EL CIUDADANO MODELO: EL CUENTO DEL ESTADO-OBSTÁCULO
Los motivos por los
cuales vale la pena detenerse en El
ciudadano modelo no tienen que ver con su propuesta como obra –que es más
bien modesta, por no decir pobre-, sino con lo que implica su discurso
ideológico como naturalización de un estado de cosas. Su caracterización como
película parece un tanto exagerada, en tanto los recursos que utiliza son más
cercanos a la televisión –y de hecho, puede pensarse a la anécdota que la
articula, en una variante de un viejísimo sketch televisivo de La tuerca. A lo que contribuye una
construcción basada antes en los diálogos que en las acciones: es allí donde
puede observarse con nitidez el origen teatral del proyecto, según lo señalado
en varias entrevistas por su realizador.
Marcelo Mazzarello
dirigió El ciudadano modelo en cinco
días y sin requerir subsidios del Estado. Lo que algunos medios periodísticos
parecen resaltar como una novedad, no es tal: allí están las experiencias de El
Pampero Cine por una parte o de Cine con Vecinos de Saladillo solo por nombrar
algunos que se han desarrollado por fuera de la estructura que provee el
Instituto de Cine. Pero la figura de Mazzarello se volvió importante en los
últimos años, cada vez que los medios de comunicación dominantes quisieron
atacar las políticas de fomento de la producción nacional, tanto en televisión
como en cine. Los mismos medios que le recuerdan al lector el episodio en el
que cuestionó la producción de una novela protagonizada por Andrea del Boca por
la TV Pública, ahora devuelven el favor con una cobertura propagandística de la
película y sin detenerse en una mirada crítica sobre la obra en sí misma.
El ciudadano modelo está organizada a partir de cuatro o cinco
secuencias que siguen el derrotero de Raúl Echague (Marcelo Mazzarello) en su
intento por obtener la habilitación para abrir un local de baile dedicado al
tango. Una primera curiosidad que ofrece la película es que si bien resulta
claro que el local se ubicará en la Ciudad de Buenos Aires, las oficinas a las
que concurre Echague, borran cualquier seña de identidad del estado al que
refieren, en una época en la que, justamente, si algo se detecta de los estados
es su tendencia casi obsesiva a mostrarse a partir de sus isologos. Ese
criterio de igualación (similar al que se utiliza, por ejemplo, en las
películas de Cohn y Duprat), en realidad esconde una fuga de toda posible
contextualización. Como si las organizaciones del Estado fueran todas iguales,
independientemente de si se trata de municipales, provinciales o nacionales. Lo
que llama la atención, en todo caso, es que ese criterio permite despegarse de
cualquier afán crítico hacia un área del gobierno de CABA, con el cual el actor
y director ha mostrado cercanía y afinidad en lo ideológico.
Echague es el
ciudadano del título, el que concurre a una oficina pública para realizar un
trámite. La representación que se construye es el modelo. El Estado que
registra la cámara no solamente está desfasado en la ausencia de identificación
visual, sino en la decisión de omitir cualquier instancia de modernización,
aunque más no fuera cosmética, que las oficinas públicas incorporaron con los
años. La oficina en la que entra Echague no es solamente una oficina del
pasado, sino que es la cristalización de una imagen del Estado que se ha
replicado, y con la cual se ha insistido en los últimos 40 años. Mostrar que
una oficina pública es un espacio gigantesco y vacío, ocupado por una sola
persona, sin elementos tecnológicos, y que además es oscuro, descuidado y feo,
es afirmarse en la concepción del “estado atrasado” que pulula a partir del
cualunquismo. Pero la escena no se detiene en la simple descripción espacial,
sino que avanza en su concepción. Los empleados se dedican a cualquier cosa,
menos a trabajar –como cuando se atiende por teléfono una llamada personal-,
insisten en sostener la burocracia como forma –el llamado a números que no
están- y establecen prioridades de acuerdo al pago que realiza el interesado
–la referencia a la tasa Premium según la pila donde colocar el formulario-.
Pero por sobre todo, resaltan su falta de idoneidad para ocupar el lugar, en el
hecho de haber ingresado por gestiones de un familiar.
Lo interesante es que
esa concepción del Estado, no tiende a anularlo como tal, sino que apunta en
dos direcciones. En primer lugar, limitar su intromisión en los asuntos
privados y no entorpecer los emprendimientos personales. Si se quiere habilitar
un local, que todo se resuelva rápido y sin observaciones que interrumpan el
normal fluir del sistema capitalista (la consecuencia de ese modelo podría ser
claramente República Cromañon o los habituales derrumbes producidos por la
construcción de edificios sin control). En segundo lugar, apunta
específicamente a los trabajadores. En El
ciudadano modelo no se postulan las trabas burocráticas como propias del
funcionamiento del Estado, sino de la forma en que los empleados ponen en práctica
las normas que lo regulan. Ese empleado que se enfrenta a Echague, no es uno
que hace su tarea dentro de un sistema. Sino que se percibe como un
extorsionador enquistado en un sistema que no lo ve y por lo tanto no puede
expulsarlo. Para la película, son los trabajadores los que construyen al Estado
tal como es; de allí a postular su eliminación hay un pequeño paso que al menos
se tiene el tino de no explicitar (“Usted no puede estar al frente de una
oficina pública” le termina diciendo Echague al empleado después del primer
encuentro).
