REFLEJOS DE UN PESCADOR: LO QUE CORRE PELIGRO
Reflejos de un pescador es un documental del que casi se
podría decir que se observa su factura artesanal. Lo que cuenta es una historia
que podría pensarse pequeña: Tulio es un pescador que ha vivido toda su vida de
la pesca en el río y que, como todos los años, se prepara para marchar a Goya
en marzo para participar de la Fiesta del Surubí. No hay mucho más que eso. Lo
vemos preparar la camioneta y la lancha, pescar con Matías su compañero y salir
a pescar durante las casi 24 horas que dura el concurso. Lo vemos obtener
buenas piezas y percibimos su emoción y su disfrute. Lo escuchamos contar
algunos pocos detalles de su vida, siempre, inevitablemente, unidos a la pesca.
Y finalmente, lo vemos asistir a la fiesta final en la que no se lleva ninguno
de los premios que hay en disputa.
La importancia que
tiene el documental de Benjamín Delgado y Lucía Cavallotti radica justamente en
esa decisión de retratar algo mínimo, pequeño, pero singular. Seguir a un
personaje que busca conseguir un triunfo y no lanzarse a la épica de poder
conseguirlo después de más de tres décadas de participar. Y que el disfrute
–del protagonista, de la película misma- resida en recorrer el camino,
independientemente del resultado final al que se arribe.
Es esa decisión lo que
permite conectar a la película con el presente y pensarla como el ejemplo más
preciso de aquello que está amenazado de extinción –como los peces si no fueran
devueltos al agua después de la práctica deportiva. Estas pequeñas películas,
que apenas sobrepasan la hora de duración, se constituyen en los registros más
palpables de la cultura de un pueblo, que exceden largamente a su posible valor
comercial. Registran la forma en que se desarrolla una fiesta deportiva, la
pasión de quienes participan, la manera en que se fiscaliza que nadie cometa
trampas y que el resultado sea inobjetable. Muestran a un individuo que forma
parte de esa fiesta y que se desapega de la eventualidad del triunfo: lo
importante es, como si se tratara de un niño, seguir jugando el juego que más
le gusta.
Entre las voces que se
alzan contra la intervención del Estado en la financiación del cine argentino
–ver mi texto relacionado con lo escrito por Miguel Pereira y Leonardo
D’Esposito-, Reflejos de un pescador
es la película que esos personajes no van a ver. Que no registran en su
existencia o que la miden en función de los espectadores que convoca. En
silencio, el documental parece contestarles cuando se detiene a mostrar una
actividad que no es lucrativa, que no rinde dinero. Es posible, sí, que no
mucha gente la vea. Pero su valor está en lo que cuenta, en lo que implica como
puesta en pantalla de una fiesta que desarrolla una ciudad y que quizás sea
desconocida fuera del ámbito de los pescadores. Puede no interesarles a esos
escribas, pero no pueden negar ni su existencia ni la necesidad cultural que
emerge a partir de ellas. Pueden incluso no registrar que la película no está
hecha en Buenos Aires sino en Corrientes, y que la provincia participó en su
financiación. Pero es parte de su ceguera, de su imposibilidad de salir a ver
el país y el mundo y ampliar sus pequeños horizontes.




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