NASTY: RECUPERAR A NASTASE

Los que no vieron jugar a Ille Nastase no saben lo que se perdieron. En una época superpoblada de grandes jugadores (Borg, Vilas, Connors, McEnroe en el final de la carrera), Nastase era una estrella extraña, un jugador impredecible y de un talento difícil de igualar (pongamos que en ese punto, solo Vilas podía discutirle mano a mano: no es casual que los dos estén relacionados con ese otro gran olvidado que es Ion Tiriac). No es posible saber si el mejor Nastase le hubiera ganado a los mejores de estas décadas en sus mejores momentos: el tenis de los 70, epicentro de su reinado es una cosa completamente diferente al de 50 años después. Nasty –un título maravilloso en su ambigüedad, que tanto refiere a su apellido como al idioma inglés en que la palabra significa “asqueroso”- ofrece la posibilidad de entender los motivos por los que Nastase llegó hasta donde llegó.

Entre la multitud de entrevistados (un seleccionado que va de Bjorn Borg a Mats Wilander, de Billie Jean King a Jimmy Connors), sobresale una idea que desliza John McEnroe: “Nastase fue el que abrió el tenis a la gente”. El juego de elites, que pasa del amateurismo a la profesionalización a fines de la década del 60, se transforma en show y competencia (el primer ranking de la era de los torneos abiertos es de 1973) y encuentra en Nastase un intérprete ideal. Entre el showman y el chico que nunca creció, transformó las canchas de tenis en su escenario, un espacio que lograba unir lo artístico –su calidad como deportista- y el espectáculo -un histrionismo que lograba esconder su timidez. Talento y carisma que lo convirtieron no solamente en el N° 1 del mundo, sino en un habitante continuo de lo que en aquella época se denominaba “el jet set internacional”. El documental refleja esa convivencia resaltando su posibilidad: un jugador de primera línea, podía a la vez, tener una vida pública propia de un bon vivant (en una época en la que Guillermo Vilas también era tapa de revistas por su relación con la princesa Carolina de Mónaco).

Lo que el documental se preocupa por reflejar es que un jugador como Nastase solo era posible en ese mundo del tenis de entre finales de los 60 y finales de los 70. Un deporte todavía humano en el que los jugadores entrenaban entre ellos, compartían vestuarios y no dependían de estar rodeados de tanta gente (entrenadores, preparadores, managers) y hasta podían dar una entrevista tras un partido sin ser abordados por una horda de fanáticos. Pero también eran tiempos de competencia dentro de la cancha y torneos que no se habían convertido en puros eventos (eso que implica que hay que estar aunque no se sepa bien por qué). La idea de que Nastase pudo llegar a ser quien fue, porque tuvo a su lado a alguien como Tiriac es potente, en tanto se entreteje una relación de hermandad en la cancha y en la vida (de hecho fue Tiriac quien lo comenzó a llevar con él a los primeros torneos). La historia de ambos atraviesa el documental, como lo hace también la Rumania de la que ambos provenían –esa dominada por los Ceaucescu- y que confluye en los momentos en los que se explora la final de la Copa Davis perdida en Bucarest en 1972, cuando parecían tenerlo todo a favor (“Fue el mayor fracaso de mi carrera” llega a decir Tiriac, que responsabiliza en buena parte a la displicencia y el mal juego de su compañero en ese fin de semana).

El Nastase vuelto “Nasty” aparece como contracara de la demostración del virtuosismo de su juego, a partir de episodios puntuales. El partido contra Pohlman en el U.S.Open del 76 con sus repetidas quejas contra el rival mientras entabla diálogos algo violentos con el público. El partido con Arthur Ashe en el Masters de Estocolmo de 1975, con la absurda descalificación de ambos a partir de las provocaciones del rumano. Y especialmente, el partido contra John McEnroe en el U.S.Open de 1979, cuando sabiéndose inferior usó todas las estrategias posibles para retrasar su inevitable derrota (en un partido en el que se llegó a cambiar al juez de silla). Ese Nastase conflictivo y enervante en los courts, convivía con el otro, el que divertía y se divertía (ver las imágenes de sus partidos de dobles con Jimmy Connors o incluso con José Luis Clerc). Los dos se reunían en ese cuerpo de playboy de muñeca fantástica y control asombroso de la raqueta, al que los árbitros temían. Y por supuesto, sus rivales también. Ver a Nastase en esa recuperación de las imágenes del pasado es, además de un acto de justicia, recordar que hubo tiempos más felices, donde los deportistas podían reir y hacer reir y en los que el talento era más importante que cualquier técnica.

 

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