HABITAR LA SOMBRA: CIUDAD, NOCHE

Por definición, lo que está en la sombra es lo opuesto a lo que se ve: un universo que se sabe que existe pero escapa de la visión. Habitar una sombra es persistir en ese espacio que no es alcanzado por la luz. Un espacio ciego, que exige otra predisposición, otra postura, para poder ser observado. Porque se lo esconde intencionadamente: allí hay una definición negativa, en tanto estar en las sombras se asocia con una necesidad, una determinación por no ser visto, por actos ilegales o inmorales. O porque se producen en los horarios opuestos al movimiento habitual de una ciudad: seguir haciendo mientras la mayoría duerme, descansa, se refugia en sus casas.

Una sombra extra se yergue sobre una ciudad como La Plata. Las nubes oscuras, los rayos, la sonoridad de los truenos traen como un fantasma el recuerdo de la inundación del 2 de abril de 2013. Cada tormenta es una repetición posible del pasado, una sombra tenebrosa que se posa sobre la ciudad. Doble sombra que explora la película de César Italiano. La de la noche de una ciudad, la de la tormenta inminente que trae la evocación del desastre, el miedo a la repetición.

La ciudad, entonces, se vacía. El movimiento que registran las primeras imágenes son de una normalidad que se borra de pronto con el comienzo de la lluvia. La cámara registra en las calles a la gente en las paradas de colectivos, los autos que surcan las esquinas casi anegadas. Una persistencia en el escape: hay que volver a los refugios del hogar. La ciudad se vuelve una sombra de sí misma en poco tiempo: el avance del tiempo que la película no mide ni explicita, pero que se puede advertir como proceso desde el montaje, vacía la ciudad de personas y vehículos. Las calles son desiertos por los que no circula casi nadie y donde los autos parecen abandonados de improviso, librados a su suerte. Lo único vivo en esas calles parecen las luces de los semáforos que siguen cambiando o titilando para nadie.

Pero en esa noche que parece vacía –o habitada por personajes al borde de lo espectral que esperan un colectivo o fuman al borde de una estación de servicio cerrada- algo sobrevive. El modesto ejército de deliverys sigue moviéndose por las calles: cubiertos con camperas para la lluvia, son una sombra dentro de la sombra, formas indescifrables, no identificables individualmente. Pero no están solos.

En Habitar la sombra, la cámara se concentra en tres grupos que sobreviven en la noche. Ellos trabajan en esa sombra que es la noche, habilitan una zona en la que la humanidad subsiste ante las inclemencias del tiempo. Por un lado, los taxistas, enfocando especialmente en el grupo que se instala en la parada de la Terminal de Omnibus (y esos planos refieren de manera clara y explícita a La Terminal de Gustavo Fontán). Por otro, el grupo de trabajadores de la cooperativa que se encarga del mantenimiento urbano para la Municipalidad. Y finalmente, el trabajo que implica la impresión y distribución de un periódico, entre la imprenta del diario El Día y el trabajo organizado en la Cooperativa de Diarios, Revistas y Afines. En esos grupos persiste esa cotidianeidad apagada en el resto de la ciudad. Sus espacios son en sí mismos sombríos, pero en ellos la relación con el otro, aún circunstancial, encuentra el cauce para correrse de lo individual –a lo que inevitablemente volverán cuando el trabajo los ponga en otra situación- y que alumbran desde allí el lugar de pertenencia.

Alternando con ese afuera vacío y atravesado por la tormenta, los trabajadores parecen los últimos habitantes de una civilización perdida. En ese registro, lo que importa es la espera. Lo que resalta es el tiempo en el que no se hace más que establecer un diálogo, compartir un mate, jugar un partido de truco. En la tormenta, todos esperan. En la noche, también. Los que quedan afuera, lo que los lleve al hogar. Los que están adentro –y que aquí permanecen fuera del campo visual-, que la noche y la tormenta cedan su lugar al día y el movimiento renovado. Para los que trabajan a bordo de la noche, la espera determina el trabajo. Que las rotativas terminen de imprimir. Que lleguen los diarios para ser organizados. Que un pasajero suba al taxi. Que se carguen los elementos para la limpieza en el camión y que llegue el colectivo que va a trasladarlos al lugar que deben limpiar. La mañana, que anuncia el recomienzo del movimiento deja a las sombras sin sus habitantes. Al tiempo, sin espera. A la ciudad, sin esa latencia que anuncia un coro impensado de semáforos planteando su ritmo de amarillos titilantes. 

 

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