MIGUEL PEREIRA Y LEONARDO D'ESPOSITO: DOS CONTRA EL ESTADO
1.Todo sucede demasiado rápido en este país. Pasaron solo 60 días desde
el triunfo en las elecciones presidenciales de Javier Milei en los que se
produjo la devaluación de la moneda nacional más alta de la historia, un
decreto de necesidad y urgencia que anula 300 leyes, una ley que modifica o
deroga otras 300 y un paro nacional de 12 horas decretado por la CGT. Dentro de
la ley enviada al Congreso de la Nación y finalmente retirada, se planteaban
modificaciones sustanciales en lo que tiene que ver con la cultura: desde
recortes presupuestarios -y de autonomía- de diversas entidades autárquicas
-INAMU, INCAA, INT- hasta la desaparición literal de otras -FNA-, la Ley
Omnibus no apuntaba a una racionalización del gasto, sino al achicamiento del
acervo cultural del país, mediante la desfinanciación por parte del Estado. Los
diferentes colectivos culturales se fueron pronunciando de manera casi unánime
respecto del perjuicio que a las diferentes actividades les acarrea las
modificaciones planteadas por la ley. La defensa que el Secretario de Cultura
de la Nación realizó en las comisiones bicamerales encargadas del tratamiento
de la ley, se limitó a la justificación: "El plan cultural que abarca este
proyecto demuestra los valores de la libertad, transparencia, eficiencia y
progreso. Nos encontramos con entes centralizados enormes con más puestos de
trabajo que funciones. Con gasto público, no con inversión". Pero esa
defensa encontró impensadas voces aliadas. Que no fueron tanto la de los
habituales periodistas todo-terreno de los medios masivos -que desconocen el
funcionamiento de los entes culturales y que nunca se han preocupado por
difundir la cultura argentina-, sino la de dos personas vinculadas de una
manera u otra a la actividad cinematográfica.
2.Bajo el título “Un cineasta explica las ficciones del mal llamado
cine nacional”, el pasado 17 de enero, el cineasta Miguel Pereira escribió un
texto extenso para el diario Perfil (https://www.perfil.com/noticias/columnistas/las-ficciones-del-mal-llamado-cine-nacional.phtml),
que se encuentra enmarcado en dos premisas que se enuncian en el comienzo y el
final del artículo:
a)”No puedo evitar encontrar algunas similitudes con mi aterrizaje en
el establishment de la cinematografía argentina y la manera en que lo hizo el
presidente Javier Milei en el establishment de la política tradicional. Los
outsiders sin compromisos corporativos anteriores, tienen la libertad de romper
moldes, pero enseguida se ven envueltos por una densa red de intereses que se
sienten afectados, los cuales procurarán, por todos los medios, arrastrarlos hacia
un más seguro y previsible statu quo”.
b)”La discusión de la Ley Omnibus presentada por el Ejecutivo Nacional
puede constituir una oportunidad histórica para ordenar el tremendo
desbarajuste legal y económico imperante desde hace ya muchísimos años en nuestro
cine”.
Pereira parte de su experiencia con La deuda interna (1988), la
película que lo consagró al conseguir un premio importante en el Festival de
Cine de Berlín. Evoca los laberintos burocráticos que debió sortear aún a pesar
de rescatar la gestión de Manuel Antín al frente del por entonces Instituto
Nacional de Cinematografía, y desde ese lugar hace una traslación directa hacia
el presente, como si en el medio no hubiesen transcurrido 35 años. Puedo
convenir con Pereira que las tramas burocráticas no se desarmaron en estos
años, ni en la cinematografía ni en el resto de las instancias de la relación
del Estado con el pueblo (aclaremos: en las instancias privadas la burocracia
también existe, a lo que se suma el elemento del posible rechazo si no constituye
un negocio rentable), pero al menos si su intención era cuestionar el
funcionamiento del INCAA, podría haber elegido algún ejemplo más cercano en el
tiempo.
Pero en verdad, Pereira focaliza en dos aspectos.
