BUSCANDO A SHAKESPEARE:CUESTIÓN DE IDENTIDAD

¿Se busca a Shakespeare o viene a nosotros?¿La popularidad de un autor lo hace omnipresente, una recurrencia inevitable? Si nos guiamos por lo que le ocurre a Gustavo Garzón en principio, parece que Shakespeare viene hacia los demás, se presenta como desafío o como meta (ahí está Joaquín Furriel diciendo que no sería el actor que quería ser si no hubiera hecho “Hamlet”) o como barrera infranqueable. Eso es Shakespeare para Garzón hasta el momento en que Mariana Sagasti le propone actuar en una obra, que es en verdad, un patchwork de fragmentos de diferentes obras. Nadie le ha propuesto hacer un Shakespeare hasta los 65 años y le encuentra una explicación rápida: es un actor naturalista que además no se siente capacitado, a la altura del desafío. Pero es inevitable: una vez que llega hasta él, no puede abandonar ese universo, incluso rechazando la posibilidad de actuarlo.

En todo caso, se interesa por el universo Shakespeare, un camino lateral que en lugar de encontrar respuestas supone abrir preguntas, asomarse a una perspectiva en la que la única certeza posible proviene de afirmarse en la duda (como lo refleja la firma final de esa suerte de manifiesto). El misterio oscila entre la identidad y la autoría, en una precisión que se revela tan absurda –y por momentos, claro, divertida- como la de determinar la nacionalidad de Carlos Gardel –y en eso se parecen los mitos culturales: necesitan afirmarse en la contundencia del dato duro de origen o de identidad. La parte inglesa del documental recorre esa mitología de origen en Stratford-upon-Avon y la contrasta con las teorías alrededor de quién fue el real escritor de esas obras. Si el misterio se sostiene en que la publicación de 18 obras se produjo varios años después de la muerte del Shakespeare de la ciudad, permite reconstruirlo como hipótesis que va encontrando evidencias parciales que indican que pudo haber sido Francis Bacon, el Conde de Oxford, Mary Sydney o Christopher Marlowe. Lo que refleja ese tramo del documental es una disputa, una puesta en tensión de posiciones que se contraponen pero que no discuten entre sí. Como si se tratara de ponencias, algo más apasionadas que las que dicta el academicismo frío, disponen un escenario en el que la evidencia es pura teoría y especulación y que trae tanto la noción de escritura individual como colectiva, como pensar a Shakespeare como actor, como empresario o hasta como príncipe. Y que hasta pone en duda el nombre real (Shakspear o Shakespeare) y hasta su posible origen como combinación de palabras (Shake+spear).

El tramo argentino toma distancias de esa disputa y parece más una derivación de la pregunta que se formula del otro lado del océano (“¿Se imaginan un mundo sin “Macbeth”?”) y de la certeza que Garzón señala respecto de la apropiación que en la Argentina se hace de Shakespeare. La pregunta por la identidad, aunque formulada, queda relativizada de este lado del mapa, y es Gabriel Chame Buendía quien la explicita planteando que carece de sentido. Es esa negativa a sumarse a la disputa la que instala sobre todo el valor del texto como herramienta primigenia. Si la apropiación implica la modificación del espacio y el tiempo en que se desarrollan –de la puesta de “Julio César” motorizada por José María Muscari y protagonizada por Moria Casan a la de “Hamlet” con Joaquín Furriel, pasando por los cruces con el universo chaplinesco propuesto por Chame Buendía y la unificación en un solo cuerpo en escena de la “Habitación Macbeth” de Pompeyo Audivert- lo que proponen es un corrimiento de la discusión.

Por un lado, habilitan ese espacio en el que Garzón podría entrar como protagonista de una obra shakespereana (no solo Casan o Furriel, sino hasta Carnaghi y la evocación de un Alcón que en la intimidad despreciaba el método, lo habilitan). Por el otro, desplazan la noción de autoría, especialmente en la mirada de Ricardo Bartís. No solo porque lo plantea como un elemento más propio de la industria que del arte, sino porque sostiene que el texto no es el relato escénico que se convierte en teatro. Es esa exploración que hace Garzón la que lleva el peso del documental y que genera un efecto extraño: el aura de seriedad teórica de las especulaciones inglesas se vuelve leve y hasta secundaria cuando pretende anular la duda –solo Rylance parece sostener esa idea-; y la relatividad identitaria y el proceso de apropiación en la Argentina se constituyen como avance hacia las profundidades de ese universo. Ese mundo que puede entenderse en dos afirmaciones. La de Bartís, cuando sostiene que “si no creés en los fantasmas de la vida, no podés hacer Shakespeare”. Y la de Audivert, cuando señala que “Shakespeare desata fuerzas propias que afloran”. Condición y efecto. Razón y sentido. Garzón llega a esos elementos que son puertas que se abren para que finalmente lo intente, para subirse a ese escenario y tentar por primera vez a que su cuerpo se convierta en un personaje de William Shakespeare.

 

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