THE OLD OAK - EL FRACASO DEL MÉTODO
Si hay un triunfo
cultural de las derechas globales es la construcción del otro como enemigo. En
especial si ese otro es un extranjero y proviene de un territorio al que se
percibe como pobre –lo que no deja de ser también una construcción. Un migrante
es un invasor, alguien que viene a apropiarse de algo que no le pertenece,
alguien que vive de la caridad del Estado. Ese triunfo cultural ha derribado la
concepción de clases sociales tal cual se desarrollara al menos hasta finales
del siglo pasado: se potenció lo aspiracional, se profundizó la idea de la
individualidad y de esa manera se fomentó el retorno a una (disimulada) ley de
la selva donde solo sobrevive el más fuerte. Solo que ahora, la fuerza fue
reemplazada por la posesión de bienes, por el dinero.
En The old oak el centro del relato pasa
por allí. El punto de partida es la llegada de un grupo de familias sirias que
pudieron emigrar a un poblado del norte de Inglaterra en el año 2016. Pero el
conflicto se plantea ya en la primera secuencia: mientras una serie de fotos en
blanco y negro ilustran el barrio y la gente –pronto sabremos que esas fotos
son tomadas por una de las migrantes desde el bus que la transporta-, la banda
sonora pone en primer plano el rechazo de los habitantes del lugar a la llegada
de esas familias. En ese tipo de tumultos, Loach encuentra siempre la
intensidad para contar el conflicto: hay algo allí que rezuma una veracidad que
se sobrepone a cualquier intención narrativa. O quizás por eso, porque en esas
escenas lo que se revela es una imposibilidad narrativa, en tanto los
movimientos se detienen en la lucha simbólica, verbalizada que se establece
entre ambas partes. Pero también porque en esos instantes, la sensación de
caos, de inminencia de una lucha, se construye tanto desde el montaje de las
imágenes, de una cámara que encuentra la distancia justa y de una banda sonora
en la que las voces se mezclan, se van superponiendo unas a otras en un
contexto en el que no parece haber disposición a la escucha.
El problema aparece
cuando hay que insertar ese conflicto en una narrativa. Loach recurre como en
buena parte de sus películas –especialmente a partir de Carla’s song- a la oposición binaria reflejada a partir de sus
personajes y de la relación que establecen con el entorno. Ese silencio que se
hace en el final de la primera secuencia cuando las familias logran ingresar en
las casas que se le han asignado es el comienzo del fin, porque desde allí lo
que se pone en pantalla son arquetipos, modelos prefijados que rompen con la
verosimilitud del registro inicial. Tommy, el dueño del pub, funciona como
nexo, de la misma manera que Yara, la fotógrafa amateur: son disrupciones en
sus grupos de pertenencia, que entran en contacto por ello. Pero lo que existe
más allá de ellos es el conflicto que se entabla entre los moradores históricos
del barrio y los refugiados sirios que llegan a él.
Y ese conflicto se traslada
de las calles al pub, como espacio de reunión. Si hay una idea interesante en
ese retrato es la de focalizar el conflicto en las personas, despejado de toda
intervención del Estado. Esa decisión implica constatar la ausencia: allí no
hay Estado presente, como si se hubiera desentendido definitivamente de la
suerte de los habitantes del lugar. Pero también hay otra ausencia, que es la
de la iglesia, como elemento aglutinante de la sociedad (la mención a que ni
siquiera cuentan con el salón de la iglesia para reunirse). Esa descripción que
asoma por debajo de la superficie –y que se completa con la especulación
inmobiliaria- es la que deriva en la construcción del pub como único punto de
reunión social, donde se manifestará la ruptura de esos lazos.
La disputa se vuelve
indirecta y atravesada por la figura de esos personajes que funcionan como
disrupciones. No solo porque se articulan como traductores de lo que dice el
otro lado (no hay diálogo directo porque uno de los lados no se interesa por
aprender el idioma del otro y porque el otro tiene necesidades más urgentes que
atender) sino porque funcionan como disparadores directos del conflicto. Loach
reduce el pub a un espacio simbólico de pertenencia que reemplaza al barrio. El
lugar donde se congregan los clientes habituales empieza a verse frecuentado
por ese otro que ya invadió el barrio. El conflicto se articula a partir del
uso de una trastienda que en principio ambos pretenden hasta que un hecho
decanta en la decisión de Tommy (y que burdamente representa tanto el triunfo
del fuerte sobre el débil como la anulación del recuerdo de la lucha minera).
En ese punto, la mirada de Loach restablece ese binarismo a partir de los
valores que sostienen las dos posiciones: por un lado, la fraternidad y la
solidaridad a partir de Tommy y los refugiados sirios; por el otro, la
exclusión y la pretensión de no mezclarse y el sentimiento de traición que
aflora en los moradores del barrio.
Esa construcción del
conflicto a puertas cerradas tiene como objetivo excluyente el afirmarse sobre
la ruptura de los lazos sociales y la emergencia de pensamientos y acciones
microfascistas en el interior de ese núcleo social. Que se manifiesta en el
rechazo al otro por motivo de nacionalidad o religioso (aparece un comentario
sobre la posibilidad de que instalen una mezquita). Pero la pertinencia de esa
traza por la que se advierte sino la pertenencia a una clase social común, al
menos la persistencia de problemas que atraviesan a unos y otros por igual, se
disuelve en la tendencia al subrayado. Loach evita los matices e iguala a los
miembros de la comunidad en una homogeneidad que se explicita en la reiteración
de los discursos y la gestualidad que oscila entre el desprecio y la amenaza.
La puesta en escena surge, entonces, forzada, fruto de una estructura en la que
todo elemento tiene una funcionalidad prefijada de antemano, lo que lo vuelve
previsible: todo está dispuesto como un preanuncio de lo que pasará, desde la
amenaza de los perros grandes y la advertencia que hace Tommy a sus dueños a la
rememoración de la forma en que encontró a su perra Marra o la mención a su
matrimonio fallido. Esa tendencia a lo melodramático (de una simplificación que
lo banaliza) anula el efecto del drama que atraviesan los migrantes y en
especial la familia de Yara. Y a la vez, la tendencia a resolver en términos de
una estructura prefijada decanta hacia una serie de facilismos que resuelven el
nudo dramático, pero a costa de restarle verosimilitud a ese retrato realista
(la apelación al pasado que Tommy hace a Charlie, la convergencia del barrio
ante lo que ocurre con el padre de Yara). The
old oak es, en ese sentido, una prueba más del fracaso de un modelo: ese en
el que la intención original (reflejar el conflicto social del presente al
nivel de pequeñas comunidades) termina contrarrestada por una concreción que
diluye la potencialidad del planteo político al simplificarlo.

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