FICPBA 2025 (I): LA PERSISTENCIA DE LOS PROBLEMAS
Los años de elecciones
son complejos: todo se piensa, se realiza, en función del acto eleccionario,
como si fuera un imán que todo lo atrae –o lo repele. El desdoblamiento de las
elecciones en la provincia de Buenos Aires provocó el corrimiento de la fecha
de la tercera edición del FICPBA de los primeros días de septiembre a los
primeros días de octubre, lo que terminó trayendo consecuencias negativas. La
primera es que no es lo mismo convocar al público en los primeros horarios de la
tarde en un clima invernal –como fue el agosto de la primera edición- a otro
primaveral y al borde de lo veraniego de dos meses después. La segunda, no
menos importante, es que el FICPBA terminó entonces superponiéndose con al
menos otros dos festivales de cine desarrollados en lugares cercanos, con los
que eventualmente podía compartir un cierto público (el FIC-UBA y el Escenario,
ambos desarrollados en la Ciudad de Buenos Aires). Es difícil medir si hubiera
tenido más público si esa coincidencia no se hubiera producido. Pero carece de
sentido hacer coincidir festivales, sobre todo teniendo en cuenta que dos de
ellos son organizados por el Estado. Lo que evidencia una falta de atención o
una carencia de diálogo entre esos sectores: cualquier persona relacionada con
el mundo cinematográfico sabe que el segundo semestre del año ofrece una
superpoblación de festivales pequeños, medianos y grandes en el territorio
argentino, por lo que argumentar desinformación puede entenderse más que nada
como desidia o desinterés.
En todo caso, lo
problemático del FICPBA está en otro lugar y es que se advierte la escasa
voluntad para resolver los problemas que se plantearon en ediciones anteriores.
Lo que podía tolerarse en un principio, ya se ha vuelto inadmisible: la
experiencia debería servir para corregir y mejorar la prestación del festival.
Si el núcleo de salas que se utilizan en La Plata se mantiene articulado, si se
ha sostenido la réplica parcial del festival en otras localidades bonaerenses y
si se ha mejorado la sensible cuestión de la obtención de las entradas –que siguen
siendo gratuitas-, la subsistencia de otros problemas se vuelve compleja.
El más evidente sigue
siendo que el festival persiste en manejarse a partir de la desinformación. Por
un lado, no está mal que en cada sala se haga una presentación de las películas
y eventualmente a los directores cuando están presentes. Pero si en esa
instancia solo se limita a repetir un guión institucional, se debe entender que
en el espectador se genere tanto cansancio e indiferencia como las que causan
las publicidades de los sponsors que anteceden a las proyecciones. Si se
presenta una película en un festival se debe saber qué es lo que se presenta,
plantear al espectador una guía mínima de aquello a lo que se va a enfrentar.
Se trata de respetar al espectador como tal, como un interlocutor en la sala.
Si no se lo respeta brindándole una mínima información sobre la película o su
director, da lo mismo que haya alguien o que se pase un texto grabado.
Esa desinformación es,
lamentablemente, parte del modo de operación general del festival. Ya indiqué
en años anteriores que una de las falencias es que en las salas involucradas no
hay afiches de las películas que se proyectan. No parece muy difícil disponer
al menos de una pantalla en cada complejo, donde conste la programación del día
y se puedan observar afiches y/o trailers (no me explico por qué razón en las
salas del Cinema Paradiso, donde ya están instaladas, no se las aprovecha). La
cartelería que anuncia el festival, sobria y austera no alcanza para convocar
al público a las salas. Hay que establecer otras estrategias que hasta ahora,
parecen estar alejadas de la voluntad de los responsables del festival.
A ello hay que sumar
la decisión de quitar de las salas las grillas impresas con la programación, y
más grave aún, persistir en la carencia de un catálogo online que sirva de guía
al espectador. Lo único disponible era una guía de mano en la que solo se
indicaba nombre de la película y del director, el horario y la sala de
proyección. Eso, sin hablar de algunos errores groseros como de cambiarle el
nombre a una película de Arturo Ripstein –“El lugar sin débiles” en lugar de
“El lugar sin límites”- o no mencionar que una película mexicana se pasaba en
dos partes en días diferentes. De esa manera resulta imposible que el potencial
espectador se interese por algo que no sea lo que ya conoce o ha oído nombrar
(por caso, películas como Tesis para una
domesticación o Belén).
Pero eso sí, la
organización del festival parece más preocupada por hacer que el festival lo
parezca. Para eso, desagrupa las películas seleccionadas –todavía no se sabe si
existe un criterio para la selección, quiénes participan de ella, si existe
algún tipo de curaduría- en una multiplicidad de secciones, la mayoría de las
cuales podrían encuadrarse en una sola que funcione como un panorama de un cine
que quiere exhibirse. Salvando las secciones competitivas –cabría preguntarse
si en un festival de este tipo tiene sentido disponer de ellas-, el resto de
las secciones parecen estar dispuestas para dar una sensación de cantidad y de
organización y, eventualmente, de calidad. Pero a un espectador común, la
pertenencia a una sección determinada o no, lo tiene sin cuidado, y mucho más
si no se le brinda la información necesaria sobre una determinada película.
Evidentemente que el
FICPBA tiene elementos positivos para rescatar. La posibilidad de ver en cines
algunas películas que no llegan al circuito comercial local (Presente continuo, Gatillero, la
visibilidad de la producción independiente bonaerense) o de acceder a un ciclo
de películas mexicanas debe señalarse como un aspecto en el que nuevamente el
Estado suple las falencias y omisiones que establece el negocio privado. La
voluntad de la organización de garantizar la presencia de los directores
argentinos –y hasta alguno extranjero- en las presentaciones de sus películas
es un esfuerzo valorable porque pone en contacto a los realizadores no solo con
el público, sino con la experiencia de un estreno de sus películas en un marco
adecuado. Que el evento mantenga su política de gratuidad tampoco es un
elemento menor, especialmente en momentos de una economía completamente
devastada.
Pero es justamente
este último elemento el que sigue generando las mayores incógnitas y el que
plantea un desafío que no parecen advertir todavía los organizadores. Resulta
inconcebible que en una ciudad como La Plata, con una población universitaria
importante, con alumnos que cursan una carrera de Cinematografía, con un
consumo de cultura que se mantiene, un festival que ofrece películas con
entradas gratuitas, no consiga ya no llenar las salas en cada proyección, sino
acercarse a la mitad de concurrencia de una sala estándar. Es imposible pensar
que una sala de 300 personas ocupada por no más de 20 pueda servir para el
futuro del festival o incluso como publicidad de un acto de gobierno. No se
trata, como señalan algunos críticos de la derecha vernácula, de que el Estado
no supo crear un público para el cine argentino. Se trata de que no entiende la
necesidad de que una política de estado como puede ser un festival de cine,
pueda articularse con organizaciones sociales, culturales e incluso hacia el
interior de la constitución de ese mismo estado (escuelas, por ejemplo), para
acercar a la gente a la posibilidad de ver una película. Es ese seguramente el
mayor defecto del FICPBA: el de plantearse como un festival que exhibe
películas despreocupándose de que haya alguien que vea lo que se proyecta.
Todavía se está a tiempo de revertir esa situación, pero el quietismo y la
despreocupación que evidenciaron las autoridades en estas tres ediciones no
auguran cambios en el futuro. Deberían entender que si esos cambios no empiezan
a producirse, el destino del festival a corto o mediano plazo es su
desaparición.






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