A REAL PAIN: DESENFOCADO

 

David es –y tiene el look- del típico nerd tecnologizado. Vende publicidad digital y, dice, pudo tomarse una semana de vacaciones para el viaje, aunque ello implique dejar a su esposa y a su hijo. Tiene una especie de ansiedad que se revela en el comienzo con las continuas llamadas telefónicas desde el taxi. Tiene una familia, pero lo que parece no tener es tiempo. Benjamin es su primo. Viene de un frustrado intento de suicidio y no tiene trabajo estable. No tiene familia, pero tiene tiempo –por eso llega con tanta antelación al aeropuerto. Lo que une a los primos es la reciente muerte de la abuela y ese viaje a Polonia para conocer el lugar desde donde ella partió a los Estados Unidos.

El Heritage Tour es justamente eso, un tour que lleva a turistas con un guía historiador por los sitios del holocausto judío en Polonia. El recorrido parece concebido como una espiral ascendente: de los monumentos que evocan la resistencia en Varsovia al barrio judío de Lublin con su cementerio y de allí al campo de concentración de Majdanek donde persisten los rastros del horror bajo la forma de barracas, cámaras de gas y hornos crematorios. Junto a David y Benjamin, el recorrido contiene a una pareja europea, una mujer norteamericana y un afrodescendiente convertido al judaísmo. Es, en cierto sentido, un recorrido turístico bañado con una pátina de compromiso histórico, pero aparentemente desprovisto de un motivo de fondo para ser realizado. Qué es lo que lleva a la convergencia de esos personajes en ese lugar del mundo y qué buscan encontrar en un recorrido por edificios antiguos abandonados, cementerios antiguos y monumentos históricos. No hay forma de saberlo, al menos en principio. La distancia que los personajes establecen con el significado emotivo del viaje no los corre demasiado del lugar del turista prototípico. Ni siquiera el silencio respetuoso con el que recorren Majdanek parece significar algo más. En definitiva, ellos tampoco tienen tiempo: ni para detenerse a pensar ni para salirse del recorrido apretado que les proponen.

Lo que hace de ese tour una experiencia diferente es la presencia de Benjamin. Hay algo disruptivo en él, que se preanuncia desde el comienzo con el paquete de marihuana. Como si no encajara en el modelo de alguien que va en busca de sus raíces. Esa disrupción coloca al personaje siempre al filo de la cornisa: es una molestia en la formulación de una estructura de recorrido, lo que se vislumbra en el momento de la presentación grupal. David está tratando siempre de corregir, de evitar esos desbordes inesperados, pero la fuerza de Benjamin es superior. Transmite una incomodidad en la superficie pulcra de lo esperable. Que estalla en la cena en Lublin, cuando al comentario desbordado (“Los ricos son una mierda”) le sigue un deslizamiento hacia la grosería y la mala educación. Pero es notable cómo funciona el contraste en esa escena. Cuando Benjamin se levanta para ir al baño, es David quien en el relato de la historia y la compleja relación que mantiene con él, restituye su lugar. Lo interesante es que hay una gestualidad en Benjamin que resuelve sus desbordes y que en esa escena se congela en su intervención en el piano del restaurante, lo que hace que no se genere una disputa con sus compañeros de viaje.

El valor del personaje está en la forma en que actúa desacomodando al resto con los que interactúa. Produce un desenfoque inesperado viendo algo que los demás no pueden captar, saliendo de la lógica del recorrido y abriéndolo a nuevas posibilidades. Con David esos elementos restablecen la relación que viene del pasado y que las obligaciones han llevado a descuidar. Aparece entonces una recuperación –al menos momentánea- de un espíritu juvenil perdido –subirse a la terraza de un hotel para fumar un porro, subirse a un tren sin pagar, eludiendo el recorrido del guarda- que retoma tanto el recuerdo de la abuela como los momentos compartidos en el pasado. Esa mirada de Benjamin se plasma en el detalle, en la mención a los pies de David, lo que hace que éste comience a observarlos, a prestarles atención. Durante el tour, la acción de Benjamin lleva a establecer la distancia que impone el lugar de turista a la vez que intenta romper con ella. Lo hace ya en la escena del monumento, cuando consiguen que los demás se sumen a su postura imitativa. Lo de Benjamin es el acortamiento de las distancias, pero con la intención de comprender que ellos pueden ser –podrían haber sido- aquellos que ya no están. Involucrarse como ser parte, no como observadores. La escena del viaje en tren a Lublin repone esa sensación, ligándola estrictamente al destino de los judíos deportados en el pasado. Se hace explícito a su vez, en la escena del cementerio, cuando rompe con la frialdad de los datos del guía para establecer un acercamiento diferente. Es esa misma postura del que puede ver algo más que el lugar físico, lo que lo lleva al llanto frente a los hornos crematorios. Benjamin encarna el sentido de la película no solo porque en él parece residir la comprensión del dolor real a que alude el título, sino porque condensa la necesidad de salir de la mirada superficial para acercarse. Detenerse para mirar, salir de los condicionamientos del entorno. Como en el final, cuando declina la invitación de su primo y prefiere quedarse a mirar eso distinto, eso raro que puede pasar en la sala de espera de un aeropuerto.


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