SATURDAY NIGHT:APROPIARSE DE LAS FORMAS DE LA HISTORIA
Son las 10 de la noche
de un sábado. Es 1975 y es Nueva York. Lorne Michaels (Gabriel LaBelle) sale a
la vereda del edificio de la cadena televisiva NBC: su actitud parece la de
quienes bucean unos minutos y deben salir a la superficie a tomar aire.
También, la de quien toma una distancia para tratar de encontrar la respuesta a
una pregunta, o una explicación a lo que está sucediendo. Hay un cierto caos
afuera hecho de autos que circulan, de gente que camina. Casi nadie presta
atención a ese otro joven que está en la puerta y que ofrece las entradas
gratuitas para el show de la cadena. Ni siquiera ese joven conoce a Lorne. En
esa salida a la calle, Lorne sabe que tiene una hora y media para el comienzo
de su programa de televisión, de la primera emisión de un programa que irá en
vivo durante una hora y media. Lo que hay en el medio de ese tiempo es la
incógnita –si uno se despega de la tendencia a los finales felices con cierta
épica del cine industrial y de la historia real en la que se basa-: si es que
ese tiempo llevará a la concreción del programa y si todo el esfuerzo cobrará
sentido.
Cuando Lorne vuelve a
entrar al edificio, el caos que se observaba en la calle, parece haberse
trasladado al interior. Los pasillos interminables, laberínticos, contienen una
cantidad de persona(je)s inimaginables. Lorne no se detiene, atraviesa esos
espacios y esas personas como si buscara un centro que le permita organizar el
caos. La cámara lo sigue, se mueve detrás o junto a él, como si se tratara más
de un documental que de una ficción. La forma real que asume el caos entonces,
aparece ante los ojos de Lorne y del espectador: es la pizarra en la que se
acumulan los papeles con los números que se pretende encapsular en una hora y
media –pero que ocuparían casi el doble.
Una lógica de la
desesperación, de la carrera contra el tiempo. De la imposibilidad no asumida
de concretar la organización –representado en ese contrato que Belushi (Matt
Wood) amaga firmar pero no. El tiempo pasa, se lo remarca desde los carteles
negros que sitúan la hora, desde el asistente que va anunciando cuánto falta.
Lo que se agota por un lado –el tiempo- se incrementa por el otro –problemas,
deserciones, motines, peleas, traiciones. Algunas provienen de ese abajo –los
actores, los técnicos- que Lorne debe organizar; las otras provienen de ese
arriba que se corporiza en Tebet (Willem Dafoe) y su ambivalencia entre el
boicot explícito y la presión que ejerce para que Lorne demuestre lo que vale.
Conflicto de clases: los ejecutivos que cuidan su dinero, los actores pobres
que no lo tienen y pugnan por utilizarlo. Teoría del derrame en cuentagotas:
Tebet no quiere, no le interesa, le reditúa más pasar un tape grabado
(cualquier semejanza con la TV argentina de la última década no es pura
coincidencia) que invertir en algo distinto.
Pero también conflicto
generacional post derrota del hipismo. La misma Nueva York de Taxi driver contiene a un grupo de
jóvenes cómicos dispuestos a tomar el cielo por asalto –aunque todavía no lo
saben, ya que algunos ni siquiera parecen saber por qué están allí- que se
enfrentan literalmente a los viejos que tienen la sartén y el mango y que se
desinteresan de ese mundo de los jóvenes porque, en fin, son conservadores (quieren
conservar su lugar sin que nadie los importune ni siquiera un sábado a la
noche). Vean si no al tío Miltie (J.K.Simmons) y su baile apático con coristas,
que ya atrasaba décadas en los 70 y que solo se sostenía en las carnes, el
color, la brillantina y el gesto entre la picardía y la obscenidad. Es allí, en
ese estudio pulcro pero descolorido, y en ese bar donde sobrevive otro viejo
cómico con chistes ajenos, que Lorne encuentra lo que necesita: un joven
iluminador harto del vejestorio, un guionista y escritor que prefiere saltar al
vacío antes que sobrevivir de a monedas. También es ahí donde todo se explica:
un joven que escribe chistes para un viejo que no los entiende, los modifica y
no logra arrancar risas del público, pone en escena la tensión entre un pasado
que no se resigna a irse y un futuro que todavía no encontró su voz.
Disputa que se
traslada a la narrativa, que se sostiene como señal de cambio. Es el momento en
que la linealidad –el reinado del trío introducción/nudo/desenlace en el humor
bajo la forma condensada del chiste- se topa con la simultaneidad, con hechos
que suceden juntos en niveles diferentes, para encontrar sentido en esa lógica.
La de la rutina de cinco minutos que puede hacerse en cuatro pero deberá
hacerse en dos. La de la inversión genérica en el sketch del hombre sexualizado
y acosado por las mujeres trabajadoras. La del espacio que se va transformando
con el movimiento de los decorados. Lógica del caos que deriva de la
simultaneidad, del efecto de acumulación, de la diversidad y de quiebre de la
noción de estrellato y su reemplazo por un sentido colectivo.
El mayor logro de Saturday night es el de trasladar las
premisas del objeto que recrea a su propia concepción como obra. No es tanto la
reconstrucción de la previa de un programa de televisión como la exploración de
su reverso hasta en lo temporal (narra una hora y media previa de un programa
que tendrá esa misma duración). La misma sensación de inmersión en el caos
organizativo, el derrotero aparentemente azaroso, la construcción fragmentaria
–como si le faltara el guión que tampoco había en el programa-, la convergencia
de personajes que construyen solo a partir del conjunto, la visión del
productor. Saturday night no se
conforma con ser la recreación de la génesis de un programa, sino que advierte
que solo se lo puede contar, para hacerle justicia, apropiándose de sus formas
más que del contenido. Y como en ese primer programa, su triunfo final está en
el recorrido que lo lleva hasta el final, hasta el triunfo épico de la risa y
el aplauso del público cuando el primer sketch de una larga historia llega a su
fin.





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