamente, para trazar una parábola inversa: antes que disolverse en
las multitudes empezó a retratar grupos específicos y marginados; antes que
concentrarse en la invisibilidad del anonimato se detuvo en dar visibilidad a
los que no tenían voz ni nombre.
Es que la comunidad
trans no solo era un grupo marginado, sino que eran también sobrevivientes. Las
fotos que Zout sacó para el diario en el que trabajaba resultan impactantes porque
dan cuenta desde la imagen congelada, de las formas de represión y de desprecio
que las fuerzas policiales desplegaban sobre el colectivo. Pero al concentrarse
en los rostros, les otorga justamente una identidad, una identificación como
víctimas. Las fotos de Zout son una prueba precisa del momento en que la
comunidad era efectivamente victimizada.
La doble vía que
explora el trabajo de Zout pasa por las consecuencias de la represión
dictatorial y los cuerpos sobrevivientes. Por esa razón, quizás su foto más
famosa sea la de Jorge Julio López, esa en la que se lo ve con los ojos
cerrados. Pero Los ojos de Helen
descarta ese camino. A diferencia de otros trabajos sobre fotógrafos –para no
ir tan lejos, la reciente La imagen santa-,
la foto específica no sirve de punto de partida para una narrativa que liga al
fotógrafo con su obra. Por el contrario, las fotos de Zout que se utilizan en
el documental no sirven para hablar de fotografía, sino de la recuperación de
la memoria sobre la tortura y humillaciones que pueden contar las
sobrevivientes del colectivo trans que pasaron por los centros clandestinos de
detención de la dictadura.
Ese pasaje es el que
genera el equívoco sustentado por el título. Ya no se trata de avanzar en lo
que los ojos de Helen Zout lograron capturar –lo que solo es central en la
primera parte del relato- sino en lo que los recuerdos de Valeria del Mar
Ramirez y Julieta González permite inferir que vieron. Entonces Helen se vuelve
apenas un puente para acceder a la historia de esas otras sobrevivientes, pero
sus ojos ya no están allí, ya no son los que van a contar esa historia.
El problema del
documental es, entonces, la indefinición. Es, en parte, un documental sobre una
fotógrafa dedicada a cuestiones relacionadas con los derechos humanos. Pero
también es una memoria de los abusos y torturas sobre la comunidad trans. Que
los dos universos no sean escindibles no implica que el documental logre
hacerlos confluir. Por el contrario, el abandono de uno para priorizar al otro
está señalando ese déficit. A ello el documental suma cierta pereza para
dinamizar el montaje y hacer dialogar a los relatos de los diferentes
entrevistados. Allí, la potencialidad de las historias se diluye en un
desinterés evidente por potenciarlas, por darle un valor que exceda la palabra
personal y que construya una mirada sobre el efecto colectivo que tiene el
recuerdo a partir de la imagen fotográfica.
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