COMEDIAS ARGENTINAS: APUNTES SOBRE LO VIEJO
1.Los tiempos de la
sofisticación indie de Los guantes
mágicos o El juego de la silla o
la más industrial de Vino para robar
o Los Marziano parecen haber quedado
atrás, sin haber podido dejar más huella que en la obra de los mismos
realizadores que las acometieron. Lo mismo puede decirse más cerca en el tiempo
con la mirada irónica de Fase 7 o La noche mágica. Una comodidad
intrascendente parece apropiarse de los intentos de desarrollar ideas que
puedan convertirse en una comedia. Despejada la influencia televisiva de hace
algunas décadas –tiempos dominados por Pol-ka y productos del estilo Cohen vs. Rosi- la comedia en su formato
más tradicional parece perdida, buscando a tientas algo de qué aferrarse como
un salvavidas, en lugar de largarse a nadar en aguas desconocidas. El temor al
naufragio sigue siendo demasiado fuerte.
2.¿Es posible
encontrar alguna raíz en los tiempos que corrieron? La pandemia y la desazón
política, así como parieron al monstruo de la extrema derecha, ¿habrán sentado
un clima en el que toda comedia termina siendo más ficticia que la ficción que
propone?. Las películas son parte de su tiempo histórico: lo reflejan aún a su
pesar y aunque no lo pretendan. La mirada que despliegan no puede despegarse
del entorno en el que son concebidas y terminadas. En esas comedias aparece
escondida un planteo quizás sorprendente: no hay presente ni futuro. Son
recuperaciones abstractas bajo diferentes formas, de un pasado que se resitúa
en el presente, desvirtuando a uno y el otro.
3.La comedia parece
sobrevivir a partir de la cruza con otros géneros. El fantástico, el drama
realista parecen poder contenerla más que el escenario de la comedia pura. Una
hipótesis posible: esos géneros logran insertarse en un espacio real para luego
trabajar sobre él. Películas disímiles como Estertor
o El sistema K.E.O.P.S. incorporan la
comedia a condición de que ésta no interfiera en su ubicación genérica original.
Ambas construyen un universo que parte de lo real –un represor con prisión
domiciliaria, un sistema de vigilancia personal- que desarrollan poniendo en
juego elementos que las transforman en ejercicios más lúdicos. El problema de
ambas no está en la utilización de esa mixtura con la comedia, sino en otras
decisiones que las resienten (la ambigua posición respecto de los modos
represivos instalados en la sociedad; el estiramiento excesivo de la anécdota)
y que implica que se perciban, al menos, como fallidas en su resultado.
4.La ausencia del
presente en la comedia implica correrse del entorno y de la posibilidad de
construir un universo propio reconocible. El espacio comienza por desvirtuarse
en una pretensión de universalización (lo que se verifica incluso en una
película como Empieza el baile que
decide salir a las rutas). Las ciudades se vuelven intercambiables e
impersonales y el movimiento de los personajes no puede inscribirse en ellas:
se transforman en decorados vaciados, irrelevantes, donde lo que importaría es
lo que ocurre en los espacios interiores. Estos, que podrían dar lugar a
ciertas formas de la comedia –pienso en la formulación habitual de los
vaudeville-, replican esa inconsistencia del afuera, perdiendo todo tipo de
funcionalidad. Un ejemplo de ello puede rastrearse en Casi muerta: el Uruguay del comienzo es tanto una postal de
compromiso como un forzamiento algo absurdo –la trama avanzaría igual si se
cambiara a Uruguay por cualquier ciudad argentina- y el departamento de la
protagonista solo adquiere cierta relevancia en la secuencia de la compra
compulsiva y el recambio de los muebles.
5.Otro problema
aparece en la búsqueda de una representación que termina por volverse obvia.
¿De qué otra manera puede pensarse que un pueblo se llame Las Tucas, para que
en algún momento su protagonista descubra los beneficios de fumarse un porro?.
En Norma, el episodio se vuelve
forzado: parece apenas una excusa para el incendio del auto y el interrogatorio
en la comisaría. Hipótesis a confirmar: que toda la película se organizó
alrededor de esa doble escena como base de la estructura de comedia que
pretende llevar adelante.
6.En la misma Norma parece plantearse una apelación al
presente y al futuro, cuando se postula una mirada feminista de la que
participan madre e hija a las que se suma la terapeuta recién llegada al
pueblo. Pero si la formulación parece nueva, lo hace sobre elementos del pasado
que no logra sobreponer: un conflicto clasista con la empleada doméstica (un
tema que desarrolló más en profundidad, lo que no quiere decir mejor, una
película como Cama adentro, hace 20
años), un matrimonio que se desarma, la muerte de la madre y un principio de
recuperación de la relación de la protagonista con la hermana, son signos más
que de una universalización temática, de recostarse sobre una construcción
probada y gastada.
