CINCO EPISODIOS RECIENTES SOBRE CINE ARGENTINO

Episodio 1: Después de varios meses de silencio -desde el Festival Contracampo que se enfrentó al de Mar del Plata-, las entidades del ambiente cinematográfico reunidas bajo el nombre de Espacio Nacional Audiovisual (ENA) emitieron un comunicado en el que analizan críticamente la actuación del INCAA en el año 2024 y los primeros meses del año 2025. Tres puntos fundamentales de ese documento se desglosan a partir de la falta de producción de películas con apoyo del Instituto: el retiro de los incentivos de producción -eliminación del sistema de subsidios por preclasificación de proyectos y reemplazo por líneas de créditos bancarias con tasa subsidiada-, la ausencia de apoyo económico a festivales en la Argentina y a la comercialización y difusión del cine argentino y la pérdida de presencia del cine nacional en el exterior. Los tres elementos confluyen no solo para señalar la ausencia total de inversiones en la producción, sino también en la circulación de las películas.




Episodio 2: También tras varios meses de silencio –desde la entrevista que le dio a un periódico mendocino en una visita a esa provincia-, el presidente del INCAA, Carlos Pirovano, salió a responder al comunicado a través de una entrevista realizada por un medio amigable -Infobae-. En esa entrevista, afirma las siguientes ideas:

1.Desmiente la afirmación de producción cero, argumentando que se firmaron declaraciones de interés (que corresponde solo a películas terminadas).

2.Se abolió el comité de preclasificación -que otorgaba los subsidios- por considerárselo ilegal.

3.Se insiste en sostener el argumento en base a películas “que llevaron menos de 100 espectadores”.

4.Afirma que se trata de un comunicado de gente kirchnerista que le habla “a su gente” y que solo quieren plata. Manifiesta que “no le vamos a regalar plata a los amigos del poder para que se la vayan a gastar a los festivales”.

5.Confirma el reemplazo de los subsidios por microcréditos bancarios y en términos económicos asegura que el INCAA recuperó 300 millones de pesos de proyectos no realizados y que con el despido de 500 trabajadores (el 65% del total) y dejar de alquilar edificios, el INCAA pasó de tener déficit a superávit.


Episodio 3: Un editorial del diario La Nación se hace eco del comunicado, para cuestionarlo. En apenas un puñado de párrafos, plantea:

1.Un cuestionamiento a las entidades porque no reconocen “los beneficios y privilegios obtenidos durante años por afinidades ideológicas”.

2.La pérdida de público del cine argentino a partir del año 2014, remarcándose la pérdida del 60% entre 2023 y 2024.

3.La necesidad de “no seguir alimentando kioscos personales con las arcas del Estado” y “terminar con las prebendas que han beneficiado a los amigos del poder”.

El cierre del editorial es contundente: “Aquella película va llegando a su fin y lo celebramos”. Toda una declaración ¿de principios?¿de guerra?.


Episodio 4: Evidentemente no alcanzó con una primera entrevista y poco tiempo después, el mismo medio amigable vuelve a entrevistar a Carlos Pirovano. Los argumentos reiteran en esencia lo planteado en el primer reportaje, con el agregado de algunas precisiones:

1.”Cero películas no, aprobamos 236” (en referencia a los subsidios por taquilla de películas finalizadas)

2.Se sostiene que la destrucción del cine argentino proviene de no querer asumir riesgos económicos y de que “hacían películas para sí mismos, no para un público”. (un argumento que algún crítico como Leonardo D’Espósito venía sosteniendo ya desde sus tiempos en la revista El Amante)

3.Afirma que hay 270 películas que recibieron subsidios del INCAA y que aún no se estrenaron -y algunas ni siquiera comenzaron su rodaje.

4.Recuerda que hasta el año 2023, solo el 35% de lo recaudado por el INCAA se destinaba a financiar películas.

5.Plantea que “una película debe ser un emprendimiento con un modelo de negocio”.

Las dos entrevistas de Infobae, expuestas a partir de textos indirectos, no plantean repreguntas ni dudas: solo parecen limitarse a describir las respuestas del entrevistado desmintiendo el informe original.


Episodio 5: Un posteo en las redes sociales de Cynthia Sabat –reconocida agente de prensa de films nacionales- retomando el informe de la ENA, recibió la respuesta de Gabriel Lerman, uno de los directores artísticos del Festival de Mar del Plata. Allí, entre varias cuestiones plantea:

1.Cierto optimismo en que el Festival de Mar del Plata del 2025 tenga la misma convocatoria de películas argentinas que tuvo el Bafici.

