FUCK YOU!-DEL REGISTRO INTUITIVO AL DOCUMENTO DE ÉPOCA
La industria
audiovisual nos acostumbró a la prolijidad. Tenemos la mirada adiestrada en la
estandarización de la imagen a partir de diferentes capas que impiden el
ingreso de lo disruptivo (pienso en la forma en que hasta el pasaje entre las
imágenes en color y en blanco y negro dentro de una misma película aparecen
reguladas, por ejemplo). O peor aún, en la forma en que aquello que pudo ser
disruptivo en algún momento, terminó siendo asimilado por un sistema que repite
formulaciones esquemáticas. La consecuencia es que resulta cada vez más difícil
encontrar imágenes que rompan con esa monotonía estética y arriesguen el
ingreso a territorios menos explorados y por lo tanto, más resistidos.
En algún momento,
habrá que pensar cuánto de eso proviene de la pretendida perfección que otorga
lo digital. Porque habrá que convenir que se convirtió en un estándar no
cuestionado, a partir de la consideración virtuosa que supone en términos de
proyección –aunque las disputas con el celuloide no se han terminado ni mucho
menos-, pero sin que se analice su influencia en la realización, a partir de
ciertas facilidades que otorga. El problema del digital es en todo caso, que se
estableció como técnica, pero no se piensa su uso en términos de la narrativa,
del discurso que se pretende elaborar con una película.
Hay algo en Fuck you! que revela, tal vez de manera
no buscada, eso que se ha perdido. La imagen imperfecta provista por el vhs
–tanto por la rápida pérdida de color como por las dificultades para registrar
en contextos de baja iluminación, por ejemplo- conserva sin embargo una aridez
que está ausente en la mayor parte del cine actual. Si la irrupción de
fragmentos de imágenes en ese sistema –como pasa por ejemplo en otro documental
reciente como Cenizas y diamantes- o
en celuloide, terminan siendo decodificados por una totalidad que los subsume
al sistema, lo que parece resistir es otra totalidad: la de esas filmaciones
crudas que revelan no solamente el pasado de los personajes retratados, sino
sobre todo el de la técnica de registro.
Quizás como en pocas
oportunidades, el registro a partir de una técnica se condice con lo registrado
como ocurre en este documental que recupera el último recital de Sumo en el
Estadio Obras. Dos puntos confluyen en
este caso: la utilización de la técnica disponible en ese momento (no hay que
olvidar que nos encontrábamos en la primera década de vida del formato VHS) y
la constitución de ese registro sin pensar en la construcción de un documental.
Lo anecdótico (el concierto iba a filmarlo Rodrigo Espina pero al no poder
hacerlo, debió ir José Luis García, que nunca antes había filmado un recital de
rock) completa el panorama. Eso que surge desde la casualidad, adquiere con el
tiempo un valor extra. No solo porque esa banda y su líder estaban prontos a
desaparecer, sino porque 35 años después revela las dificultades y la pericia
(o la intuición) para filmar un recital. Desde el comienzo, desde la furia
desatada con el tema “Fuck you!” la cámara está buscando permanentemente su
lugar. La imagen se vuelve inestable: se pierde el foco, se va de un lugar a
otro en el escenario, se busca cuál es el centro gravitacional de lo que está
ocurriendo. Pero justamente esa energía desplegada lo impide continuamente: es
como estar en medio de un terremoto tratando de registrar algo y sabiendo que
el todo es una imposibilidad. Incluso esa inestabilidad se propaga a otras
escenas en donde la energía está en otro lado, como en la prueba de sonido con la
cámara rondando el espacio de la consola de sonido, buscando determinar qué es
lo importante en esa situación.
Hay algo que consciente o inconscientemente García entendía en aquel momento y logró transmitir a través de su cámara. Había que seguir a ese cantante pelado, a ese personaje extraño que podía expresar la furia y una electricidad incontenible en el escenario y una tranquilidad abrumadora debajo de él. Por esa razón, el registro del largo backstage de las horas previas al show provee un material menos habitual. La cámara sigue a Luca en esa oscilación que lo lleva de la tranquilidad del descanso -que va desde los masajes en su cuerpo a tocar por un momento la trompeta de Gillespie- a la imposibilidad aparente de quedarse quieto. Entonces, el backstage adquiere un carácter laberíntico en el que Luca se deja perder porque sabe que en uno u otro lugar estarán los suyos. Luca circula entre ellos entre ajeno y disperso, pero la imagen que lo sigue parece haber encontrado el grado justo para reflejarlo con una ternura que parece inédita para el ambiente del rock de aquella época. Luca, en el centro de esa imagen que proyecta el documental, consigue no solamente captar a la cámara, sino hacer que todo lo que ocurre a su alrededor se vuelva secundario.
El único
que parece entender lo que está ocurriendo es Roberto Pettinato. El registro
permite advertir el esfuerzo de Pettinato no solo por demostrar la sintonía de
su sentido del humor con el de Luca (el chiste de la novia y Rod Stewart), sino
para robar espacio, para ponerse en un lugar que no le pertenecía -y del que
los otros músicos sí eran conscientes-. Cuando ese lugar aparece como falseado
es en la entrevista que le están haciendo y a la cual, Luca se suma al final.
Allí donde Pettinato desliza sus ironías que con el tiempo se advierten como
señales de desprecio hacia otros músicos, Luca impone una idea de tolerancia y
respeto -como también lo hace en el recital ante la reacción del público ante
las coristas-. En ese sentido, Fuck you! parece haber encontrado, tal
vez sin proponérselo, una imagen de Prodan que contrastaba con aquel que
lanzaba provocaciones en algunas entrevistas de los años previos: aparece allí
una sensibilidad que parecía alejarse de la imagen que los medios de la época
proyectaban de él.
Una decisión que toma
García es la de reconstruir el documental a partir de ese material original
para darle un sentido a esas imágenes. No cede a la tentación de poner en
primer plano el recital, sino que elige recortar los temas, no ponerlos
completos (salvo un par de ellos) advirtiendo que el peso del relato debía
estar en la conjunción de lo que estaba en el escenario con lo que ocurría
debajo y detrás de él. Más que una apuesta por la dinámica es una decisión
narrativa: Sumo y Luca Prodan eran una estética que excedía el show y las
canciones. Pero quizás sea la decisión de no retocar el material original lo
que le da su sello al trabajo. García no lima las asperezas del formato
original y las posibles imperfecciones, sino que las potencia desde el montaje,
desde la decisión de mantener el sonido original y desde el pasaje al blanco y
negro (después de “Heroine”) para resaltar la degradación del material por el
paso del tiempo. Una cadena de decisiones conscientes que repercuten sobre
aquello que parecía no tener rumbo y que sin embargo, estaba allí, al menos
como intuición. El resultado no es haber conseguido un documental sobre una
banda de rock en la Argentina de fines de los 80, sino lograr, a través de él,
acercarse a algo intangible que se ubica entre las canciones y los músicos y
que a falta de otras palabras puede pensarse como la energía que transmite una
determinada música.





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