LA HABITACIÓN DE AL LADO: HACE FRÍO Y ESTOY LEJOS DE CASA
1.No. No es tanto que
Almodóvar pase del español al inglés, que al fin de cuentas es lo de menos
(aunque uno piense en la oportunidad y el cálculo, en apuntar a los Oscar desde
lo temático y desde los nombres convocados). Se trata de otra cosa: de esa tendencia
que lo asalta cada tanto de hablar de temas importantes. De hacer que la
narración sea una excusa, como aquí, para hablar de la muerte, de la eutanasia,
de las leyes restrictivas, del cambio climático y de la sociedad deshumanizada.
Por esa razón es que su carrera parece haberse detenido tras el díptico
alrededor del dolor que componen Julieta
y Dolor y gloria, cediendo el lugar a
películas como ésta –o la anterior, Madres
paralelas- para que hablen, no para que cuenten.
2.El problema no es,
claro, tratar un tema, sino que se confunda el tratamiento con la exposición
explícita. Almodóvar no construye una escena que contenga aquello sobre lo cual
quiere hablar, sino que se lo hace decir a sus personajes. Transforma los
diálogos, por momentos, en discursos que se pretenden aleccionadores o
cuestionadores. El caso más notorio reside en el personaje de Damian (John
Turturro), en el almuerzo con Ingrid (Julianne Moore). Puede resultar simpático
que el personaje explicite su rechazo a la convivencia letal que suponen el
neoliberalismo y la extrema derecha, pero tanto esa conclusión como el punto
que llevó hasta allí (el daño que el ser humano le hace al planeta en el que
vive), constituyen un desvío que no calza con el drama que se viene narrando. Y
es por esa misma razón que el único momento en el que se logra salir de esa
encerrona que se fabricó, es cuando el interrogatorio policial deriva en la
puesta indirecta de esa idea (cuando el policía le dice a Ingrid que “como
policía, ser humano y hombre de fe, no puedo permitir que se cometa un
delito”).
3.Lo que es cierto es
que los personajes hablan. Casi continuamente. A partir de los diálogos que
sostiene Ingrid -desde el fugaz con su amiga en la librería hasta los finales
con la hija de Martha (Tilda Swinton)- se cuenta no solamente la historia que
unió a las dos amigas en el pasado, sino las circunstancias que vuelven a
unirlas en el presente. Lo que deriva en una concepción teatral de la puesta en
escena, especialmente notoria en la primera mitad de la película –donde todo
está puesto en función del texto-: diálogos prolijamente expuestos sin que se
encimen, quietud de los personajes y preminencia de planos fijos. De esa
manera, lo que se anula no es solamente el peso de los silencios, de lo no
dicho -hay una evidente imposibilidad de construir a los personajes desde un
lugar no exteriorizado- sino la influencia dramática del espacio. Con la
posible excepción de la escena del regreso al departamento de Martha, cuando
ésta se queda observando en silencio la vista a través del ventanal, los
espacios se transforman en decorados intercambiables, carentes de significación
en el relato –más aún teniendo en cuenta la alusión del título-. Cuando
Almodóvar decide romper con la estructura del cruce de diálogos, recurre a flashbacks
meramente ilustrativos –o peor, derivativos sin justificación, como el de la
guerra en Irak- que en todo caso podrían pensarse como prólogos a lo que fue la
vida de Martha –y donde, de nuevo, no puede evitar los temas importantes como
el embarazo no buscado y sus consecuencias sociales y la guerra de Vietnam-.
Cuando parece que algunos elementos del espacio pueden adquirir una función
dramática –la puerta de la habitación de Martha, las reposeras- termina
disolviendo su potencialidad entre un golpe de efecto demasiado previsible y la
resolución pictórica.
4.El distanciamiento
que evidencia toda la película debe entenderse desde su consecuencia
verificable en la pantalla: un desapasionamiento marcado que deriva hacia un
relato frío, desprovisto de emocionalidad y que no se compromete ni con la
dignidad de un personaje ni con el dolor y la impotencia del otro. Es como si
la película estuviera siendo narrada por Damian, con sus verdades a punta de
lengua y su intervención distante en momentos puntuales. Damian parece un
personaje salido de uno de esos dramas de interiores en los que Woody Allen
jugaba a imitar a Ingmar Bergman –¿habrá sido ese el espejo en el que se buscó
Almodóvar?- que termina dotando con su mirada el tono que adquiere la película
incluso, y justamente, estando fuera de pantalla. Esas carencias –de pasión, de
intensidad e interioridad- pretenden ser suplidas por la prolijidad y el
profesionalismo, por la decisión de apostar por un arco de colores que
establecen el look de la película. Pero por otro lado, ese vacío se llena de
citas explícitas sobre la cultura de habla inglesa. Así aparecen Dora
Carrington, Diane Arbus, Elizabeth Taylor, Richard Burton, William Faulkner,
Ernest Hemingway, James Joyce –de quien se abusa repitiendo, con variantes,
tres veces el final de “The dead”-. Y también están allí el cine de Roberto
Rossellini –Viaggio in Italia en el
cartel de la película que las amigas finalmente no verán-, la versión de The dead de John Huston y Seven chances de Buster Keaton –que
proporciona el único momento de felicidad hacia adentro y hacia afuera de la
pantalla-. La cita no alcanza y solo con ella no se construye una obra. La
prueba está en el final. Allí está ese plano en el que Almodóvar cita a Edward
Hopper (en una redundancia con un plano anterior de uno de sus cuadros): allí
no hay misterio, ni sugerencia ni poesía. Solo imitación superficial.

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