Esa constitución del
Estado como un ente oscuro, se profundiza una vez que el “trámite” está
presentado, y Echague debe sortear una serie de examinaciones para que su
solicitud sea aprobada. No se trata solamente del empleado “polifuncional” que
también hace el control oftalmológico, ni de la psicóloga que asume diferentes
personalidades en las redes sociales: se trata de observar que el recorrido de
Echague lo lleva por lugares que se parecen cada vez menos a una oficina
pública, como si se sumergiera en un pozo más profundo. No es casual entonces,
que esos espacios sean nominados como espacios de ajenidad: la “leonera” o el
“recinto”, invocan lugares en donde quien ingresa será juzgado y/o castigado y
donde no existen reglas claras ni un funcionamiento lógico. Que quienes ejercen
esa potestad estén fuera del alcance del involucrado –no los puede ver ni
enfrentar- señala no solo la indefensión del personaje/ciudadano, sino la
existencia de niveles a los que no se puede acceder ni contestar. La idea es la
de un Estado autoritario (“Qué clase de justicia es ésta?”, dice Echague,
cuando lo condenan a ser castrado) que se impone sobre el ciudadano.
Pero esto no es “El
proceso” de Kafka, aunque la inclusión de algunos elementos pretenda sugerirlo
(la oscuridad de los ambientes, el espacio laberíntico) ni aunque se haga
referencia a una “Sala de Concientización” y a un Ministerio de Programación
Amigable. Es una inversión en la cual el juicio se plantea sobre el Estado.
Pero en lugar de hacerlo desde una argumentación sólida y verosímil, El ciudadano modelo se apoya en
conceptos que parecen surgidos de una charla de café y que se explicitan en el
discurso que organiza los diálogos que sostiene Echague.
Esos diálogos se
articulan alrededor de varios ejes que confluyen ideológicamente. Hay, en
principio, una decisión del personaje de autopercibirse de una manera
determinada en la sociedad. Es profesor de literatura, pero quiere abrir un
local de tango, para lo cual señala dos razones: que quiere devolverle al país
algo de lo que le dio y que quiere que se difunda nuestra música y nuestra
cultura. No parece casual que el dinero no entre en juego en ese planteo: un
negocio más tangible puede ser cuestionado, pero cuando se antepone el valor
cultural, pareciera que debe tenerse otro tipo de consideraciones. Al fin de
cuentas, cuando se piensa en abrir un local, independientemente del rubro en
que se enfoque, se busca un beneficio que le permita sostenerse en el tiempo,
como mínimo. Es el fin de todo emprendedor, en la visión liberal capitalista.
Pero al correr el factor del dinero, lo que se omite no es solamente la
traslación de lo cultural a lo económico, sino el contexto en el que ese
proyecto va a llevarse adelante. En ese sentido, la película parece planteada
en una Argentina que no existe, que tal vez existió en el pasado (y por eso,
quizás, volver al nombre del Marabú, históricamente relacionado con el tango).
Pero enseguida esa
mirada se traslada a la oposición entre la iniciativa privada y el Estado como
obstáculo. Tras resaltar que lleva dos meses con la gestión del trámite, a modo
de justificación y defensa de su negocio, dice que “quiero generar trabajo, no
sé por qué me ponen tantas trabas”. La idea se repetirá un par de veces más con
ligeras variantes: “No puede ser que nos gane la máquina de impedir” o “Estos
no nos van a ganar”, señala al Estado como un espacio otro, un espacio de
oposición, una fuerza contra la que el individuo no puede sino chocar, y en la
que no se reconoce inserto (porque la definición del Estado es el de oficina
pública, dos conceptos diferentes en sí mismos). De allí se deriva a la
victimización (difundir la cultura “parece que es un crimen”; “Cometí el pecado
de querer habilitar un local en este país”) y se contragolpea con una inversión
que pone al individuo sobre el Estado (“Es fácil, nosotros lo hacemos difícil”;
“Su trabajo es crear problemas”; “Usted me tendría que agradecer a mí” le dice
al empleado, porque paga sus impuestos).
Donde esa ideología
parece cristalizarse es en la idea de la libertad que el individuo debe ejercer
finalmente ante los obstáculos que se le interponen. Un planteo algo más
general en el comienzo le hace decir a Echague que “cada uno haga lo que quiera,
mientras cumpla con las normas, no me parece mal”, lo que encierra una
contradicción, en tanto “hacer lo que quiera” y “cumplir con las normas” se
oponen. La primera establece una libertad que se enuncia como irrestricta; la
segunda impone límites que tienen que ver con una convivencia en sociedad.
Cerca del final, cuando se lo está por castigar, la frase de Echague es “Yo la
libertad la ejerzo, y me voy”, desentendiéndose justamente de esas normas que
supuestamente deberían cumplirse.
El ciudadano modelo
que postula la película no es ese que quedó anclado en el pasado como en la
visión que se tiene del Estado. Es uno “moderno” que desprecia al Estado y lo
elude para afirmarse como individuo. No es el que cumple las normas, sino el
que hace todo lo posible para evitar cumplirlas y que a la vez concentra las
culpas de ese incumplimiento en el Estado. Desde el lugar de la realización, se
elige el diagnóstico exacerbado, exagerado y a la ligera, quizás consciente de
que son las formas en las que los medios han organizado el discurso alrededor
del Estado. Pero en el camino no hay una sola idea sobre cómo mejorarlo, cómo
hacer que funcione mejor y deje de ser “un obstáculo”. Tal vez, porque para ese
discurso conviene que siga siendo de esa manera.
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