2.Que no es un festival político y que hacerlo no es un acto político.

3.Que continúa una tradición “que tiene que ser independiente de quien esté en el gobierno”.

4.Que la opción es hacerlo de esa manera o cerrarlo -y que cerrarlo supone la posibilidad de que esa categoría A sea ocupada por otro festival.

5.Cuando interviene el director de cine Miguel Mato señalando que es cómplice del gobierno, se ampara en que es un gobierno elegido democráticamente y que el hecho de que las instituciones sigan funcionando es parte del juego democrático.

 

Puede entenderse el comunicado de ENA en función de aprovechar de alguna manera la repercusión que se podía dar entre el Bafici y el estreno de El eternauta, aunque ello no justifica el largo silencio ante una situación que se sostiene desde diciembre de 2023 -y que, por cierto, es compartida con los medios de prensa, que no articulan ese tipo de información si no provienen de una entidad como esa. Lo que no se advierte es la forma en que ese comunicado se entronca con una estrategia o un plan de lucha para visualizar y concientizar sobre el conflicto. El comunicado exhibe cifras contundentes y construye una situación general del sector, pero la ausencia de respuestas a las palabras de Pirovano y sus afirmaciones parecen señalar una falta de voluntad para seguir disputando el espacio público, abandonándolo a manos del discurso de gobierno y medios afines.


Lo de Pirovano, en cambio, si se lo lee bien, resulta más revelador de lo que puede parecer en primera instancia. Si se lee con detenimiento a los dos reportajes, lo que se advierte es que no puede responder con cifras y estadísticas reales lo que afirman las entidades. Lo que hace es un desvío a partir de aquello que le conviene resaltar en su discurso. El número de producciones de las que habla son películas terminadas, mientras que el planteo de las entidades hace alusión a los subsidios que permiten concretar proyectos (que como señala en otra nota el crítico Diego Battle, en muchos casos reviste un carácter simbólico): esas películas, como bien señala Sabat provienen de subsidios otorgados en gestiones anteriores. Lo que revela el profundo desconocimiento que el economista a cargo del INCAA tiene de la actividad cinematográfica: cualquier película, por simple que sea, implica un trabajo de por lo menos dos años. Pero más que esa ignorancia, lo que sobresale  de las entrevistas es un modelo. No solo para el cine, sino que entra en consonancia directa con la totalidad de la gestión del gobierno nacional. Lo que se busca no es la destrucción de la cultura -y es eso lo que le permite a Pirovano afirmar que no hay hostilidad hacia ella- sino una modificación radical de la cultura argentina en la que su constitución dependerá exclusivamente de la “iniciativa privada”. Cuando Pirovano señala que se abolieron los subsidios porque era ilegal, en realidad está indicando la voluntad de este gobierno de que el Estado deje de ser un actor cultural y que pueda garantizar la posibilidad de generar producción. El problema es, entonces, para qué está el Estado, en materia cinematográfica. Es ese el punto que Pirovano rehúye, que no quiere (ni puede) explicar, probablemente porque no le interesa. Porque si el problema eran las “afinidades ideológicas”, el solo cambio de gobierno y sus respectivas autoridades en el área debería bastar para que el sistema funcione de otra manera: lo que queda en claro es que ese elemento es una excusa basada en una afirmación falsa y generalizadora, para disimular la falta de voluntad por sostener el rol del Estado.

Su objetivo queda claro en las entrevistas. No solo cuando plantea al cine como un “emprendimiento” que debe pensarse como un negocio, sino cuando construye un discurso a partir de cifras que tienen que ver con la economía y no con el cine. Recuperar 300 millones de pesos –que ni siquiera es el costo de una película industrial- como si hubieran sido robados. Pasar del déficit al superávit, como si el Instituto fuera un ente recaudador que debe ganar dinero, independientemente de su uso. Lo que Pirovano omite, además de ese para qué, es qué se hace con el dinero que ha seguido ingresando desde diciembre de 2023. Porque se contenta con señalar que hasta 2023 se utilizaba solo el 35 % del presupuesto para financiar películas. Ahora, con los mismos ingresos y un gasto en personal y edificios que se redujo en más del 60%, no puede exhibir ningún número que acredite que ese porcentaje aplicado a financiar películas haya crecido en su gestión. El dato que se pasa de largo es el relativo al porcentaje de público que ve películas argentinas. Tanto Pirovano como La Nación recalcan que la caída proviene desde el año 2014 (ninguno de los dos señala que ese fue el penúltimo año del gobierno de Cristina Fernández porque implicaría señalarlo como instancia virtuosa; tampoco se detienen en que parte de esa caída se produjo en los 4 años de gobierno de Mauricio Macri) y que entre el 2023 y el 2024, la caída interanual fue del 60%. Tampoco ninguno de los dos se detiene en advertir que eso corresponde al primer año de gestión de Pirovano, un año en el que se había planteado cerrar la única sala dedicada a exhibir cine argentino y al que luego se le quitaron horarios para exhibir películas de otras procedencias. El mismo año en el que el INCAA dejó de promocionar los estrenos nacionales y en el que se dejó de exigir definitivamente el cumplimiento de la cuota de pantalla.