El primero, el surgimiento de lo que llama “límites corporativos”. Que
corporiza en SICA, el gremio de actores, SADAIC y Argentores. Ese es el
establishment ante el cual el outsider Pereira dice haberse enfrentado. Pereira
argumenta que todas ellas funcionan como “meras cajas recaudadoras del resto
del país”, pero sin aclarar cuál es el rol que cumplen ni las leyes que
determinan su accionar. El hecho de haber realizado su película bajo la forma
de cooperativa (un formato que ha permitido reducir costos, pero que también
generó unas cuantas avivadas de productores y directores, como las que le
achaca a los gremios), parece autorizarlo a que los gremios y asociaciones que
defienden los derechos de sus asociados no interfieran con su obra. El elemento
conflictivo del planteo de Pereira es que bajo el argumento de que no brindan
los beneficios a sus asociados en relación con los aportes, éstos parece que no
deberían existir. Es decir, que toda forma de organización de los trabajadores
para impedir su explotación quedaría desvirtuada en su existencia por la forma
en que organiza la utilización del dinero. Ese argumento, que emparenta a
Pereira con las formas rancias de la política encarnadas por Menem y Macri (aquel
“un mundo sin periodistas” ha trasmutado a “un mundo sin sindicatos”), funciona
como alusión, asimismo, a la forma en que el INCAA distribuye el dinero del
Fondo de Fomento Cinematográfico.
Para ello, y como no se vale de números ni de casos puntuales que sostengan su idea, construye un escenario en el aire. Denosta a colegas que bajo el “irresistible influjo que ejerce la recaudación del Fondo de Fomento Cinematográfico del INCAA” tienden a “pensarse cineastas”. Sostiene que los cineastas que se empeñen en filmar en sus provincias probablemente vean su vocación frustrada por la burocracia del INCAA. A éste lo descalifica al mencionarlo como “una oficina pública” y se pregunta si el cine se convirtió en “una mera salida laboral y militante” (“Un documental no se le niega a nadie, especialmente si es un militante de los nuestros”: habría que recordar en la gestión de Pereira en la TV Pública durante el gobierno de Macri, se financió una serie documental protagonizada por Federico Andahazi, escritor militante de la causa PRO). Y termina señalando que el acceso a los créditos y los subsidios “solo estaban reservados para los amigos del Poder (…) para aquellos que tiraron la honra a los perros con tal de filmar su película”.
Hay un desprecio latente en Pereira que lo lleva a bajar la categoría
de “cine nacional” a “actividad audiovisual”, sin explicar en qué se basa. Y
ese desprecio, por cierto, es el equivalente discursivo de rebajar la Cultura
de Ministerio a Secretaría con el consecuente recorte de medios para su
subsistencia. Pero en ese recorrido que mencionaba en el párrafo anterior, al
invocar generalidades, involucra a una totalidad en la que no se distinguen
matices. Esa generalización es el resultado de la ignorancia o la negación de
lo ocurrido en las últimas décadas del cine argentino. Desprecia el surgimiento
de técnicos y directores de las escuelas de cine estatales y privadas (en
primer lugar la FUC y la ENERC) que se multiplicaron en las últimas tres
décadas y que han sido los que construyeron lo más parecido a una “industria”
si se la entiende como la generación de un producto atractivo para el público
que otorgue además la posibilidad de reinvertir lo ganado. No traza una
separación concreta entre ficciones y documentales, como tampoco advierte sobre
las facilidades que la tecnología ha brindado para un más fácil acceso a la
posibilidad de filmar. E ignora -o prefiere hacerlo- la creciente producción de
cine en las provincias -lo que debería recordar de su paso por la dirección del
Festival de Cine de las Alturas de Jujuy-, la cual no se limita solamente al
ejemplo de Córdoba, sino que puede hallarse, con experiencias más o menos
desarrolladas en la mayor parte del territorio nacional. En todo caso, el
problema radica en que Pereira lo piensa todo desde una concepción de industria
anclada en la llamada “época de oro” del cine argentino, que ya no existe. Pero
de la que persiste, incólume el centralismo porteño que implica que solo se
considera como estreno a aquel que ocurrió en la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires. Ese centralismo que Pereira cuestiona para la asignación de recursos
-nuevamente, sin aportar dato alguno-, pero que no cuestiona para los estrenos
ni para considerar a la Ciudad Autónoma como el estado más rico de la nación.
De esa manera, resulta claro que la postura de Pereira es interesada. Que lo
suyo no es cuestionar el funcionamiento de un espacio público, sino a esa
entidad en sí misma, abriendo las puertas para intervenir sobre ella y hasta
para hacerla desaparecer. Eso es, aunque lo esconda, una posición tan
ideologizada como la que le achaca a quienes critica.
