LA ESTRELLA AZUL: LA CHACARERA CON MIRADA DE TURISTA
“He tomado una
decisión: quiero ser como Atahualpa Yupanqui”, dice, en un momento, sin mucha
más explicación, Mauricio, rockero zaragozano, líder de Más Birras, en los años
90. Irse. Pero no para “hacerse la América” sino porque, para él, la música
vive de verdad en el continente americano. Entonces, lo que relata La estrella azul es el viaje de Mauricio
buscando esa música en el lugar donde es creada. Un pasaje claro hace que el
personaje mute de turista en explorador. Como un sino inevitable, Mauricio
llega al Festival de Cosquín –esa ciudad que aparece retratada en los 90 como
si estuviera en los 70-. Un par de días le alcanzan para notar que en el
escenario todo se veía sin alma. La recomendación del librero lo lleva a la
peña La Salamanca y al descubrimiento de la chacarera y de los Carabajal. El
itinerario original se tuerce y el destino es ahora Santiago del Estero y el
encuentro con Carlos Carabajal.
El desvío de Yupanqui
a Carabajal –motivado también por ese Cerro Colorado que se vuelve esquivo y no
receptivo- es, en todo caso, un matiz: se trata en fin, de sumergirse en una
música otra, en una esencia musical que obliga a rehacerse como músico en el
contacto con lo ajeno. La transformación del personaje no aparece en lo externo,
sino en la forma en que la música del lugar entra en relación con él. Es por
eso que en el final de esos días en Santiago puede tocar y hasta escribir la
letra de una chacarera con motivos propios del lugar. El regreso de Mauricio a
España está apuntalado por una idea y un plan: llevar a los Carabajal a España,
invirtiendo el camino que emprendió, para hacerlos grabar un disco y que den
recitales para que se conozca su música (“Es para cerrar las heridas con
Latinoamérica”, le plantea, exagerado, al posible productor).
La estrella azul es, o pretende ser, el relato del cruce de dos
personajes que simboliza el encuentro entre dos formas culturales. Dejando de
lado la ambigüedad que subyace al interés genuino de Mauricio (¿no es posible
pensarlo como una apropiación de los recursos naturales musicales de
América?¿no estaría replicando al menos en parte, un aspecto de la colonización
eterna de Europa hacia América?), la película exhibe una serie de problemas que
debilitan sus intenciones. Para comenzar, que incluso al contrario de lo que
sucede con Mauricio, parece no poder despegarse de la mirada del turista
cultural de aquel que llega a un territorio para registrarlo y luego mostrarlo
al mundo (un descubridor en tiempos de la globalización). La consecuencia es
que esa mirada se vuelve superficial, demasiado atada a la peripecia del
personaje, poniendo distancia de la implicancia de esa música como manifestación
de un pueblo. Unos pocos momentos logran salir de esa lógica, cuando la voz de
Carlos Carabajal rompe con el registro monótono. Momentos de simpleza
apabullante como cuando le saca la guitarra a Mauricio para entregarle el bombo
para aprender a tocar o cuando desgaja algunas frases cuya profundidad no se
sabe aprovechar (“El rasguido no es entenderlo, se te pega”; “Hay que relajarse
y después las canciones vienen solitas”; “No es más agudo, es que estás
empezando a escuchar más cosas”) para darle más carnadura y veracidad a la
película.
Tampoco ayuda la
indecisión a la hora de focalizar en qué aspecto de la historia detenerse. Así,
La estrella azul es una película en
cuatro partes que no se vinculan más que por la presencia del personaje
central. La relación con los Carabajal y esa música “verdadera” ocupa solo una
de esas partes (la segunda) mientras las otras parecen olvidarse de ese nudo.
Importan más los conflictos familiares y las disputas musicales y
extramusicales que enfrenta Mauricio con la industria, que ese cruce cultural
con las derivaciones que pudiera generarle. En el tramo final, un extraño giro
estira desmedidamente la trama llevándola hacia la filmación de la filmación, a
la puesta en ficción de una ficción y al registro documental de la familia
Carabajal recordando a Mauricio y su paso por Santiago del Estero. La falla por
cierto, no está en la historia real en la que se apoya, sino en la dificultad
evidente de practicar un recorte para desarrollar, antes que una historia, una
idea más profunda que se derive de ella.




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