LIMBO ALUCINANTE: LO ABSURDO Y LO POLÍTICO
Desconfiar de la
intuición es sano. La intuición a veces falla, o peor, se convierte en
prejuicio. Arriesgarse a lo distinto para ver si hay algo más allá de lo que
constituye nuestro mundo de ideas –eso que suele llamarse zona de confort-: en
el peor de los casos, el riesgo al que nos sometemos es al aburrimiento, al
disgusto, al enojo. En una sociedad poco dispuesta a correrse de su eje para
experimentar, asomarse a algo llamado Limbo
alucinante es riesgoso. Pero por los motivos erróneos: es una sociedad sostenida
en el tiempo como un sistema que bascula entre la ganancia y la pérdida y cuya
determinación es rápida (5 o 10 minutos de una película son determinantes,
pero, cosa curiosa, eso no ocurre con una serie).
Limbo alucinante arranca como para espantar a los talibanes del
zapping:
1)Porque Tetsuo
Lumiere con ese look mezcla de Robert Smith y Damián Dreizik genera una imagen
de marginalidad que no muchos están dispuestos a aceptar.
2)Porque en esos
primeros minutos, la historia parece una banal ruptura de una pareja.
3)Porque enseguida
irrumpe la pandemia –eso que la gente olvidó y ya no quiere que se lo
recuerden-.
4)Porque Lumiere se
regodea en una comicidad casi adolescente, aunque algunos gags visuales remitan
al cine mudo.
Está claro que la
película está pidiendo que le den tiempo. En ese primer tramo filmado casi como
si se tratara de un amateur, con pocos recursos, en un pequeño departamento y
unas pocas locaciones extra, va construyendo un clima, va instalando un tono en
el relato. El componente de realidad que supone lo coyuntural (el encierro
pandémico) y lo geográfico (esa Santiago de Chile apenas como telón de fondo)
expone ya un discurso que empieza a circular y que recupera las formulaciones
de las visiones paranoicas (y anti-paranoicas) que poblaron los primeros
tiempos del encierro. Limbo alucinante
se coloca a una distancia temporal suficiente para que esas palabras choquen
entre sí, para generar un absurdo de la evidencia: ese discurso se revela
distanciado de la realidad y constituye un ruido de fondo que cada tanto se
retomará, cada vez que aparezcan mensajes de audio en el celular de León, o se
distribuyan en la banda sonora audios de informativos radiales o televisivos.
El quiebre de esa
narración de produce por otro absurdo: en la necesidad de escapar del encierro
de su departamento sin salir a la calle –donde el estado policíaco chileno
queda expuesto en la omnipresencia de las sirenas-, León se sumerge en la Deep
Web para acceder a un portal que lo traslada a otra dimensión. Esa dimensión
paralela habilita dos elementos que entran en choques sucesivos entre sí y con
lo expuesto desde el comienzo. El primer elemento es la construcción de esa
dimensión como una especie de no-espacio virtual que habilita la exploración de
diferentes zonas de la animación: León entra en un espacio en el que lo real es
una sucesión de dibujos y donde lo extraño no es tanto la encarnación
humanizada del virus del Covid, sino él mismo. El segundo elemento es el
desplazamiento de la retórica ligada a la burla de los tópicos del romanticismo
de estos tiempos a otra eminentemente ideológica, sostenida en la visión sobre
el sistema capitalista y la democracia. La globalización planteada como dominio
unificador a nivel mundial y la emergencia de figuras que representan “lo
nuevo” (ese Impoluto López capaz de transformarse en cualquier cosa que se
necesite) impulsados por grupos de poder económico no habla de una ficción
situada en otra dimensión, sino que se plantea como puro presente real,
asimilable a cualquier país. Con lo cual, si el absurdo funciona como núcleo
narrativo, en todo caso es una coartada para deslizar a través de él, una idea
del mundo que es más concreta que la ilusión de escaparse provista por una
aplicación de la internet profunda. Entonces, el mayor mérito de Limbo alucinante es constituirse en
prueba de que es posible efectuar un entretenimiento que no desdeñe una visión
política sobre el entorno en que se desarrolla: centrarse en el absurdo,
deslindarse de la solemnidad, pero a la vez sostener una mirada frontal y
profunda sobre lo que nos circunda.




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