No resulta curioso que tanto el editorial como las entrevistas vuelvan a sostener como argumento la existencia de películas que llevaron pocos espectadores a las salas. El argumento –tergiversado en tanto no tiene en cuenta exhibiciones especiales o en festivales- es el mismo con el que el diario de la familia Mitre viene machacando desde hace años para justificar sus ataques contra las políticas del Instituto. Lo más importante parece ser que medio y funcionario conforman un tándem para cuestionar –por fin- al kirchnerismo, al que consideran el motor principal de esa política y de la constitución de “kioscos personales financiados con las aras del Estado”. Bueno, ya se sabe: para ellos, el kirchnerismo es la encarnación de todos los males del país, y aunque ya lo han dado por muerto, necesitan revivirlo cada vez que hay que echar culpas que no se quieren asumir. Uno y otro, además, tienen una curiosa concepción de lo que se considera “amigos del poder”, que limita al Estado en su fase kirchnerista y que se afirma en una construcción que ubica al poder en el gobierno –aunque en este caso, deba omitir la referencia al actual- y no en la esfera privada, para de esa forma, negar al verdadero poder, el económico. Es notable que en relación con el cine se parta de otra negación histórica: la del empresario privado argentino que no arriesga y que solo piensa en la maximización de los beneficios. Pirovano no se pregunta ni se plantea siquiera que el Estado funcione como generador de alicientes para la inversión privada en cine (ni siquiera como se plantea en programas como Mecenazgo, del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), sino que todo queda librado a una idealización: un mercado puro de oferta y demanda en el que deben confluir cineastas que ofrecen sus proyectos y empresarios ávidos por invertir.

La negación de la realidad deriva en una tergiversación que no parece admitir repreguntas ni rectificaciones. Los mismos periodistas –como Leonardo D’Espósito, por ejemplo- que hace un año advertían sobre el presunto mal uso del presupuesto del INCAA para financiar películas, no han vuelto a escribir una sola línea para señalar que ese uso se redujo a cero y para reclamarle a las autoridades actuales el cumplimiento de lo establecido por la Ley de Cine como reclamaban a las gestiones anteriores. Parte de esa negación se traslada a la mirada de Gabriel Lerman como codirector artístico del Festival de Mar del Plata. Allí también ocurre que los críticos y periodistas que durante años reclamaban el aporte del INCAA a los festivales no aparecen ahora para hacer el mismo reclamo. Lerman parece fingir demencia cuando se referencia a las decisiones políticas que arruinan el cine argentino: independencia del gobierno y apoliticidad que no pueden ser alegadas si no es desde el cinismo o el interés personal. Ampararse en que sea un gobierno democrático no implica que toda acción esté relacionada con una política cultural, y eso Lerman, con su experiencia de años, debe saberlo. Esa idea de sostener el festival a cualquier costo es, aunque lo niegue, también política, en tanto se permite colocarse de espaldas a una realidad cultural, negando que las acciones propias son una pieza más de esa realidad. Si un festival de cine esconde la realidad del cine, ¿tiene sentido seguir haciéndolo? Y en ese caso hay que preguntarse para qué y a quién le sirve. Un festival no debe ser para sostener una tradición como alega Lerman, sino justamente para festejar una cultura y llevarla un paso más adelante en su renovación.


Pirovano, La Nación, Lerman –incluso los exabruptos recientes de un outsider en relación a lo cinematográfico, como el entretenedor Aníbal Pachano-: todos revelan caras del modelo al cual representan de manera consecuente. Ese modelo reposa sobre la base de que todo debe ser pensado como un negocio, como un vehículo para obtener beneficios a partir de una inversión. Una mirada conservadora que no apuesta por el riesgo sino por lo ya consagrado. Estimular lo que ya se sabe que tiene un público es lo mismo que subsidiar o eximir de impuestos a Coca-Cola, a Netflix o a Mercado Libre. Esa es la batalla cultural que parece haberse perdido hasta este momento. Pero es también la que hay que seguir dando hasta el final.

 

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