QUE NO DARIA YO POR EL RECUERDO: MEMORIA DESDE LAS RUINAS
*El noticiero antiguo es en blanco y negro. La voz del locutor se ve en
la necesidad de recalcar los colores que la película no puede captar. No
interesa tanto el color de las montañas, sino el amarillo del azufre que se
extrae de la tierra y que se procesa en la planta. Aquellos a los que registra
esa cámara en el pasado son trabajadores. Los movimientos son de las máquinas.
Es un típico noticiero que busca la exaltación del trabajo como parte de una
política de Estado: es la explotación de un recurso natural bajo la órbita de
un Estado que intervenía en la economía del país. Durante el documental
aparecerá la gente, para volver sobre el final a las imágenes del pasado. Fotos
que siguen siendo en blanco y negro. Fotos familiares que se plantean como
consecuencia del trabajo: sonrisas de felicidad y orgullo de pertenencia. El
pasado feliz que se replica de lo colectivo del trabajo a lo colectivo de la
comunidad.
*Los sonidos de fondo empiezan a invadir la pantalla, ahora en color,
que muestra el mismo lugar en este presente, varias décadas más tarde. Los
planos fijos muestran casas abandonadas y destruidas de lo que alguna vez fue
el pueblo de Mina La Casualidad. Con las mismas montañas de fondo. La
combinación de escenas remite a lo desértico, a un espacio infértil e
inhabitado. En una de esas tomas, se advierte a lo lejos, una figura humana al
borde de la inmovilidad. Parece un fantasma –tal vez lo sea. El time-lapse
abunda en esa perspectiva: mientras el sol abandona la escena, el viento
arrastra la tierra que vuela. El espacio es surcado por las ondas sonoras, como
si se tratara de una interferencia que entra y sale de escena. La voz,
reconocible, habla de racionalización del gasto público, de privatización de
empresas, de dar vuelta la hoja del estatismo agobiante. El discurso es el
principio del fin.
*La fábrica de azufre de La Casualidad, manejada por Fabricaciones Militares, comenzó a ser desmantelada en el año 1976 y cerró definitivamente en 1978. El argumento suena conocido –y la banda sonora lo recalca cuando recupera el audio de la famosa propaganda de los importados-: es más barato importar azufre desde Japón. Lo que asombra es el relato del procedimiento: narrado por quienes eran mayormente niños o adolescentes recuerdan la imposición de la fecha en que debían abandonar las casas, el traslado hacia Salta como un destierro en el que no se les daba opción ni opinión. Salvando las distancias y a menor escala, se parece a los mecanismos que el nazismo utilizó con judíos, gitanos, homosexuales. Solo que no se los enviaba a un campo de concentración –al menos a ellos no-, sino a una ciudad ajena, donde muchos no tenían dónde ir y rompiendo de manera definitiva la noción de comunidad.
*En ese desierto montañoso de color marrón grisáceo, de pronto, se ve
avanzar un colectivo de color verde. Viene lento por el camino de tierra y se
detiene en la entrada de la vieja fábrica y de lo que fue el pueblo. Una
veintena de personas caminan, quebrando el paisaje desértico. Pueden parecer
expedicionarios, arqueólogos. Recorren los restos del pueblo. Desde lejos,
parecen buscar algo; cuando la cámara se acerca, cuando sus voces interrumpen
el silencio del abandono, lo que se advierte es que ese contingente que ha
desembarcado allí, en ese lugar, son justamente quienes no lo han olvidado. Los
que vivieron en esas casas que ahora no pueden reconocer, en las que no pueden
encontrar los rastros que dejaron para conjurar el olvido (ese autito de
juguete bajo un piso de madera, nunca hallado). “Esta es mi casa, siempre lo va
a ser” dice una de las mujeres ante las ruinas. Otra asume el drama en la
pregunta sin respuesta que lanza al aire: “¿Qué hicieron con mi pueblo?”. Lo
único que parece sobrevivir a ese olvido es el cementerio, aún más apartado,
donde la memoria de los muertos parece inmune a cualquier desierto, a cualquier
destierro.
*La memoria se reconstruye incluso sobre las ruinas. Está hecha de historias populares (como el duende que aparecía en las oficinas del Correo), de recuerdos de desfiles de carnaval, de la comunidad de trabajadores no exenta de adulterios. Irse fue “como arrancar una planta”, insiste una de las mujeres. Pero una vez de vuelta, como si invocaran el espíritu de los antiguos pobladores (esa creencia de que los azufreros al morir, vuelven al pueblo), recuerdan. El recuerdo más poderoso está asociado con el cine. Con esas latas de película que llegaban una vez por semana en el tren y que todo el pueblo iba a ver una y otra vez durante siete días. Y entre ellas, los westerns, como si ellos reflejaran algo de ese paisaje en que se proyectaban. El bueno, el malo y el feo, la película de Sergio Leone, como referencia en el duelo final proyectado sobre una de las paredes que quedaron en pie. Memoria de otros tiempos que solo pueden actualizarse en la visita que despierta aquello que permanecía dormido. Y que se va con ella en ese micro que desanda el mismo camino. Que se aleja y se va perdiendo entre las montañas, cada vez más pequeño hasta casi desaparecer.





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