UN ESBOZO DE LA (ANTI) POLÍTICA CINEMATOGRÁFICA DEL INCAA
Hace unos días, a
comienzos de septiembre, el actual presidente del INCAA Carlos Pirovano, viajó
a la amigable provincia de Mendoza para dar una charla que llamó “La industria
audiovisual en la Argentina, del desquicio a la libertad”. Título semejante
debería eximir de cualquier comentario, pero como en este país desde hace unos
cuantos años los conceptos están tergiversados (desde la apropiación de
términos y el descarte de otros que vienen haciendo las agrupaciones de la
derecha política), conviene detenerse y no dejarlo pasar como si se tratara de
una anécdota. Sobre todo, si se tiene en cuenta que a diferencia de lo que
suele ocurrir, Pirovano dio sendas entrevistas a dos medios de la ciudad de
Mendoza. Y es que a falta de precisiones –la ausencia de estructuración
política atraviesa a toda la administración del gobierno nacional-, buenas son
las opiniones que suelen tener peso de política gubernamental.
En las dos
entrevistas, si bien algunas ideas se repiten, es posible articular una serie
de ejes por los que discurre el discurso de Pirovano:
1.Situación de la
industria audiovisual. Más allá de la idea de desquicio, lo que aparece de
manera más fuerte es la idea de decadencia. Pirovano señala como el pico del
cine nacional a un puñado de películas masivamente convocantes del año 1974 (La tregua/La Mary/La Patagonia rebelde)
para señalar que desde allí y “sobre todo a partir del año 2000, el cine
argentino entró en una decadencia”. Si la decadencia se cifra en los números de
entradas vendidas, resulta extraño que omita los éxitos populares de la década
del 80 (tanto si se piensa en Camila como
en las comedias de Jorge Porcel y Alberto Olmedo) e incluso los de las últimas
dos décadas (con especial énfasis en El
secreto de sus ojos y Relatos
salvajes). Si se refiere a lo artístico, resulta significativo que sitúe
esa caída, justo en el momento en el que surgieron formas de hacer cine que
llevaron nuevos públicos a partir de películas como Pizza, birra, faso, La
ciénaga o Mundo grúa. Ese período
que menciona Pirovano no es solo el que registra la emergencia –y posterior
caída- de lo que se llamó Nuevo Cine Argentino que incluyó la deriva de sus
directores hacia “la industria”, sino la expansión de la producción documental
y de los espacios dedicados a la enseñanza del cine. Para quienes cifran sus
gestiones en números, curiosamente, una mayor producción implica decaer.
2.Cuestionamiento de
políticas públicas. Pirovano señala que esa decadencia es por culpa de las
políticas públicas y el foco de ese cuestionamiento es la política de subsidios
llevada adelante por el INCAA. Hay dos aspectos interesantes relacionados con
el tema y sobre los que Pirovano insiste en las dos entrevistas. El primero
refiere al monto de los subsidios, que cifra en 150 mil dólares por película,
lo que implica que “con esa plata que se le daba a un montón de películas sin
criterio, no había posibilidad de hacer películas decentes”. Curiosamente, termina
cayendo en la misma contradicción en la que hace unos meses había caído el
crítico Leonardo D’Espósito, cuando señala que “no podés hacer una película con
un subsidio porque no alcanza; terminás haciendo una película técnicamente mala
y te hacés de un subsidio que solo te sirve para vivir vos”. Es curioso que una
persona cuyo antecedente es haber sido gerente de una AFJP pueda determinar que
una película es “técnicamente mala”. Lo que no es tan curioso es que subyace
una acusación a los productores y cineastas que no destinarían el subsidio en
su totalidad para hacer una película. El segundo elemento también había sido
mencionado por D’Espósito hace unos meses y es el de la cantidad de
espectadores que lleva una película. Además de repetir la frase hecha sobre la
cantidad de películas con menos de mil espectadores (nunca se menciona a las
películas de otros países que se estrenan y no llegan a esa cifra), Pirovano
insiste con que la culpa es de los cineastas que “hacen producciones que no les
importa que la gente las vea”. Y plantea el contraste con películas y series
argentinas financiadas por las plataformas que “no están subsidiadas y la gente
las ve”. Más allá de mencionar solo dos ejemplos –ambos de la pareja
Cohn/Duprat, Bellas Artes y El encargado- sería interesante que se
testeara este tipo de productos en cine para ver si el público responde de la
misma manera (En otro momento habría que discutir si los productos de las
plataformas deben ser considerados como “cine”, aunque el hecho de que el
responsable de un instituto de cine ponga en igualdad a series con películas ya
dificultaría esa discusión). Resulta absurdo –pero evidentemente para alguna
gente no tanto- comparar el negocio del cine con entradas caras y horarios
limitados a una plataforma que ofrece múltiples alternativas por un costo
individual inferior, en tanto las características de cada negocio y las
condiciones de recepción de las obras son completamente diferentes. Lo que en
una plataforma puede descartarse con el control remoto, no puede hacerse en el
cine donde la elección es previa y condicionada, entre otras cosas, por lo
económico.
