MI PAÍS IMAGINARIO: SEGUIR FILMANDO LA BATALLA DE CHILE
1.No es lo mismo
pensar el documental de Patricio Guzmán antes de las elecciones para aprobar la
nueva Constitución de Chile que después de su rechazo en las urnas. La
sensación de la épica que Guzmán menciona como la Segunda Revolución de Chile
parece desmoronarse cuando se constata que seis de cada diez chilenos eligieron
rechazar el texto que cerraba el camino iniciado en octubre de 2019. Pero al
igual que otros documentales que cifran su mirada sobre los hechos en un tiempo
(casi) presente –por ejemplo, aquí en Argentina, Que sea ley-, Mi país
imaginario reclama una lectura que exceda el momento (la conjugación de la
realización con la discusión pública que define la aceptación de una ley) y que
se configure como documento, que sirva como recordatorio que permita actualizar
la lucha en contextos más favorables.
2.Guzmán señala ese
distanciamiento del presente estableciendo una relación directa con el pasado.
En el comienzo y en el final de Mi país
imaginario aparecen, como marcos que contienen el relato, imágenes de El primer año y de La batalla de Chile. No se trata solo de emparentar esta “Segunda
Revolución” con la primera encarnada en el triunfo de Salvador Allende, sino
que esa referencia actúe como reflejo posible de la concepción de la relación
entre pueblo y gobernantes. Es la gente en las calles lo que hermana ambas
visiones y es eso lo que las imágenes del pasado y el presente funden como
preanuncio del futuro donde reside ese país imaginario.
3.La actualización no
es solo política. Guzmán se despreocupa de las banderas partidarias porque
reconoce, en todo caso, que lo que está filmando es la eclosión popular que
debe derivar en una construcción política diferente. En las imágenes de sus
films iniciales, esa construcción está cristalizada: lo que vemos es el
resultado (y es por eso que el triunfo de Boric solo puede ser parte del final
del relato, no como cierre sino como apertura a lo que las imágenes del pasado
sugieren) y no el proceso que llevó a ellas, porque observa en el presente, la
sinonimia que empuja los cambios desde abajo. En todo caso, entiende que ese
“país imaginario” que retrata, es una actualización de sus películas del
pasado. Guzmán, en cierta medida, no hace más que seguir filmando “la batalla
de Chile”.
4.En verdad, habría
que decir que Guzmán nunca dejó de filmar esa batalla. La forma en que pasado,
presente y futuro se relacionan en su obra, es continua y puede observarse
claramente en sus documentales anteriores (de Nostalgia de la luz a La
cordillera de los sueños). Pero es aquí donde se vuelve más explícita.
Porque la reacción popular iniciada en el rechazo al incremento en el boleto de
subterráneo, deriva primero en las movilizaciones masivas y luego en la
bravuconada de Sebastián Piñera (“Esto es una guerra”) que se convierte en la
génesis del desastre. La guerra no es declaración del pueblo, manifestando de
manera pacífica, sino puesta en palabras por el poder político, amenazado en la
tranquilidad de la pasividad destruida. La batalla se actualiza dramáticamente,
entonces, cuando se produce una exagerada declaración de guerra contra “un
enemigo poderoso”. Y se juega en las mismas calles en las que la gente ocupa el
espacio. Lo que filma Guzmán allí no es solamente la disparidad de fuerzas (un
ejército pertrechado con armas y lanzagases y en vehículos blindados,
enfrentado a jóvenes con piedras y con la única protección de “escudos”
improvisados) sino la imposibilidad de un triunfo: los movimientos de avance y
retroceso, de ataques y contraataques, a pesar de la disparidad, tienden al
mantenimiento de las posiciones y la obtención de un trofeo pírrico, simbólico
(llevarse algún detenido, prender fuego parte de un blindado).
5. Esa imposibilidad
de triunfo –que revela la limitación que le impone al accionar represivo la
existencia de cámaras que funcionan antes como testigos que como transmisoras-
se revela como la paradoja central en un sistema que la enarbola como esencia
de la dificultad para entender el fondo del conflicto. La presencia de los
Carabineros en las calles, funciona como siempre –y como rara vez se lo ha
mirado- como sustitución de ese Otro que no necesita poner el cuerpo en las
calles porque tiene quien lo ponga por ellos. Pero esa sustitución que
involucra el poder de las armas –cuyo efecto disuasivo se cuestiona en cada
escena- es la que determina la escena de la guerra: su invocación desde el
espacio del poder político es lo que la produce. La paradoja es que esa guerra
no parece plantear ni un territorio a conquistar ni uno a defender. La lógica
de la guerra se ha transformado: todo lo que hay es la ocupación del espacio
público, que se visualiza como amenaza. El objetivo de la represión deja de ser
que se evite la toma simbólica del poder, para generar la escena de esa
posibilidad y así justificar su accionar desatado.
