CULPA CERO: COMEDIA FALSA

 

Hay que pensar en qué lugar se sitúa Culpa cero en el territorio difuso de la comedia argentina. Es una pregunta cuya respuesta no es por lo menos, sencilla. Tal vez porque elige un territorio incómodo para desarrollarse y que termina trasladando algo de esa incomodidad al otro lado de la pantalla. Cuando en la primera escena Berta Muller (Valeria Bertucelli) se somete a una amable entrevista televisiva, deja como una de sus frases que “hace falta verdad”. Que lo diga en medio de un set televisivo, del cual resalta su carácter escenográfico, su expresión como decorado, puede sonar a contradicción, pero refleja de manera sutil que el universo en que se mueve el personaje es, siempre, ficticio. Esa ficción está sostenida por el criterio de falsedad: una falsificación del mundo “real” que se acomoda a las necesidades del personaje (puede pensarse, viendo el encuadre de la escena con la tabla de surf, por ejemplo, que la película refuerza esa condición hasta tomarla como propia).

El problema se plantea a la hora de transformar esa falsedad en una materia apta para la comedia. Una opción posible era el contraste, la puesta en evidencia de la falsedad en relación con lo “verdadero”. Otra posible, quizás, fuera focalizar en la perspectiva del personaje para llevar ese presupuesto al absurdo. Culpa cero no recurre a esas opciones salvo en algunos momentos puntuales (en especial, la que es por lejos la mejor escena, la del diálogo telefónico con Joel que se transforma de la amabilidad a la amenaza mientras camina por la calle) y prefiere mostrar ese universo como parte de otros que entran en contacto por características similares. La relación con Marta (Justina Bustos), su ghostwriter, por caso, solo registra como contraste la idea de la culpa, pero los mundos de ambos personajes son igualmente falsos. Es interesante que en un momento Marta le plantee a Berta para que quiere ser escritora si no le gusta escribir. La reacción a la pregunta (la cachetada que le propina Berta) no solo reconoce la imposibilidad del personaje involucrado por responder sino que obtura la salida (más interesante) para poner las falsedades en pie de igualdad. La respuesta que se decantaba era devolver la pregunta: “¿por qué si te gusta ser escritora te dedicás a escribir para otro que no te lo reconoce?”. Berta no puede hacer esa pregunta porque el universo en el que se mueve no admite la existencia de otros. Incluso con los que debe entrar en contacto (solo puede reaccionar de manera inmediata, como con Joel o como advierte cuando le dice a Marta que “te pegaría mucho pero me dijeron que no lo haga”). Y Marta no podría responderle, pero es justamente esa imposibilidad la que habilitaría un juego diferente en la película: al elegir solo la primera pregunta, se elige no correrse del universo de Berta, como si fuera suficiente.

Pero en tanto el universo es una convergencia de núcleos falseados (la impostación del periodista, la mugre revisada en los otros de los programas de chimentos, el regodeo con Carola (Cecilia Roth) sobre la amiga consumidora de drogas, las decisiones que toma la editorial ante la difusión del plagio), el efecto que se produce es un aplastamiento discursivo que no se traduce en términos de comedia. Si la risa –o la sonrisa- surge del desfasaje de una acción en el espacio o en el tiempo, la ausencia de ese desacople produce que se anule cualquier efecto cómico (lo que se detecta particularmente en el momento de la cena de las cuatro mujeres). De esa manera, ni la acumulación caprichosa de objetos ni la abusiva y sistemática utilización del otro funcionan como efecto, en tanto lo que aparece a uno y otro lado es lo mismo. Que en ese aplastamiento el personaje central pueda generar alguna empatía es lo de menos : lo que se impone es la imposibilidad de convertir esa historia en algo más que una acumulación de situaciones (a veces tan caprichosa como Berta, como se advierte en la secuencia de la mujer que vive en el country)

La percepción es que quizás la falla que la película no logra superar es la de su propia levedad. Lo que le impide montar la farsa entre sus personajes. Pero sobre todo, la que parece señalar un problema de enfoque. La escena del diálogo telefónico tanto como la presentación en Pergamino funcionan como indicios de un camino que parecía más potable para personaje y tema. Son esos momentos de explosiones y liberaciones catárticas los que rompen el molde de esa falsedad y los que indican que la potencialidad del personaje y su historia no estaba tanto en buscar la risa sino en escarbar en sus oscuridades y poner al descubierto sus dramas.


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