I FESTIVAL INTERNACIONAL DE VILLA ELISA: MEMORIA Y FUTURO
Empezar un festival de
cine no es cosa de todos los días. Hacerlo prácticamente sin apoyos oficiales,
casi una quimera. Hacerlo incluso en esas condiciones, en una comunidad
relativamente pequeña, parecería más un sueño que una posibilidad de concreción
real.
Pero se hace.
Un grupo pequeño de
voluntarios y entusiastas lograron llevar adelante durante el fin de semana del
25 al 27 de abril, el primer Festival de Cine Internacional de Villa Elisa, en
la provincia de Buenos Aires. El hecho en sí mismo es un logro: Villa Elisa,
posiblemente por su cercanía a La Plata, no tiene cines comerciales, lo que
hace que sus habitantes tengan que trasladarse para poder ver una película en
una sala. La aparición de un festival de cine en un lugar con esas
características implica una necesidad que trasciende a los organizadores:
romper la inercia del cine como ajeno, como parte de un espacio otro y
apropiarse de la posibilidad de construir una cultura cinematográfica en sus
calles.
En ese sentido, el
Festival fue un paso adelante contundente, especialmente en la percepción de un
público que excedió las expectativas de la organización: una muestra de que
existe tanto una necesidad como una curiosidad por acceder a aquello que de
otra manera permanecería invisible. La presencia de algunos de los directores
de las películas proyectadas también aparece como un aliciente importante para
la convocatoria de público, pero por sobre todo como una señal doble: desde la
organización, se verifica la preocupación por establecer un vínculo entre
realizadores y público; desde los realizadores, una apuesta a futuro por el
Festival como espacio de visibilización de sus obras.
Como complemento de
ello, lo que hay que señalar es que la selección de los largometrajes expuso
una voluntad de pensar el Festival con un perfil de programación que no
consistió en la mera agrupación de títulos. El recorrido por esas obras
seleccionadas revela una suerte de curaduría precisa, atravesada especialmente
por la idea de la memoria y por la relación que se puede entablar en el
presente con el pasado. Memorias emotivas, signadas por el paisaje y lo
poético, como retazos de recuerdos en Los
ríos que fue la película de apertura. O que atraviesan la historia
argentina, desde Malvinas (Las voces del
silencio) a los años de la dictadura (Memorias
de un exilio), pasando por el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo
Perón (Ensenada 55). La que recupera
la historia de un escritor cercano como Gabriel Bañez (La película de Bañez) y la que se obstina en la preservación del
material fílmico como modo de conectarse con ese pasado (Continuará…). La que atraviesa las fronteras para encontrar los
modos de representación de otras historias de lucha y resistencia (De ellas con nosotras, sobre el
asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana a partir de su puesta
en escena como obra teatral) y la que busca las raíces en un pasado ligado al
exterminio de los judíos en los campos de concentración (Tal vez nos volvamos a encontrar, sobre la familia uruguaya Was,
que vuelve buscando las raíces familiares a Polonia). O la que encuentra en los
monumentos y en su puesta en relación, una formulación política de esa relación
entre pasado y presente (Recordá esto…).
La selección –no casualmente se trata en su totalidad de documentales o
películas de no ficción con algún matiz experimental- en ese punto es tan
inobjetable como la articulación que propuso el Festival con la mesa que
planteó la recuperación de la historia de Mercedes Simone, a partir de la
música y del cine, y su vida en Villa Elisa, con la participación de Adrián
Muoyo, Marina Cañardo y Marita Cirigliano.

La idea de sostener el
Festival y crecer en próximas ediciones, deberá, de todas formas, tener en cuenta
una serie de elementos a tratar de corregir. La más importante es conseguir
espacios que resulten no solo más confortables para el público, sino
especialmente más aptos para una proyección, en los que se pueda evitar la
irrupción de ruidos y luces externas en las salas. Pero también, tender a un
trabajo más profesionalizado que evite situaciones que podían haber sido
fácilmente solucionables –tiempos limitados para dialogar con los directores,
entradas y salidas continuas de espectadores en medio de las funciones,
ausencia de subtítulos en alguna de las copias proyectadas en tramos hablados
en otros idiomas- y que quedaron como huecos en la organización. Algo como
trasladar ese cuidado que se observó tanto en el diseño de las postales que
funcionaron como identificación del evento, como del corto que antecedía a las
proyecciones –simple, pero sobrio y efectivo como muestra-, al resto del
trabajo, para lograr que el Festival no solamente crezca en cantidad de
proyecciones, sino en un público que perciba que además de ir a ver buen cine,
se piensa en él como espectador.
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