7.Oliva lleva esas premisas hasta lo extremo. La pretensión visual es
de cierta modernidad, pero el conflicto en la finca de olivas hace que el
pasado predomine. Lo manifiesta cada vez que se pone en palabras el conflicto
entre “lo nuevo” (el hijo que trata de restablecer las finanzas a partir de la
utilización turística) y “lo viejo” (la resistencia del padre a vender sus
productos a marcas competidoras o que considera de menor nivel). La decantación
de la película hacia la segunda opción no proviene solamente de su decisión de
adaptar una obra teatral, sino a partir de la resolución del rescate de la
estructura familiar como articulación de toda respuesta a los conflictos.
8. En qué lugar cabe,
entonces, a esta altura, que lo cómico se resuelva como una ficción dentro de
la ficción, con un padrino que pretende parodiar a Marlon Brando (y no es más
que la parodia de la parodia que Jorge Porcel hacía en la televisión de los
años 70) y mafiosos salidos no se sabe bien de dónde. El problema de estas
formulaciones de comedia está justamente allí: los universos en los que se mueven
los personajes están tan distanciados de la realidad que se vuelven abstractos,
cerrados en sí mismos. La distancia que establecen con cualquier entorno es la
que luego se transmite entre la película y el espectador.
9.Pensándolo bien,
este grupo de comedias no señala un pasado puntual, situado en una época
determinada. Pero se hace cargo de ese pasado en su estructura. Se las puede
ver como un reflejo de las comedias cinematográficas de la década del 70. No
hay jóvenes en ellas, sino adultos más o menos mayores, propietarios de vidas
más o menos hechas y por lo tanto, de vuelta de cualquier atisbo de lo que se
corra de la “normalidad”. Su comicidad, si existe, es la de su edad: un
anacronismo tan fuerte que no podrían confundirse con productos de otras épocas
más cercanas. Un mundo en el que el puritanismo –la moral- tiene un peso
efectivo y todo lo que tiene que ver con el sexo y las drogas, pretende ser
motivo de asombro. Películas datadas que le hablan a un público todavía mayor,
a un sentido del humor pretendidamente blanco y puro, alejado de los
cuestionamientos. Una comicidad cómoda y desabrida: algo que se cocinó en otro
tiempo y cuyas sobras pretenden servirse como comida de hoy.
10.Dato para afirmar
esa centralidad. No me rompan coloca
en el centro de su relato a una típica pareja despareja. Un equivalente
femenino basado en el lugar social, de lo que Jorge Porcel y Alberto Olmedo
construían desde lo físico. Ama de casa sobrepasada por la rutina, emprendedora
de productos de cosmética. Estrella televisiva (de ficciones, en un tiempo en
el que ya casi no hay ficciones en la TV!), preocupada solo por su apariencia
física y sometiéndose a cualquier tratamiento que la haga lucir rejuvenecida. Centralidades
fuera de época que necesitan de un villano –las escenas en el laboratorio se
pretenden modernas, pero no desentonarían en cualquiera de las películas de Los
Superagentes- y del concurso grupal para desbaratarlo y denunciarlo –y allí hay
una escena de persecución a las protagonistas tan básica como pobremente
resuelta-. El trastorno que las une –la ansiedad y las reacciones
extemporáneas- era lo que las podía sacar de ese ancla del pasado, para poder
pensar en otra forma del humor. Pero no: es solo la excusa para que la pareja
central se una.
11. El retroceso es
llamativo. Estas comedias no se asientan en la comodidad del modelo televisivo
(al que solo Adrián Suar parece seguir remitiéndose cada vez de manera más
pobre, si nos guiamos por artefactos como El
fútbol o yo y Corazón loco) sino
que pretenden asumirse como parte de una tradición puramente cinematográfica
–aunque a veces el plano/contraplano amenace con ello como en algún momento de Oliva-. En ese corrimiento no
advirtieron los cambios en las formas de la comicidad y mucho menos, en el
contexto de país en que se mueven. Los caminos abiertos a lo largo de los
últimos 25 años por nuevos directores que fueron surgiendo –de Bruno Stagnaro y
su Guarisove a los documentales de
Néstor Frenkel- o por la deriva de directores más ligados a un cine más ligado
al mainstream –Ariel Winograd, Daniel Burman- parecen clausurarse a la luz de
estas películas cuyos horizontes no parecen ir más allá de aggiornar un modelo
cercano a las películas de Marcos Carnevale. Ni atisbos de diálogos trabajados
para generar un efecto de comicidad, ni una explotación del humor físico que
encuentre un cauce para desarrollarlo. Languidez de ideas que parece esconder
cierta pereza y algo de limitación. Historias y guiones que pueden partir de
una buena idea pero que luego se desarrollan como parte de una rutina, como la
burocracia de un acto administrativo convertido en un guión, que ya es viejo
antes de ser filmado.










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