FUERA DE TEMPORADA: ENCUENTRO DE DOS MUNDOS
Primer mundo. Matthieu
(Guillaume Canet) vive en un mundo que parece perfecto: es actor, famoso, está
por estrenar una obra de teatro, le llueven propuestas para filmar películas,
tiene una mujer famosa y bella, presentadora de televisión. Pero en el comienzo
de la película se sitúa fuera de ese ámbito. Un auto lo lleva por un camino
desolado hasta un hotel spa solo ocupado por hombres y mujeres mayores y el
puñado de empleados necesario para mantenerlo en funcionamiento. Es invierno y
la vista al mar desde su habitación no subsana el desacople evidente. El
espacio es inhóspito porque, en primer lugar, solo reconoce su fama, la
superficie que reflejan las selfies que le piden quienes se cruzan con él en el
hotel. El contacto con su mundo se vuelve lábil, a partir del teléfono. Pero a
fuerza de parecer ajeno y distante –el llamado del director de la obra, los de
la esposa- no logra entrar en escena más que como un sustrato que ahuyenta la
visión de ese mundo feliz. El de Matthieu está atravesado por la duda,
entendida como la manifestación de un terror que solo cerca del final se
atreverá a poner en palabras. El equívoco se disipa rápidamente: no está allí
para descansar, sino porque su mundo entró en crisis, manifestada entre la
renuncia a un proyecto y la indecisión –o el fastidio- que le provocan los
otros que se le presentan.
Segundo mundo.
Alice(Alba Rohrwacher) vive en ese pueblo costero desde hace unos cuantos
años. Tiene un esposo, una hija y una casa. Parece un ama de casa sumergida en
las profundidades de la vida burguesa. Es un mundo plano, sin alteraciones en
el terreno: una llanura fértil pero desprovista de accidentes geográficos –y ya
se sabe lo que eso puede producir. Alice toca el piano. Enseña. Se vincula con
esos centros de día en los que hombres y mujeres mayores encuentran un refugio
seguro. A diferencia de Matthieu, sus relaciones no están mediadas por un
celular o una cámara –el único momento en que Matthieu aparece con su esposa es
cuando hojea una revista que ha publicado una entrevista a ambos. Se reúne con
su grupo de amigos, participa del casamiento de sus amigas del centro. Su
vitalidad real choca con la apariencia de una ausencia de proyectos. Pero es
también esa característica la que la lleva a acercarse al hotel y dejarle un
mensaje a Matthieu (otro detalle: una hoja escrita, no un mensaje por celular).
Alice entiende el mundo como un sistema de relaciones en el que lo virtual
queda en segundo plano: lo que prima es el encuentro, lo que se conversa o se
discute frente al otro –aun cuando eso incluya el ocultamiento hacia el entorno
familiar.
Tercer mundo. El
mensaje de Alice es el punto de partida para el cruce de los mundos. O para
decirlo de manera más apropiada, para que vuelvan a cruzarse. Si hasta ese momento, Fuera de temporada se mantenía en la mirada individual de cada
personaje, ahora unifica ambos mundos en la medida en que la distancia parece
conjurarse. A diferencia de lo esperable –en eso también puede pensarse al
encuentro de los personajes como fuera de temporada- la conjunción entre ambos
le escapa tanto al apasionamiento romántico como a la exacerbación de lo
sexual. El tono medido con que se registra el encuentro –la cámara está siempre
a distancia de ambos, desechando la posibilidad de regodearse en el detalle
subrayado- solo se quiebra en la secuencia del encuentro sexual, única
instancia en que lo corporal se impone sobre la palabra y los personajes se
abandonan a sí mismos. Ese mundo en el que ambos conviven en tiempos
imprecisos, se traslada a otros espacios diferentes de los que habitan con
habitualidad: un salón de fiestas, un barco, una playa alejada, un restaurant
costero. Son espacios en los que las distancias no pueden ser acortadas en su
totalidad. Lo que se atisba es un temor nunca expresado pero que se intuye (la
referencia de Alice a que su esposo sabe que su pareja anterior la dejó “hecha
polvo”; el miedo al fracaso que late en Matthieu). Es que ese puro presente en
el que terminan por sumergirse –hecho de maniobras para prolongar el encuentro-
está marcado por el pasado (ese tiempo en París tras el cual Matthieu dejó a
Alice; los años que pasaron sin buscarla ni siquiera para pedirle perdón) y por
el futuro (desde un principio está latente la idea de que no volverán a unirse
después de ese fin de semana). De allí que en todo ese tiempo, el rostro de
Alice sea la representación misma del desgarro, de ese desprendimiento entre la
que fue y la que es y la imposibilidad de conciliarlas. En Matthieu, la
sensación es diferente: más que desgarro parece haber una nostalgia que lo
retiene en ese momento y ese lugar, más de lo que él mismo se propone. El cruce
entre el desgarro de una y la melancolía nostálgica del otro es lo que impregna
al relato de una tristeza irrefrenable que ni la fiesta de casamiento ni la
noche posterior pueden redimir más que como oasis que confirman la enormidad
del desierto en el que ambos terminan por encontrarse.





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