PRISCILLA: EL CUENTO DE HADAS QUE NO ES

 

Para Sofía Coppola, toda historia puede verse como un cuento de hadas que se rompe en pedazos (ver en Las vírgenes suicidas o en María Antonieta, especialmente). Aquí, la historia pone a Priscilla Beaulieu en el momento en que se cruza con Elvis Presley y la fascinación mutua surge de manera instantánea. Historia de amor que la Historia pone en pausa, entre el servicio militar que presta Elvis en la Alemania de 1959 y en su regreso posterior. Para Priscilla, Alemania es la familia, la casa paterna, el lugar del cual hay que huir: un espacio restrictivo enclavado como base militar. Elvis es a ella lo que era al resto del mundo: la ruptura, la imagen que devuelve a los Estados Unidos.

 El cuento se construye en Alemania entre la galantería de Elvis y lo que va cediendo el Sr.Beaulieu. El traslado a Estados Unidos no va a tardar en mostrar la cara real y el final del sueño. No hay cuentos de hadas, hay vida real del otro lado del Atlántico. La vida real es una (otra) casa/cárcel –Graceland- en la que no pueden ingresar extraños ni puede dejarse ver en los jardines. Es Elvis preocupado por frustrar los avances sexuales de Priscilla en el marco de una hipocresía de puritanismo católico. Un padre que le prohíbe frecuentar los espacios de la casa asignados a otras mujeres –o lo que es lo mismo, no juntarse entre ellas-. Es Elvis yéndose de gira o a una filmación en Hollywood siempre acompañado de su banda de amigos, eternos adolescentes de goces más bien primitivos. Una escuela católica en la que todas sus compañeras la señalan. Y más adelante, un marido que la engaña con sus compañeras de set (“Necesito una mujer que sepa que estas cosas pasan”, argumenta). Y en fuera de campo, la omnipresencia del “Coronel” que rige todos los movimientos del músico.

Una escena concentra todo ese universo. Priscilla va a comprarse vestidos y se los va probando. Quien mira no es solo Elvis sino su grupo de amigos, ese mundo al que ella no puede pertenecer. La inercia de la relación parece quebrarse solo en el momento en que Priscilla le dice: “Soy una mujer con necesidades, que necesita ser objeto de deseo”. Lo demás es pretensión de describir el funcionamiento de la sociedad patriarcal norteamericana en los 50/60s y señalar sus posibles continuidades en el presente. El cuento de hadas en color –ese que se anuncia en la caminata con los pies descalzos sobre la alfombra rosada en la secuencia de títulos- se vuelve mirada en blanco/negro. Hombres dominadores y mujeres sometidas –que además son mejores, más comprensivas y solidarias. El problema es que Sofía Coppola elige contarlo como una reiteración de gestos y situaciones que no agregan nada en cada repetición. Y que termina traspasando a su película la misma monotonía, el mismo desapasionamiento de la vida de los personajes, al creer que es más importante llegar al momento en que Priscilla decide vivir su propia vida, que partir desde allí.


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