FICPBA 2024 - LA INTERVENCIÓN Y LA DESIDIA

Segunda edición del FICPBA, el Festival de Cine Internacional de la Provincia de Buenos Aires, que puede pensarse como una continuidad de la primera edición realizada el año pasado. El corrimiento de la fecha –de agosto a septiembre- reacomodó la grilla de festivales de La Plata, pero no parece haber encontrado una solución a los problemas expuestos durante el 2023. Es evidente que algunos elementos tienden a dar una imagen mejorada –más cantidad de salas, mayor cantidad de películas programadas, parcial descentralización en varios municipios de la provincia- pero con el riesgo de que se potencie lo numérico –ese punto en el que todo festival parece cifrar su supervivencia- por sobre el concepto global.

El primer problema que el festival no pudo resolver es por qué razón, a pesar de la gratuidad de las entradas, las salas no se llenan, a excepción de eventos muy puntuales. El argumento del horario en la tarde de los días de semana, cuando se supone que mucha gente trabaja, queda desarmado involuntariamente, cuando se advierte que, por ejemplo, la charla abierta que dio Adrián Suar un miércoles a las cuatro de la tarde, rebalsaba de público. Puede detectarse a partir de allí una doble falla que implica tanto una desidia comunicacional como una desidia política.

La desidia comunicacional se revela en las deficiencias repetidas en la difusión del festival y sus películas. Una combinación letal entre una grilla escueta en información –aún cuando al menos este año los folletos eran mejores-, la ausencia de un catálogo –al menos digital- y una difusión limitada en redes sociales que privilegiaban el evento ya ocurrido a las funciones por venir. La consecuencia parece inevitable: el público potencial ya no solo no sabe de qué tratan las películas, sino que desconoce la existencia del festival y su carácter gratuito. A ello debe sumarse la idea discutible de comunicar “recomendaciones” diarias por mail -2 películas de las 20 que podían verse diariamente- y la falta de información y los cambios improvisados sobre la marcha en el sistema de entrega de entradas –se comenzó haciendo fila por orden de llegada y se terminó entregando las entradas unos 15/20 minutos antes de cada función-. Aunque quizás lo menos justificable haya sido que los presentadores de las películas no supieran lo que estaban presentando: en una función, ante una consulta del público sobre si la película era un documental o una ficción, la presentadora respondió “es un largometraje”.

Esas deficiencias se aúnan a una desidia política. Se trata de comprender que un festival de cine no se sostiene solo con la programación y el dinero y que si se pretende potenciarlo se debe accionar para ello. Las fotos de las funciones con, en el mejor de los casos, 30 o 40 personas en una sala para 300 no le sirven a nadie: no es publicidad, sino la prueba del desastre. El Ficpba era una oportunidad notable para que las partes que intervienen –en especial el estado provincial-, articularan con instituciones locales o zonales, no solo para promover el festival, sino para generar mecanismos que llevaran público a las salas. De esa manera se hubiera podido lograr un efecto potente, en un momento en el que una de las principales excusas de las nuevas autoridades del INCAA para retirar el apoyo a la producción de cine nacional es el hecho de que se trata de “películas que no ve nadie”.  Podría haberse tomado nota de un ejemplo de la edición anterior: cuando se estrenó el documental sobre la intendenta de Moreno, la sala estaba llena con gente de ese distrito que fue llevada por el interés de la municipalidad.

La sensación de que prima cierta comodidad se transmite también al momento de pensar cuál es el criterio de selección de las películas del festival. Si es que existe. Porque una lectura de la grilla de programación impide detectar al menos un hilo conductor, una estrategia de agrupamiento que potencie las posibilidades de las películas. Da la sensación que se sostiene la lógica –ya agotada- de otros festivales que se articulan entre las películas-evento (que en el caso del Ficpba, podían ser Imprenteros, Norita o incluso Puán) que todos quieren ver y una constelación de películas de relleno que solo se agrupan para tener un número impactante. Más de veinte secciones, más de doscientas películas terminan pareciendo un despropósito, si no hay una intención de acompañarlas, si no aparece un criterio claro de hacia dónde quiere ir el festival como muestra de la producción provincial y nacional. Por otro lado, si la concreción de algunas pequeñas muestras (la de cine brasileño, la de cine chileno, la de Jon Alpert) parecen ser un posible camino a seguir, el carácter “internacional” del festival debería potenciarse en la competencia nuevamente estableciendo criterios de búsqueda y curaduría que por el momento parecen bastante limitados.

Habrá que pensar hacia el futuro en versiones del Ficpba que se desprendan de esos lastres que lo limitan, y que se subsanen, en especial, las falencias en términos de información y publicidad (¿es tan difícil conseguir afiches o banners aunque sea digitales para los cines para que de alguna manera la gente se sienta atraída?). El Festival es un proyecto interesante de intervención cultural del Estado en un momento en el que se propugna desde la esfera nacional su retracción y/o desaparición. Pero si no consigue que esa intervención llegue a la mayor cantidad de público posible por falencias propias, será un esfuerzo desperdiciado y una entrega en bandeja de los argumentos con los que el actual enemigo intenta imponerse en la batalla cultural.

 

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