3.El texto de Leonardo D’Esposito en el diario La Nación del 25 de enero (https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/los-numeros-del-incaa-gasta-mas-en-burocracia-que-en-hacer-peliculas-los-estrenos-que-no-vendieron-nid25012024/), complementa al de Pereira y no solamente porque en su primer párrafo se refiere al cine como “audiovisual”. No está demás recordar que D’Esposito se formó en la revista El Amante, en la cual el término “audiovisual” implicaba referirse a algo menor, a un pariente algo lejano de lo cinematográfico, más cercano a lo que en aquel momento era la realización en video y de manera no profesional.
En apariencia, el foco del texto se sitúa en lo que denomina “el estado
de las cosas”, a partir de los “números del cine argentino”. Lo que podría presuponer
una descripción que se ampara en la rigidez de los números provistos por el
INCAA, apunta en verdad a sostener una idea que, aunque no lo confiese, comulga
con las restricciones que pretendía imponer la Ley Omnibus. Para el autor, el
tema central, tal como lo enuncia son los números:una vocación contable que lo
lleva a plantear una serie de comparaciones:
a)Plantea que en 2020 y 2021 el INCAA tuvo déficit y en el 2022
superavit, pero desvirtúa a este último cuando señala que ese “ahorro es ínfimo
comparado con el déficit de los años anteriores”. Obviamente, no tiene en
cuenta que en 2020 y 2021 hubo algo llamado pandemia, que durante gran parte de
ambos años no hubo cines abiertos y que por lo tanto, los ingresos por la venta
de entradas se redujeron prácticamente a cero. Pero el uso del término “ahorro”
es el que lo delata: no se habla de recuperación de una inversión, sino, en
definitiva, de no gastar, de no usar el dinero.
b)Compara los ingresos del INCAA con el gasto, -y de nuevo, la palabra
no es inocua- en remuneraciones (es decir, salarios de trabajadores), bienes y
servicios, que constituyen aproximadamente el 50 % de los egresos. Esa cifra le
sirve para plantear que se usó “más en burocracia que en hacer películas”. Un
detalle más: habla de créditos y subsidios como “transferencias al sector
privado”, lo que le da al texto un carácter estrictamente financiero.
c)Se apoya en datos oficiales para remarcar la cifra de empleados, pero
para después ponerlo en duda en base a “informaciones cruzadas” -fuentes a las
que, por cierto, no menciona-. El uso de la información oficial se vuelve así
selectiva: si sirve al propósito del texto se la remarca, si no se la
relativiza o ignora.
d)Exhibe una contradicción entre el monto utilizado para financiar
películas -al que considera pequeño frente al gasto burocrático- y la cantidad
de películas argentinas estrenadas (241 en 2023), las que implícitamente
considera excesivas cuando se refiere a la cantidad de espectadores que las
vieron. Algo no cierra: se reclama en una parte del texto que se subsidia solo
una parte del costo y a la vez plantea que con esos subsidios el cine argentino
no corre riesgos porque se produce una apropiación de la renta del Estado. Que
despliegue ambas ideas en diferentes párrafos para distraer al lector no es
obstáculo para que la contradicción exista: o no alcanza para hacer una
película o alguien se la apropia como ganancia para hacer una diferencia. Pero
las dos cosas a la vez son imposibles.
e)La motivación última del texto aparece en el cuestionamiento a las
políticas del INCAA. Por un lado cuando señala que no hay un fomento del
público, lo que le achaca a los realizadores que no piensan en él. El autor
soslaya varios problemas de manera interesada. Uno es equiparar la existencia de
una película y su valor de acuerdo a la cantidad de espectadores que llevó a
las salas, reduciendo de nuevo, la cultura y el arte a una ecuación contable.
El ejemplo que utiliza -el notable documental Camuflaje- no puede ser
más desacertado: no solo porque se trata de una película excepcional sino
porque ni siquiera toma en cuenta su participación en festivales -por ejemplo,
el Bafici que conduce su amigo Javier Porta Fouz-. El otro problema es dejar a
un costado la concentración de la distribución y exhibición que lleva décadas y
que implica que las grandes cadenas de cines no programen cine argentino porque
no les interesa, porque muchas de ellas son, efectivamente, para un público
reducido (uno no puede imaginarse a multitudes yendo a ver Carmelo Saitta,
Collage 1944, por ejemplo). Algo que el propio D’Esposito mencionaba en el
año 2010 en el N° 223 de la revista El Amante, cuando escribía que “ya ni
reclamamos porque parece imposible para un gobierno que defiende lo nacional,
que se establezca alguna medida para frenar estos abusos de los lanzamientos;
eso es lo que se llama ´liberalismo salvaje´”. Lo que se omite además es que si
el INCAA no dispusiera del Cine Gaumont y los espacios en el resto del país, el
90% del cine que se produce en nuestro país no encontraría sala para ser
estrenado.