6.La batalla se
actualiza como nueva representación de las luchas civiles de la década del
setenta. Y que remita a la película emblemática de Guzmán implica un intento
totalizador. Las dimensiones de la movilización –pocas películas han utilizado
de manera tan adecuada y necesaria las imágenes por drones como esta, ya sea
para registrar las calles colmadas como para la escena que podría ser su
contracara, cuando el blindado atraviesa calles vacías en las que, de pronto y
desde los costados, van surgiendo espontáneos atacantes del vehículo- habilitan
un discurso que el documental irá refrendando. Jóvenes y adultos, profesionales
y personas en el límite de la subsistencia, escritores y amas de casa: el
espíritu movilizado no registra exclusiones como elemento que terminará
confluyendo en la construcción de la Asamblea Constituyente. En todo caso,
permite reconstruir la imagen como una rotura del plano para pensarla como un
prisma. En esa construcción que no evita lo paradójico (la fotógrafa que pierde
la visión de un ojo; la mujer que sale a la calle pidiendo que si le pasa algo
que alguien cuide a su hijo; la socorrista que se ve obligada a “armarse” con
una máscara antigas para ayudar a los heridos) lo que se excluye, sí, es la voz
de los hombres y de los políticos.
7.Solo dos hombres
aparecen hablando y ninguno de ellos lo hace desde una entrevista. Los dos son
políticos y se los ve y escucha en intervenciones públicas. En la primera,
Sebastián Piñera, presidente de Chile en el inicio de las marchas, declara la
guerra. En la segunda, el triunfador en las elecciones, Gabriel Boric,
restablece la voz esencial de la mujer en el conflicto. Uno y otro son apenas
marcos en los que se incrustan las otras voces. Son mujeres todas las
entrevistadas, aunque las multitudes se resuelvan en la mezcla y el mensaje
común. La única concesión de Guzmán es la recuperación de la acción del
Colectivo Las Tesis, haciendo explícito aquello que el documental sostiene
desde lo implícito: que son hombres los que detentan el poder y los que toman
las decisiones. De allí que lo que expone como contra-relato a la declaración
de guerra no sea tanto el movimiento pacífico de la multitud, sino una
construcción sonora que responde al estruendo declamatorio y al de las armas.
De los martillos que rompen veredas para obtener las piedras que servirán de
proyectiles a la forma en que algunas de esas piedras son golpeadas contra las
paredes –en una imagen que retuerce la significación de un Muro de los Lamentos
a la chilena- y de allí a la decisión de voltear el muro –la referencia a la
caída del Muro de Berlín parece inequívoca- que rodea al monumento sin monumento, la voz que articula a las
multitudes se vuelve relato construido a medias con las intervenciones de las
mujeres. Voces diferentes que articulan el discurso desde lo verbal y desde la
sonoridad pura.
8.Todo Mi país imaginario se sostiene desde la
reiteración de oposiciones que vienen a postular la más general entre el poder
–ejemplificado en las armas- y el pueblo. No se trata solo de lo más obvio: el
enfrentamiento entre la máquina y el cuerpo al descubierto. Para Guzmán, los
elementos que se ponen en juego adquieren un valor simbólico para reafirmar la
oposición. Si las heridas en los ojos -del manifestante, de la fotógrafa- parecen
revelar la voluntad del poder por impedir que algo se vea, el enfrentamiento
parece sostenerse en el uso de los elementos naturales (el pueblo asociado a la
llama que se enciende; el poder, con el agua que intenta apagarla). El país
imaginario que plantea Guzmán es el de un traspaso: el Estadio Nacional que
pasa de haber sido campo de concentración a escenario de votación; el
Parlamento que se vuelve Convención Constituyente poblado de mujeres y bajo la
presidencia de una mapuche. Pero es quizás en el testimonio de la constituyente
donde el recurso explota. La joven ajedrecista logra romper con la similitud
entre el tablero de ajedrez y la guerra sublimada, mientras quiebra la noción
tradicional y monárquica del juego. La guerra se transmuta por la visión del
tablero como un diálogo entre las piezas y la centralidad de rey y reina se
diluye en la concepción de los peones como dominadores del espacio de lucha y
diálogo. Los peones, esos que desde 2019 construyeron el país imaginario que
Patricio Guzmán se obstinó en filmar.





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