LA NOCHE DE LOS TRES FUEGOS-LO PROTOTÍPICO Y LO INNECESARIO
La primera parte de la
película de Paternostro y Alvaredo discurre por ciertos cauces narrativos más o
menos habituales en un cine con pretensiones de cierto realismo. Que la
historia tenga ecos de otras reveladas desde el periodismo o desde ficciones
televisivas o cinematográficas previas es lo de menos. En todo caso, puede
pensarse como una pretensión de inscribirse en una línea temática en la que
encuentra una validez y una repercusión discursiva. Ese espacio prototípico no
es más que eso: un suelo sobre el cual la historia se afirma, pero que la
obliga a moverse en algún momento hacia alguna dirección.
Allí está Ismael
Fraga, el hombre que viaja hacia el (ficticio) pueblo de Tres Fuegos. Está
Karina, su nieta, desaparecida hace algunos años. Y está la pista de un mensaje
de un camionero que dice haberla visto en una whiskería del pueblo. Hay una
causa judicial que no avanza. Y lo que se desarrolla a partir de allí es una
suerte de recorrido lógico que lleva a Ismael a acudir a la comisaría del
pueblo, a averiguar en los registros del hospital o a presentarse en las
whiskerías del pueblo para tratar de encontrar a su nieta. Dentro de ese reino
prototípico y en cierta medida llevado hasta el estereotipo caben los otros
elementos previsibles que la mirada de Ismael va descubriendo en el pueblo: la
policía que recauda dinero de esos antros, el manejo de dos hermanos que
controlan casi todo el pueblo y los silencios cómplices que solo parecen abrir
las puertas de alguna pista a seguir (el nombre de un doctor, el lugar donde
atiende).
Hasta esa escena que
se cierra con el doctor Cordero Luna haciendo una llamada desde su celular y
que se encadena con la policía que fue a revisar la habitación de Ismael en la
posada y el posterior robo que sufre en la Zona Roja, esa lógica narrativa
permanece sin alteraciones. El problema aparece cuando de lo prototípico se
pasa a lo innecesario –que implica redundancia o desvío- y cuando eso que es
innecesario se vuelve lo importante en la deriva de la trama hacia la
resolución final del conflicto. Una señal aparece en la posada en la que se
aloja Ismael. El lugar es atendido por Cecilia, una mujer atenta, servicial,
con quien Ismael no tarda en simpatizar. Lo innecesario aparece en Horacio, su
pareja. Ya se percibe su desinterés cuando llega Ismael, pero a eso se le suma
su propensión a robar dinero de la caja de la posada y a gritarle y golpear a
Cecilia aunque escuchen los residentes. La repetición de esos hechos de
violencia –de la misma manera que se repite la presencia del policía Fernández
en cada lugar donde Ismael busca a su nieta, sin que, sorprendentemente, lo
vea-, se plantean como una forma de subrayado bastante torpe. Y el problema
está en que al plantear la violencia sobre la mujer hacia el interior de la
pareja, se desvía de la supuesta centralidad que tiene el secuestro de mujeres
jóvenes para reducirlas a la prostitución.
Es la escena de la
segunda visita al médico la que implica un desvío definitivo. Porque en ese
punto, la película se desentiende del realismo que implicaba el sistema de
corrupción al interior de un pueblo, del peso de los silencios que ello
involucra para plantearse como una sucesión de episodios que rompen con todo
realismo posible hasta arrasar con cualquier lógica narrativa. La búsqueda
original de la nieta se transforma en la historia de una venganza personal
aplicada sobre todos aquellos que intervinieron en la desaparición de Karina.
La dedicatoria final al padre de María Cash intenta reponer esa relación con el
realismo, pero termina fallando y convirtiéndose en una especie de chiste de
mal gusto, sobre todo porque en ese caso nunca se recurrió a la violencia para
encontrar o hacer justicia por la desaparición de su hija.
El pasaje que ensaya
la película hacia el territorio de lo genérico lo constituye como una sucesión
de asesinatos que reponen en el centro de la mirada, la idea de la justicia por
mano propia. Una generalización apolítica que sustituye al Estado –al único que
no recurre Ismael es a la instancia ejecutiva del pueblo, como si no tuviera
nada que hacer- y lo reemplaza por la justicia que no investiga y la policía
que forma parte de la trama delictual. Al hacerlo, sustituye la acción política
en lo social y de esa manera propone una supresión de las leyes como único
sistema posible: si la policía y la justicia no aplican las leyes, el ciudadano
común está habilitado para hacerlo y combatirlo desde ese mismo territorio. Ese
viraje aún contra su pretendido discurso sintetizado en los carteles del final,
termina banalizando la trata de mujeres y desplazándolo del centro a la vez que
desprecia cualquier solución que implique una organización colectiva: lo que
termina importando es la reacción (violenta) de un hombre común, de manera
individual ante un sistema injusto. Aunque para eso tenga que forzar hasta lo
inverosímil ese realismo en el que se sostenía en el comienzo y que,
especialmente en el tramo final, parece la resurrección de ese cine que
pululaba en los años 70 y 80 y del cual alguien como Emilio Vieyra fue su
ejemplar más reconocido. Volver a ese lugar cincuenta años después, más que hablar
de la persistencia de una mirada, está señalando una imposibilidad de
evolucionar.





Comentarios
Publicar un comentario