FUMER FAIT TOUSSER: ELASTIZAR ESTRUCTURAS, RELATIVIZAR GÉNEROS

El cine de Quentin Dupieux es extraño. Desconcertante. Está hecho de los materiales del mundo, pero transformados y subvertidos. Sumergidos en historias que exceden los formatos tradicionales (el drama policial en Le daim, la comedia en Wrong cops, el fantástico en Rubber o Incroyable mais vrai) y con los que juega, estirándolos como si se tratara de estructuras elásticas, para que contengan su propio absurdo. Es decir, un anclaje que permite que esos puntos de partida contengan el antídoto contra sus propias seriedades y estructuralidades. Y así construye un cine personal que también contiene su propio antídoto: su aparente pretensión de masividad colisiona una y otra vez con la voluntad de enrarecer el producto hasta volverlo casi inasible –o quizás sería mejor decir, inexplicable- para esas audiencias multitudinarias.

Fumer fait tousser tiene, de formato realista, solo un par de escenas, y en ambas, la presencia principal es de familias con niños pequeños. La primera parece ser el camino a seguir, pero es solo una introducción a los personajes centrales, la Fuerza Tabaco. La segunda, como la primera, se produce por un encuentro azaroso, esta vez en el bosque: ambas provienen de la desviación de los niños del camino trazado por los adultos. Ellos encuentran con su mirada a esos personajes en lugares aislados (un desierto entre montañas, un bosque), pero es un cruce efímero, en tanto los adultos los devuelven al camino. Es en esos cruces aparentemente triviales donde pueden atisbarse los rasgos que asume la película. Por un lado, un despegue evidente, una separación tajante entre dos mundos que parecen convivir en un solo espacio, pero que pertenecen a niveles diferentes (lo que podría denominarse como realidad y fantasía). Por el otro, la tendencia a la dispersión, a la desviación que asumen sus relatos, incluso cuando tratan de conservar cierta unidad.



Las señales de esa dispersión aparecen enseguida. La Fuerza Tabaco es una especie de grupo de superhéroes que luchan contra monstruos –que no se sabe bien de dónde provienen ni qué hacen- a quienes destruyen con el poder combinado de los componentes químicos de los cigarrillos. Pero después de una de estas luchas, Didier, el jefe de la agrupación (un monstruo igualmente desagradable que sin embargo atrae a las mujeres; una especie de Alf deforme de cuya boca brota constantemente un líquido verde), los envía a un retiro porque advierte en ellos actitudes individualistas. En ese movimiento, Dupieux bloquea las expectativas genéricas: pone a los superhéroes en quietud, en un bosque, a charlar entre ellos. Y lo que pudo ser –ya se piense en película de superhéroes o en cine fantástico- vuelve a desviarse para ceder lugar a las formas –de nuevo puestas en cuestión- del cine de terror. Cuando, alrededor del fuego, los protagonistas cuentan las historias escalofriantes, éstas se sumergen en el slasher cruzado por una perspectiva desaforada de la realidad (se podría pensar en esas historias como parientes lejanas de los primeros films de Sam Raimi). Si se pasa a otro género, entonces, es a condición de que se lo retuerza hasta volverlo absurdo (una de las historias se basa en un casco de 1930 que no se puede ni se quiere sacar la protagonista; en la otra, un joven atrapado en una máquina noo siente dolor; la narración de una de las historias la hace una barracuda mientras la están cocinando).

Algo de esa perspectiva se sostiene en lo que podría ser el eje central del relato. La Fuerza Tabaco debe enfrentar a Lagartin, un villano que quiere destruir el mundo. Pero mientras eso sucede, ocurren al menos tres cosas que le restan importancia: 1)La Fuerza Tabaco sigue en su retiro; 2)El robot que les asignan parece no funcionar bien; 3)Didier solo parece preocupado por seguir acostándose con distintas mujeres. El fin del mundo encuentra a los supuestos salvadores sumidos en sus debilidades y luchando contra una tecnología que parece no responder. Lo notable es que el final de la película se produce en un desdoblamiento que en paralelo resuelve la situación del villano, mientras pone en suspenso la de los héroes, sin que una y otra tengan relación directa. Una manera, en fin, de construir a los héroes en su propia antítesis y al malo como un personaje definitivamente débil. 

 

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