LAS CORREDORAS - UN ABSURDO FALLIDO
Caso extraño el de
Néstor Montalbano dentro del cine nacional. Lo mejor que puede decirse de él es
que, a pesar de la simpleza que parecen exhibir sus películas, se vuelve
inclasificable. Sus películas tienen una voluntad de ser populares,
independientemente de que después se conviertan en tales por la cantidad de
entradas vendidas. Incluso hasta se detectan algunos temas recurrentes en sus
películas –los personajes que viajan o que específicamente, regresan a un
pueblo de provincia y que experimentan algún tipo de cambio en ese traslado-
que plantean la posibilidad de considerarlo como un autor, en el sentido de
construir una obra que va desarrollando variantes sobre un punto de partida
específico. Y a la vez, parece sostener un equilibrio entre las posibilidades
que le brinda el medio cinematográfico y su pasado de realizador televisivo.
Ese trasvasamiento de
la televisión (Cha cha cha, Todo por dos pesos) al cine es el sostén principal
de su tendencia a los géneros populares, lo que se detecta tanto en su
reversión de las comedias musicales de los 70 (Soy tu aventura), de algunos tópicos del western (Por un puñado de pelos) o de la
narrativa épica histórica (No llores por
mí, Inglaterra). Pero en unos y otros, la mirada de Montalbano se traduce
en un giro que lleva lo genérico a un extremo absurdo (la única excepción en su
obra podría ser Cómplices con su
acercamiento al drama policial) que los vuelve casi irreconocibles: no se trata
de una parodia del género, sino de utilizar el género como marco base para
desarrollar una forma de comedia que en sus mejores momentos logra que el
desaforamiento funcione (Pájaros volando).
En Las corredoras opta por el melodrama
como elemento de base, aunque el punto de partida (la mujer que debe viajar a El
Mojón, enviada por el ministerio en el que trabaja, para firmar el contrato por
la cesión de tierras que realizó un poblador del lugar) pareciera no permitir
inferir ese deslizamiento. Incluso puede pensarse en las referencias que se van
sucediendo en los primeros minutos como indicios que no van en esa dirección:
los elementos visuales que remiten al western en el tren que atraviesa el
espacio desértico, las referencias al noir en el trayecto en el auto bajo la
lluvia o la más explícita a Johnny Guitar
en la llegada a la casa de Antonovich. El melodrama aparece más adelante,
cuando la película se desplaza de lo anecdótico –las idas y vueltas para
concretar la cesión- a la pieza central de su idea que es la cuestión de la
identidad. Es allí donde la relación entre los personajes se retuerce y la
supresión y la apropiación entran en primer plano: los motivos son,
aparentemente económicos, pero por detrás va asomando la percepción de que los
dos personajes deben cambiar continuamente sus roles para poder vivir. Es que,
queda claro, hay un afuera que observa la normalidad aparente de la Argentina
de fines de la década del 50 como un simulacro, del que los personajes se
desprenden solo de puertas hacia adentro (y no es casual que la habitación,
espacio definitivamente liberador, sea el que concentre los elementos que les
permiten transformarse en otros). Esos cambios llegan a puntos de
enrevesamiento en el tramo final, cuando Mabel entra en el juego de Alejandra y
Teresa, que le sirve, a su vez, para liberar su propia identidad oculta en el
entramado familiar y laboral.
Los problemas en todo
caso, están en otro lado. Montalbano se recuesta en las citas, en las
referencias a otras figuras (Mabel, como una visión estilizada de Victoria
Ocampo, por ejemplo), en la recuperación de una estética del pasado, en el
contraste de los colores, pero se toma a ese universo que crea demasiado en
serio. Los elementos están dispuestos en la historia de manera en la que parece
predispuesto a hacer saltar por los aires cualquier lógica, pero eso no sucede
nunca. Los personajes atraviesan situaciones absurdas, pero la necesidad de
replegarse sobre el relato y los espacios hacen que el verosímil termine
chocando con la narrativa. Ese absurdo que asoma por momentos son apenas
destellos, ventanas por las que se puede entrever el rumbo que puede tomar la
historia, pero no. Por eso funciona el tráiler –como microrelato que acumula y
pone en relación gozosa esos momentos- y no la película, que se obnubila con el
estiramiento de escenas y situaciones que desarman continuamente esa
posibilidad. Las corredoras puede
verse entonces como un ejercicio fallido, pero sobre todo como una posibilidad
no aprovechada de sumergirse en territorios que estaban allí, al alcance de la
mano.




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