TAL VEZ NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR:VOLVER AL ORIGEN

Los Was están dispersos. Tres hermanos que llevan el nombre familiar en diferentes lugares del mundo y que no se encuentran muy a menudo. Ni siquiera entre los hermanos mellizos, sobre los que recae el peso de la palabra del hermano mayor (una disputa que encubre el machismo instalado en la sociedad). Los une el apellido y una historia en común incompleta, en tanto la diferencia de edad con el hermano menor hace que no hayan compartido demasiado tiempo en conjunto. En un momento, la constelación de los planetas Was parece alinearse y una idea ya sugerida años antes, termina de cuajar. Los tres hermanos entonces, se embarcan en busca de sus raíces en Europa.

Recomponer los fragmentos dispersos de la historia familiar. Recuperar de la memoria familiar y de los archivos burocráticos el recorrido hecho por el padre de los tres en la década del 40 del siglo pasado. Rescatar la huída que le permitió sobrevivir en un país extraño como el Uruguay y encontrar lo que quedó en Europa y las huellas del Holocausto en la familia. La reunión de los hermanos es una suerte de preludio a la necesidad que plantea la película: reunir toda la historia familiar como una totalidad que fue abortada por la muerte y el horror provocado por los años del nazismo y la guerra.

Volver al inicio. Remontar, de alguna manera, esa corriente del presente que va al futuro, para reconocer el pasado. Los hermanos Was hacen el camino inverso, como si fueran siguiendo las huellas de sus padres. Volver a Polonia no es un gesto turístico ni simbólico: detrás de ello hay un rigor en buscar los espacios por los que la familia marcó su presencia en el pasado. Lo que queda de ellos es apenas una foto antigua tomada en el frente de una casa donde está toda la familia posando antes del desastre y el nombre de un pueblo: Kosew.

El pueblo no aparece en los mapas. Como si se lo hubiera borrado de la tierra, como si el tiempo se lo hubiera tragado, nombre incluído. Es en uno de los museos que visitan en Varsovia que el nombre aparece por primera vez: perdido en una multitud de otros nombres igual de desconocidos, Kosew existe al fin y deja de ser una posible invención de la historia familiar. El destino de los Was es ese pueblo que casi nadie reconoce, pero donde está asentada su historia.

Buscar los rastros de la propia historia. Qué es lo que queda en el origen. La burocracia parece no registrar demasiado, como si el hueco permaneciera en las memorias escritas. Apenas algunos datos sueltos: puertos de partida, buques donde se embarcaron. Los lugares siguen existiendo. Las marcas del genocidio persisten a través del tiempo, desde los edificios del Ghetto de Varsovia al puerto que fue la última imagen de Polonia que vio el padre de los Was. Kosew es el final de ese camino, el lugar donde está la casa en cuyo frente se tomó esa foto que todavía conservan.

En el pueblo hay otras memorias: las de los sobrevivientes que persisten y la del legado del relato oral. Ese que pone a la familia en el contexto de un relato colectivo en el que se disuelven las identidades particulares y se potencia un destino común, en el sentido de comunidad. Es la visita al bosque cercano lo que pone en dimensión esta noción: se sabe que allí los mataron pero no el lugar exacto, ni los nombres de todos los asesinados. Un monolito recuerda a los mayores, otro a los niños. Símbolos poderosos en el silencio del bosque. Los Was terminan su recorrido, encuentran el punto de partida, el espacio al cual volver en honor a su padre, como si en ese viaje pudieran, simbólicamente, volver a reunirse los restos dispersos de la familia. De alguna forma lo logran. En el recuerdo de los que no están, pero sobre todo, en el encuentro de los tres hermanos.

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