3.Reorientación de la
acción del INCAA. Si el planteo anterior le hace decir a Pirovano que quizás el
INCAA esté “apoyando mal”, lo que se está postulando es un cambio en la
orientación del otorgamiento de subsidios. Bajo la idea de que “los principales
estímulos deberían ser generar productos de calidad” se esconde un cambio en la
noción de “calidad” que se desplaza de lo artístico a lo monetario. “El Estado
debería financiar películas que el ciudadano valore”, señala, pero esa
valoración está dada únicamente por un criterio cuantitativo: financiar aquello
que la gente va a ver. Esa idea, formulada como criterio a priori, admite, es
difícil de establecer. Pero cuando señala los dos tipos posibles de apoyo del
Estado, está marcando una política restrictiva: el de la vía industrial para
sostener una industria se vislumbra limitado en tanto consiga una audiencia
elevada y el de la vía artística, limitado a concursos y premios. El viejo
proyecto pergeñado por Hernán Lombardi en los años de presidencia de Mauricio
Macri parece tomar forma definitiva: subsidiar a quien no lo necesita y limitar
al que lo necesita. O lo que es lo mismo: hacer menos películas su puestamente
redituables. Las políticas de exclusión generales de este gobierno, entonces,
aplicadas a la cinematografía. La consecuencia será no solamente menos
películas producidas, sino más concentradas en un modelo de industria que ya se
demostró agotado.
4.Recuperación de la
inversión privada. Pirovano señala que la iniciativa privada debe volver a
invertir en el cine. Como si el cine viviera en un universo paralelo e
impoluto, nuevamente, la culpa es de los cineastas “que no tienen el ejercicio
de buscar inversores porque viven de los subsidios”. En ese mundo idealizado,
ni siquiera se piensa la existencia de un capitalismo en crisis continua ni una
iniciativa privada como la argentina, poco propensa a asumir riesgos si el
Estado no le asegura un rédito. Pero además implica un profundo desconocimiento
del funcionamiento del sistema. Porque si un subsidio no alcanza, como dice,
resulta evidente que distintas iniciativas privadas (crowdfundings, pequeñas
pymes productoras, cooperativas de trabajo, coproducciones en las que entran
laboratorios y empresas técnicas) invierten capital para la realización de
películas (¿o eso no debe considerarse “iniciativa privada”?). El problema está
en el objetivo: no se trata, como dice despectivamente, de “ponerse la pátina
de artista” sino de crear una obra lo que guía al cineasta. Pirovano, en
cambio, sostiene que “necesitamos que el sector entienda claramente que tiene
un objetivo que es llenar cines”. Pero ese es un objetivo de una industria –que
en la lógica capitalista necesita vender más para poder seguir produciendo- y
no de un instituto cultural como el INCAA. La matriz de ese planteo, entonces
está viciada, porque de lo que se trata es de pensarlo como un negocio, aunque
se lo disfrace de “un negocio distinto, que te enriquece mucho más porque estás
haciendo cosas importantes”. Pirovano repite un circuito pretendidamente
virtuoso que debería ser: “Si llena los cines, gana plata. Si gana plata, es
negocio. Si es negocio, consigue inversiones”. Lo único que hace ese negocio,
formulado de esa manera es eliminar cualquier tipo de riesgo, cualquier elemento
que se salga de un sistema que lo acepte como producto.
5.Personas e
inversiones. El problema es que el cine no es un producto de consumo esencial y
la supervivencia de una persona no depende de la existencia y consumo de una o
muchas películas. La confusión es inducida cuando utiliza la comparación con el
panadero: “Un panadero tiene que pensar qué le gusta a la gente y si se
equivoca no vende el pan”. Una película sería entonces, un producto similar a
un pan flauta. Pero no. Una película es otra cosa. Usando el mismo ejemplo, hasta
se podría pensar en que un panadero estaría condenado a hacer una y otra vez
aquello que la gente consume en cantidades suficientes que signifiquen un
negocio. Nada de extravagancias. Nada de experimentaciones. Ese criterio se
choca de frente con el declamado emprendedurismo que circula en el lenguaje de
la derecha, porque entonces solo se podría “emprender” en aquello que ya ha
sido probado (algo habitual en este país que se ve atestado de oleadas de
emprendimientos similares, de parripollos a canchas de paddle, de videoclubes a
cervecerías, de gimnasios de alta gama a cafés de especialidad). Sin embargo,
allí está sosteniendo que el error fue financiar productos y no proyectos
personales: es la diferencia entre apostar al desarrollo de algo potencialmente
nuevo y diferente y la financiación de proyectos sin riesgo que perpetúan un
modelo económico limitado.
La apuesta de Pirovano
entronca con la del gobierno nacional en otras áreas. Bajo el paraguas de una
supuesta federalización, apunta al vaciamiento de los entes nacionales para
transferir esa responsabilidad a las provincias (en una remake de la
descentralización educativa del menemismo aplicada a las áreas culturales). Y
sin los fondos, obviamente. La cuestión sigue siendo la misma que Pirovano no
responde: los fondos que genera el cine –como los de otros entes que se
pretende privatizar o eliminar- serán entonces desviados para otras funciones.
Las consecuencias de estas políticas –que empiezan a observarse en la
paralización de proyectos- aún están por verse y habrá que esperar hasta bien
avanzado el 2025 para comenzar a advertir la magnitud del desastre en salas que
ya no van a estar vacías de público, sino de películas argentinas.


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