SOBRE LA CRÍTICA Y LOS CRÍTICOS DE CINE


El crítico de cine (o de cualquier otra especialidad) desprecia al periodista. No lo odia, simplemente le alcanza con menospreciar su trabajo, al que considera solo informativo. La labor del crítico se autopercibe como formativa: está allí para explicar a los ignorantes o a los neófitos lo que pueden (o deben) entender de una obra de arte. Por eso no discuten con periodistas, ni siquiera con los que se dedican a su misma rama artística. Los interlocutores válidos son, para ellos, otros críticos -solo algunos, por cierto- y solo rompen el comportamiento endogámico con algún que otro columnista (alguien que, como ellos, antepone la opinión y/o el análisis a lo informativo). Obviamente, como la economía apremia, unos cuantos de ellos se desempeñan como columnistas en revistas o programas –cuando no como panelistas todoterreno- aunque se tenga apenas un par de minutos o unos escasos caracteres para hablar de un estreno.

En los medios masivos, la práctica de la crítica ha desaparecido virtualmente hace años, sepultada entre la reducción de espacios disponibles, los cambios en los sistemas de publicidad y la desidia propia de los medios. La reemplazó, en el mejor de los casos, un modo híbrido: la nota que anticipa el estreno en la que se permite entremezclar alguna opinión. La valoración de una película ha pasado de la crítica al medio: cuando el medio decide priorizar una película sobre otra -no hay espacio ni interés en todas- el recorte es valorativo, se trate de calidad o de cuestiones publicitarias. En ese cambio, el crítico no advirtió -no se le ocurriría- que su función ha cambiado: que todo lo que haga en un medio -incluso en los digitales, que suelen otorgar más espacio y libertades- tiene una esencia informativa.

En estos tiempos en los que la disputa ya no es solo por el espacio disponible -perdida la batalla o abandonada, mejor dicho, incluso por la crítica, desde hace años- sino por capturar la atención de un espectador obligado a optar -por cuestiones económicas o de disponibilidad de tiempo- la crítica se desarrolla en dos vías. La primera es la que siguen practicando los medios masivos y digitales: la crítica publicada el mismo día del estreno en sus actuales y limitadas formulaciones, reemplaza a las antiguas publicidades pagas por distribuidoras. Difunden, revelan qué se estrena ese día, priorizan la información de director y actores y califican de manera rápida e inequívoca. La segunda, las críticas que se toman un tiempo y reflexionan -mejor o peor-sobre el objeto al que se refieren.


El problema es que unas y otras no asumen el fondo que las sostiene. Escribir sobre una película es, en algunos casos, una obligación profesional. En otras, es una elección. En ambas circunstancias, establecen una agenda que ha generado incluso algún efecto curioso. Desde la eclosión de las plataformas, el crítico ha desplazado ese interés a una múltiple agenda de estrenos: ya no solo las salas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sino Netflix, Prime, Max, Paramount, Disney, Star son motivo de atención. La difusión se multiplica, como los materiales sobre los cuales trabajar. El lugar de trabajo condiciona las elecciones: hay que hablar de lo que todo el mundo habla. Y de lo que todo el mundo habla son los megaestrenos de cine, la serie o el documental de moda, todo aquello que pueda interesar a un público lo más amplio posible.

El problema central lo tiene el cine argentino. Ya no alcanza con que las cadenas de exhibición no acepten películas si no están protagonizadas por algún actor conocido (en un rango que va de Darín a Dolores Fonzi, de Erica Rivas o Mercedes Morán a Guillermo Francella), condenando al 90% de la producción a refugiarse apiñada en el cine Gaumont y otras salas INCAA (si tienen suerte, pueden llegar a atraer la atención de la Sala Lugones o del Malba). Tampoco alcanza con que la política publicitaria del INCAA haya sido siempre tan deficiente ni que los medios suelan declinar las críticas sobre ese cine argentino.  El problema está en que los críticos, más allá de los medios en los que escriben, tampoco ven ese cine argentino. No escriben sobre él, lo ignoran porque no lo ven, porque todo lo que se estrena en el Gaumont y/o no tiene una privada de prensa en algún complejo multisala, no existe. La crítica desprecia a ese cine argentino al que considera implícitamente, menor. Allí puede advertirse que incluso en medios con mayor amplitud de miras, ese cine tampoco existe. La cuestión vuelve al comienzo: no comprender a la crítica como espacio de difusión. Los mismos críticos que no ven ese cine y que no escriben sobre esas películas, señala que la gente no va a verlas y postulan si realmente son necesarias. La pregunta que nunca se hacen es: cómo se puede pretender que la gente vea películas a la que ya no solo el INCAA sino los medios y los críticos invisibilizan. Cuando un crítico le cuestiona al INCAA -con parte de razón- que no ha contribuido a formar un público, se omite deliberadamente el rol que el crítico tiene en ese mismo circuito.

Su trabajo formativo no es solamente analítico, debe ser también formador de un público. Si se insiste en replicar hasta el agotamiento los “análisis” sobre la última entrega del universo de Marvel o de la última de Rápidos y furiosos, solo se contribuye a la concentración que pone en el centro a un producto de marketing. Si a esa tendencia no se la acompaña de un acercamiento a aquello que no se apoya en los aparatos publicitarios, la orfandad se multiplica. De allí que resulta tan agotador tanto ver las coberturas de los estrenos como los balances de fin de año en los que se vuelve a hablar de las 10 o 15 películas de las que ya se ha escrito durante el año. La conclusión es que la crítica perdió o dejó de lado definitivamente sus elementos cruciales. Uno, la vocación por poner a disposición del público otras opciones diferentes a las que saturan el mercado. El otro, quizás el peor, la curiosidad por ampliar el menú, por la posibilidad de descubrir algo diferente, por dejarse llevar por el registro de una cultura que aunque lo niegue, es propia. Lo único que le queda a esa crítica es solazarse en sus propias limitaciones, en su incapacidad y su ausencia de voluntad por romper sus cercos y sumirse definitivamente en la ignorancia de la vastedad de un mundo que prefiere no explorar.


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