PRISCILLA: EL CUENTO DE HADAS QUE NO ES
Para Sofía Coppola, toda historia puede verse como un cuento de hadas
que se rompe en pedazos (ver en Las
vírgenes suicidas o en María
Antonieta, especialmente). Aquí, la historia pone a Priscilla Beaulieu en
el momento en que se cruza con Elvis Presley y la fascinación mutua surge de
manera instantánea. Historia de amor que la Historia pone en pausa, entre el
servicio militar que presta Elvis en la Alemania de 1959 y en su regreso
posterior. Para Priscilla, Alemania es la familia, la casa paterna, el lugar
del cual hay que huir: un espacio restrictivo enclavado como base militar.
Elvis es a ella lo que era al resto del mundo: la ruptura, la imagen que
devuelve a los Estados Unidos.
Una escena concentra todo ese universo. Priscilla va a comprarse
vestidos y se los va probando. Quien mira no es solo Elvis sino su grupo de
amigos, ese mundo al que ella no puede pertenecer. La inercia de la relación
parece quebrarse solo en el momento en que Priscilla le dice: “Soy una mujer
con necesidades, que necesita ser objeto de deseo”. Lo demás es pretensión de
describir el funcionamiento de la sociedad patriarcal norteamericana en los
50/60s y señalar sus posibles continuidades en el presente. El cuento de hadas
en color –ese que se anuncia en la caminata con los pies descalzos sobre la
alfombra rosada en la secuencia de títulos- se vuelve mirada en blanco/negro.
Hombres dominadores y mujeres sometidas –que además son mejores, más
comprensivas y solidarias. El problema es que Sofía Coppola elige contarlo como
una reiteración de gestos y situaciones que no agregan nada en cada repetición.
Y que termina traspasando a su película la misma monotonía, el mismo desapasionamiento
de la vida de los personajes, al creer que es más importante llegar al momento
en que Priscilla decide vivir su propia vida, que partir desde allí.




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