LA SOCIEDAD DEL AFECTO: PERDERSE Y JUGAR

Cuando María de los Angeles “Chiqui” Gonzalez dice que a los 7 u 8 años se juró que iba a jugar toda su vida, no lo hizo como una declaración vacía o relacionada con la mirada infantil sobre el juego. Allí parecía estar, en estado larval, lo que sostiene en el presente. Si el juego era la representación de esa búsqueda de los gnomos que vivían debajo de la arena a la que su padre la empujaba en la playa, en el presente implica la persistencia de moverse en un terreno que se corre tanto del realismo como de la lógica. González plantea el límite impuesto por el sistema social en los 5 años –no lo dice pero es el comienzo del saber institucionalizado- en el que la creatividad comienza a ser bloqueada por la irrupción del estereotipo.

Es interesante que la idea de creatividad no se asume exclusivamente con el arte, sino que se expande. “La belleza no para crear artistas sino para evitar esclavos” dice citando a Gianni Rodari, para introducir de manera abrupta una dimensión política que el documental ya no abandonará. Lo que aparece en su desarrollo es una concepción de la política que toma distancia de la adhesión a un proyecto partidario, para situarse en la puesta en acción. “El territorio es lo importante, no la superestructura política”, subraya cerca del final, como un corolario de la forma en que llega y construye un programa. Si resalta la decisión de Hermes Binner de ofrecerle la dirección del CIC sin conocerla (una apuesta de la estructura por alguien que conoce el territorio) es porque detrás de ese gesto inicial y de su negativa a ser ministra, sobreviene el pasaje a la creación de lo que no existía (un Ministerio de Innovación y Cultura). Y porque tanto es acción política la decisión de convertir unos galpones abandonados (“Dame un galpón y te daré una obra” dice González como si fuera su máxima de vida) en un Tríptico de la Infancia que estimula la creatividad como luchar por el “derecho a la penumbra” para evitar la arquitectura adocenada de la luz filtrada por planchas de policarbonato.

La sociedad del afecto que parece, por esa malversación de las palabras, algo como un slogan, se vuelve algo más que un proyecto concreto. Implica restituir un espacio de comunidad que se sostiene en la idea de lo público como dignidad y acceso. Pero no como elementos declamados, sino como práctica constante. Si hay un principio en el planteo –que como todo lo que resulta atractivo, conjuga lo aparentemente sencillo con la complejidad que implica su operatividad- está en ese momento en el que parte de la niñez para llegar a la totalidad: “Si tenés acceso a los chicos, tenés las llaves”, se planta como una inversión de la mirada habitual. Lo que vuelve aún más profundamente política la apuesta: no se trata de darle a los padres para que llegue a los hijos, sino partir desde ellos para llegar a los padres y así sostenerse como proyecto a largo plazo.

Chiqui no encontró en la infancia aquellos gnomos. Tampoco, seguramente, habrá podido evitar los dolores de la vida que su padre conjuraba con las estrellas. Pero ambas cosas se plantean como fantasías que pudieron dar lugar a realidades.  Si el planteo es el de pensar que la posibilidad de generar realidades es liberadora, en ese pasado puede rastrearse toda la acción que desarrollaría con los años. No hay gnomos, pero hay libros raros que lleva por la provincia. Y hay clases en las que sigue jugando e invita a jugar a sus alumnos a ser madre e hijos. Y hay directoras de orquesta que cumplen con el sueño de su vida llevando a la Sinfónica a las localidades de la provincia. Que la Chiqui González haya llegado al teatro para no estar sola y encontrar a su “familia” (esa a la que recurrió cuando llegó al cargo ministerial) y si todo lo que hizo valió la pena aunque sea para custodiar esa ofrenda recibida de la historia de La Forestal, no debe perderse de vista que su trabajo está guiado por una directriz que proviene de su acercamiento al teatro. “Dirigir es perderse”, dice como sinónimo de dejarse llevar y actuar en ese contexto. Perderse como un niño en el juego, ese que como soñó en su niñez, nunca dejó de jugar.

 

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