f)Cuando D’Esposito menciona lo que hace el INCAA (citando entre otras
cosas a la ENERC, a Cine.Ar, Ventana Sur, el Festival de Mar del Plata, las
salas y observatorios, olvidando por ejemplo a Cine Ar.Play), plantea: “La
pregunta es si estas cosas debería hacerlas el INCAA”. Todo se vuelve claro: no
interesa plantear lo que no se hace bien para intentar corregirlo (el texto,
amparado en esa falsa intención descriptiva, no aporta una sola idea para
mejorar) sino que lo que hace el Estado podría hacerlo otro. O sea, privatizar.
Hacer desaparecer al INCAA tal como existe hoy, y con él a la ENERC, a las
salas que maneja y a la plataforma y el canal de cine argentino. La lógica del
traslado a lo privado omite elementos esenciales. Que los alumnos que concurren
a la ENERC seguramente no podrían pagar las cuotas de las universidades
privadas que se dedican a la enseñanza cinematográfica. Que incluso ese
desplazamiento implicaría la reducción de la cantidad de cineastas y su
constitución desde una enseñanza diferente (como ocurre en cualquier carrera
entre lo público y lo privado). Que esa reducción implicaría, como consecuencia
directa, la disminución de películas que se realicen. Y allí es donde
D’Esposito termina asumiendo -no casualmente en el mismo diario- las mismas
posturas que se le criticaban a Pablo Sirvén desde El Amante en aquellos años. Uno
y otro encarnan esa máxima conjugada durante el gobierno de Mauricio Macri:
producir menos, con más presupuesto, como si ello fuera garantía de algo (el
actual fracaso de Jaque Mate es un indicio claro de ello). Y como se
mencionó, a ello contribuiría si no existieran las salas INCAA, las únicas que
pueden encauzar la distribución de las películas argentinas que al “mercado” no
le interesan.
Los textos de Pereira y D’Esposito -que han tenido, especialmente en el
segundo, sus respuestas mediáticas, algunas más contundentes como la de
Valentín Javier Diment (https://www.conlosojosabiertos.com/el-ventrilocuo/),
otra más matizada como la de Juan Villegas que indirectamente también responde
algunas afirmaciones de Pereira (https://asalallena.com.ar/libreta-de-apuntes-18-acerca-del-incaa-una-respuesta-a-leonardo-desposito/)-
no son ejercicios aislados. Se entretejen para potenciar y validar un discurso
que se viene construyendo desde hace 20 años desde medios masivos y periodistas
sin conocimiento del funcionamiento del ámbito. Esa construcción, que en
principio apareció fuertemente ligada al cuestionamiento del kirchnerismo, se generalizó
como una postura refractaria a todo lo que implique intervención del Estado. No
es casual que esos textos aparezcan en medios que no se caracterizan por un
interés en lo popular. Es que allí se entiende que el combate político continúa
aunque el adversario se encuentre en retroceso, porque lo importante es
continuar con la batalla cultural que nunca debe darse por ganada. Pereira y
D’Esposito forman parte de las voces que encarnan ese combate político, desde
la legitimidad que les otorgan sus lugares de director y crítico: el peso de
sus textos no es el mismo que el de un escriba generalista como Sirvén. Lo
llamativo, en todo caso, es el silencio de otros. Que los directores no hayan
salido contra el texto de Pereira. Que los críticos no hayan cuestionado al de
D’Esposito. Como si la defensa corporativa fuera más fuerte que el descrédito
que puedan ocasionar en las profesiones sus opiniones interesadas. Y también el
silencio de otras voces que deben existir y que apoyan esas ideas, pero
prefieren escudarse detrás de esos nombres para evitar los cuestionamientos.
Pensar que los dos textos rompen con la hipocresía de los sectores, no implica
que haya dejado de existir. En todo caso, exhiben su pensamiento sin pudores, con
la impunidad del que siente que en este momento histórico, las expresiones en
contra del Estado encuentran una razón de ser en un gobierno que va en la misma
dirección y en una masa de votantes importante que lo sigue avalando. Sería
interesante que desde la otra vereda haya más respuestas y que sean más
contundentes en la defensa de un patrimonio cultural que es de todos y que
planteos como los expuestos solo parecen apalancar las amenazas que provienen
desde la política.







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