SCAFATI, PALABRA PINTADA – ABRIR LAS PUERTAS PARA IR A DIBUJAR
Tengo para mí un principio: no hay nada más fascinante que ver a un
pintor o a un dibujante transformando un espacio en blanco en otra cosa usando
líneas, manchas, colores. Convengo en que proviene de mi total incapacidad para
el dibujo y que posiblemente los pintores y dibujantes pueden sentir algo
parecido cuando ven a alguien escribiendo. Pero no es eso lo que importa. Ver,
solo por poner algún ejemplo, a Luis Felipe Noé (en A cuatro manos) o a Eduardo Stupía (en Intemperie) creando es un espectáculo maravilloso, porque en la
creación sigue resultando imposible develar el misterio de cómo eso que parecen
líneas inconexas se vuelven otra cosa, una obra de arte. A la vez, este tipo de
documentales funcionan como rescate antes del creador que de su obra: una forma
de encontrar al artista que se esconde de alguna manera, detrás de un nombre y
de un cuerpo de obra.
En el caso del documental sobre Scafati, el título parece estar
explorando otro costado. La referencia a la “palabra pintada” admite la
posibilidad de varias lecturas. En primer lugar, hay que pensar en ese planteo
inicial del artista. Su “mirada absoluta” no aparece como una forma de concebir
su relación con el arte, sino con la idea de mirar con todos los sentidos. Ya
no se trata solo de lo que se mira y se transforma en dibujo (los momentos en
que lo vemos trabajar, revelan un acercamiento táctil), sino de una afirmación
en la obra como una totalidad que involucra al artista en relación con los
otros. “Somos instrumentos sensibles y absorbemos cosas que nos rodean”, dice
ya cerca del final del documental. En esa concepción, el artista abandona su
rol exclusivo de creador y le adosa el de receptor. Una obra que se relaciona
con su espacio y su tiempo. Si no, cómo explicar ese motivo que en un pasado
volvía una y otra vez en las obras, el de la emboscada, en tiempos oscuros y
dominados por el terror.
En un punto, Scafati dice, sin decirlo explícitamente, que se volvió
algo parecido a nada. Es el momento en que lo echan de la Facultad de Artes
durante la dictadura. No solo le prohíben ingresar, sino que eliminan los
registros de las materias que había cursado y aprobado. “Me borraron” dice y no
se puede no pensar en los otros borramientos que la dictadura produjo. Deja de
ser, en el traslado a Buenos Aires que es literalmente empezar de cero. El uso
de un seudónimo -Fati- en una época, parece la forma adecuada de disolver una
identidad en otra, refugiándose como artista en las formas del humor gráfico.
En el fondo, ese recorrido que el documental recupera del personaje es
el del aprendizaje y el pasaje de formas ajenas a propias. “El chiste era una
excusa para poder hacer un dibujo”, dice como quien entiende la posibilidad de
traficar un arte por debajo de formas en apariencia menores o banales. Algo
parecido ocurre con la relación que Scafati entabla con el periodismo. Muchos
de sus trabajos fueron como ilustrador de notas periodísticas en diarios y
revistas (las más notorias en la revista Primera Fila, por continuidad y
amplitud temática) y es allí donde aparece otra mirada interesante que Scafati
resume en la idea de que “el periodismo fue un laboratorio donde experimenté de
todo”. En unos y otros, resulta evidente que la experiencia escondía una
limitación: la libertad del dibujo se encontraba atada a un formato genérico
que resultaba ajeno. El pasaje se produce en otro tiempo, cuando la obra se
impone por sí sola y se despega del trabajo para otro. Scafati lo sitúa en su
versión de ”La metamorfosis” de Kafka. Una relectura ilustrada que se nutre de
otros apellidos reconocibles -traducción de Aira, diseño de Pérez Fernández- y
que por primera vez se asume como obra propia, en el sentido de no responder a
un encargo. El documental registra el avance de la obra de Scafati como un
proceso de liberación de las ataduras del periodismo. El alivio de ese cambio
deriva en su propia versión de “Drácula”, en la que más que trabajar sobre la
totalidad del texto, lo hace sobre recortes. El escalón final es el proyecto de
novela gráfica: un trabajo en el que el dibujo no depende del texto sino al
revés. El texto son las páginas en blanco que el artista deberá completar con
palabras para unir la dispersión de lo ya dibujado.
El concepto que atraviesa todo el documental desde el propio artista es
el de abrir puertas. “Comienzo un dibujo como quien abre una puerta y entra a
un lugar”, dice y la idea se repetirá con cada avance en su carrera. Las
puertas que abre Scafati se trasladan al lector resignificando las palabras del
escritor desde la imagen, abriendo la puerta ahora a otra lectura. Pero quizás
la puerta más importante sea aquella que menciona su hija: los dibujos de
Scafati son una apertura a un espacio visual en el que sus lectores deben
moverse y aprender a hacerlo. Abrirle, en fin, a los otros, el acceso a un
mundo distinto.




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