LA CREACIÓN-ALREDEDOR DEL TIEMPO

Hay un sueño como punto de partida. Es del año 1973 y Ricardo Monti lo recuerda a partir de la anotación que hizo en uno de sus cuadernos. El fondo de ese sueño –un cadáver en una celda- no tiene más importancia que esa: ser la referencia inicial de lo que alguien partió para escribir una obra. La novela –“La creación” editada en 2017- corre a Monti de su lugar habitual como dramaturgo reconocido e instala desde su título, una referencia que admite varias lecturas. La relación que traza en un momento del documental entre los hombres y Dios como realizaciones que interactúan entre sí, parece aludir a un sentido místico. Pero también puede leerse en clave artística, en tanto el arte implica un proceso de creación que Monti resume y expande, cuando señala que “el hombre está en un estado de creación permanente”.

Esa ampliación del campo creativo que propone Monti le permite desplazarse de la obra concreta –aún cuando señala, por ejemplo, que al escribir no solamente se están creando los personajes, sino también al lector de ese texto- a un estado continuo que involucra todo acto e interacción humana. Un pasaje cuya posibilidad se entrevé en el desarrollo del documental. Para Monti, el arte no es solo “el organizador del caos”, sino un elemento transformador que debe tender a la liberación y no al entretenimiento. Eso, que implica romper con la matriz del automatismo del consumo, se desarrolla de manera concreta cuando esa liberación provista por el arte se aplica a la totalidad de los actos: “Somos libres porque arriesgamos nuestra vida en cada gesto libre”.

Libertad que se traslada a la formulación de la novela (esa escena en la que con Bernarda Pagés, en un atardecer mendocino, plantean las proposiciones creativas para que complete el lector) y que en su interior, se manifiesta en el personaje que busca la iluminación, guiado por un río que además va lavando sus culpas. Algo de esa libertad se sitúa en el documental propiamente dicho: si la trascendencia se plantea como una experiencia que tiene un sentido, el viaje de Monti y Pagés hacia el Atuel en Mendoza no aparece como capricho ni como retorno forzado. Hay allí una idea de crear otra cosa, del viaje como una experiencia compartida en la que el sentido está en el viaje en sí mismo, en esa salida de lo cotidiano (que se filtra apenas bajo la forma de las presentaciones del libro como hecho institucionalizado) que propone un encuentro; un reencuentro con el espacio del pasado (“La diferencia está en uno, no en la montaña que siempre está igual”).

Pero si hay algo que se revela como centro de todo el relato es el tiempo. Un tiempo desplazado de los movimientos cotidianos que se revela en el comienzo, cuando Monti llega a Mendoza y Bernarda le dice que será una travesía de un día y medio de caminata y tres a caballo. Un tiempo que se detiene, como en las ruinas de ese hotel termal sepultado por un alud y cuya manifestación es la detención que implica que las cubiertas del vehículo que los lleva se rompen en el camino. También es Monti quien reafirma esa circunstancia. Cuando dice “me he pasado la vida escribiendo esta novela sin saberlo” plantea el tiempo como una medida de longitud en la que la totalidad de una vida se imprime. El planteo de que en la novela el tiempo está puesto en cuestión, parece una reformulación de un planteo previo: “yo les propongo la lentitud, no importa si tardan diez años en leer la novela”. El tiempo que plantea Monti es otro: implica detenerse, contemplar la belleza –como lo hace con Bernarda en los paisajes del Atuel-, conectarse con otros tiempos –el del viaje inicial en la juventud, el de la escritura de ese capítulo unos años antes.

Sobre el final, el tiempo se reinstala implícitamente. La distancia entre unas imágenes –la del trayecto inconcluso de Bernarda y Ricardo- y las otras –el regreso de Bernarda para completarlo- está hecha de un tiempo impreciso que determina la ausencia. Monti ya no está para terminar ese recorrido y su cuerpo se hizo tiempo en las imágenes del documental. Pagés no cierra su documental en soledad, sino que decide volver a las imágenes del pasado, como si fueran de nuevo presente y hace que las palabras finales de Monti resuenen en su historia. Crear, afirma, es el abandono de lo cotidiano y ahí “posiblemente estás afuera del tiempo”.

 

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