NADA: UN VACÍO LLENO DE LO MISMO DE SIEMPRE
La tentación, a la
hora de analizar Nada es recurrir al
título como elemento descriptivo. Sería una simplificación perezosa; o peor,
caer en el mismo tipo de referencias que suelen usar Cohn & Duprat para sus
productos. Pero Nada no es nada, en
tanto producto de una plataforma, precedido de una campaña de marketing
centrada en la presencia de Robert de Niro (y en menor medida del afiche que
muestra a Luis Brandoni aparentemente desnudo en un sillón, replicando la foto
de tapa del libro que escribe el personaje, estrategia con un aire a la
utilizada con el libro de El ciudadano
ilustre). Y sobre todo, porque la pretensión de que no haya nada, reclama
la naturalización de un vacío que no proviene de la decisión de experimentar,
sino de una evidente imposibilidad o pereza para desarrollar personajes y
situaciones.
Ese vacío aparente –en
tanto en los cinco episodios se desarrollan varias de las ideas habituales de
la dupla-, si se lo desmenuza parece estar señalando la forma en que los
directores regurgitan y vuelven a poner en pantalla personajes y situaciones de
sus películas previas. Lo que podría derivar en una suerte de saga o, en el
peor de los casos, un trabajo sobre las variaciones posibles a partir de
esquemas similares, en este caso funciona solo como reiteración o chiste. Lo
que delata la repetición de los autores son algunos detalles. La escena en que
Tamayo Prats (Luis Brandoni) lleva a almorzar a Antonia (Majo Cabrera) al
restaurant en el que por primera vez en veinte años le llevan la cuenta para
pagar, es similar a la de Renzo Nervi en Una
obra maestra, cuando se va sin pagar de un restaurant, incluyendo la
diatriba final contra el dueño y el local. Incluso la escena del primer
capítulo en la que cruza la calle sin mirar es casi un calco de la del
accidente del pintor en la otra.
Manuel Tamayo Prats
(Luis Brandoni) es un crítico de restaurantes de cierta fama, que lleva veinte
años sin publicar un libro. Vive de escribir artículos en publicaciones
periódicas, de la venta de lo que queda de su colección de arte y de su gloria
pasada. En ese punto es una variación apenas disimulada de Renzo Nervi, el
personaje que el mismo actor componía en Una
obra maestra (de hecho, se incluye una mención de Tamayo Prats a ese
personaje que sería pariente suyo): uno y otro revelan su resentimiento con el
mundo que los rodea, al que acusan de no comprender el arte sobre el cual
trabajan. Los problemas de dinero aparecen y se multiplican, pero ni el pintor
de aquella película ni el crítico de ésta hacen demasiado por revertir la
situación.
Quien cuenta la
historia es Vincent Parisi (Robert de Niro), el amigo americano de Manuel.
Parisi ocupa el mismo lugar que ocupaba Arturo Silva, el representante de Nervi
en Una obra maestra. Su perspectiva
es la del extraño que intenta explicar o validar al personaje y como
consecuencia también a algunos elementos de la cultura local. De ahí el chiste
del título de cada capítulo, utilizando dichos populares de reminiscencias
culinarias (desde “Estar en el horno” a “Tirar manteca al techo”). Si bien el
relato indirecto incluye la mirada de Tamayo Prats (individualista y
despreciativa de lo que lo rodea), la voz de Parisi funciona como contrapunto
que sostiene una valoración en sentido contrario. Ambos personajes son
representaciones arquetípicas. Uno es el argentino que desprecia la cultura
local y que no advierte en ella identidad alguna: ese cuestionamiento a partir
de la mezcla cultural evade el sustrato de una construcción histórica a partir
de las oleadas inmigratorias y aspira desde allí a una pureza imposible. El
otro es el extranjero subyugado por el exotismo de lo ajeno: Parisi viene a
validar, desde su posición (escritor exitoso, residente en Nueva York) la
cultura que localmente se niega, representando plenamente los procesos de
asimetría cultural que el reconocimiento pretende suturar. Parisi no procede
así solamente con la comida argentina, sino con su amigo (en el discurso de su
presentación) y hasta con la mujer argentina (no es casual que se quede con
Grace –Silvia Kutika-, ex pareja de su amigo). Ese proceso de reconocimiento no
es más que la máscara de la conquista, en tanto recolecta para sí mismo el
producto del reconocimiento que hace de la cultura ajena (validar la cultura
del otro para luego ser validado personalmente por ese gesto).
Lo que se supone que
es el nudo narrativo de la serie es el proceso que se abre con la repentina
muerte de Celsa (María Rosa Fugazot), la asistente/empleada de Manuel. Si en el
primer episodio se explora la dependencia extrema de Manuel por Celsa, en el
segundo, esa vulnerabilidad se expresa en la imposibilidad de manejarse en el
espacio social (por ejemplo, en la escena del supermercado, que se repetirá con
una variación ligera en el último capítulo cuando intente tomar un taxi o un
colectivo), lo que acentúa su rechazo. Hay un momento en el que esta situación
se verbaliza, cuando Grace le dice que no necesita una novia sino una mujer que
haga los trabajos de la casa (lo que revela la percepción de Manuel sobre las
mujeres). La aparición de Antonia, una joven paraguaya enviada por Grace,
permite desarrollar una resistencia inicial (Tamayo Prats la compara con Celsa
para cuestionar sus capacidades, aunque en algún momento se refiere a ésta con
desdén y malevolencia, revelando que su problema parecen ser las mujeres en
general, más que alguna en particular) y una aceptación posterior que recompone
el desequilibrio producido por la muerte. Lo interesante es que el dinero
amoldó a Celsa y amoldará a Antonia para que Tamayo Prats pueda seguir
dependiendo de ellas: esa es la única razón por la que necesita el dinero. Esa
dependencia se vuelve tan extrema que lo que hace es que el dinero no circule
nunca de patrón a empleada: salvo la frase que Manuel le dice a Antonia sobre
su sueldo cuando se está volviendo a Paraguay, no hay nada que indique que le
paga. Hay reclamos de Celsa en algún momento y hasta Antonia es utilizada para
trasladar en su cuerpo el dinero por el cambio de dólares (una variación poco
disimulada de las mulas que transportan drogas), para que su patrón no asuma
ningún riesgo. Manejan un dinero –y hasta un auto- que no les pertenece y al
que nunca llegarán porque en definitiva, Tamayo Prats parece compadecerse de
ellas al permitirles vivir bajo su mismo techo.
De allí que pensar que Nada es un continente vacío es un error. Expone los argumentos habituales de los directores y los sitúa en una historia fragmentaria apenas esbozada. En todo caso, les sirve para poner en boca del personaje central sus diatribas contra ciertas formulaciones del arte, en especial la pintura, contra el ejercicio de la crítica y el periodismo (en las entrevistas que le hacen en un programa de radio y otro de TV) e incluso en el desprecio a las clases trabajadoras (a las que se explota sin que haya una mirada que salga de su naturalización acrítica). Que la redención del personaje se dé a partir de la revelación de la simpleza de la comida de su sirvienta paraguaya implica al menos dos cosas. La primera, que los directores vieron Ratatouille y decidieron plagiar su escena central. La segunda, es que desde allí se quiere desvirtuar el lugar clasista en el que se para el personaje. Pero como aunque la mona se vista de seda, mona queda, Tamayo Prats se parece demasiado a esos homofóbicos que se justifican diciendo que tienen un amigo gay, pero cuyo pensamiento real se advierte en cada uno de sus actos.




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