ANATOMIE D'UNE CHUTE: CAÍDA EN EL VACÍO

El primer problema de Anatomie d’une chute no es tanto el apego que parece sentir en un determinado momento por el esquema tradicional de las películas de juicios, sino la imposibilidad manifiesta de dotarlo de alguna arista de interés. Ese desinterés proviene de algo que el espectador ya vio o escuchó de parte de la protagonista –la secuencia inicial con la periodista, la forma en que encuentra el cuerpo, la reconstrucción del hecho-, y que al situarse en el contexto del juicio, no se lo provee de una mirada que le otorgue nuevo significado. La sensación es que en esos casos, se refugia en la comodidad de la disputa del sentido de las palabras que ejerce una y otra vez la acusación –cuyo centro es el momento en que se discute sobre lo “improbable” y lo “imposible”- y la forma en que se refleja en la cobertura de los medios que siguen el caso. Sin embargo, resulta claro que algo está mal cuando resulta más atractivo el personaje del fiscal con su insidia y su puesta en duda continua, que el personaje acusado con quien quizás el espectador debiera sentir alguna empatía.

El segundo problema es la ausencia de una mirada. El desplazamiento que se produce desde la mirada de Sandra a la de su hijo Daniel impide que el relato crezca desde lo que no puede revelarse por desconocimiento. Para ponerlo en claro: la película empieza con una perspectiva de Sandra en el momento de la entrevista trunca por el ruido que hace el esposo; pero la segunda secuencia pasa a la perspectiva de Daniel, cuando sale de la casa con el perro. Hay allí, entonces, algo forzado: ese pasaje implica poner fuera de campo, en una elipsis, la muerte de Samuel. Y esa elipsis es la que supuestamente garantiza que el juicio tenga algún sentido revelatorio, porque el espectador no sabe qué es lo que ha pasado.

Pero esa decisión influye también en el transcurso del juicio. No hay posibilidad de entender lo que pasa en Sandra porque se prefiere sostener la duda de manera artificial, sobre sus acciones (a contramano de ello, podría volver a verse Beyond a reasonable doubt, de Fritz Lang). No hay posibilidad de entender lo que le pasa a Daniel porque su punto de vista se vuelve esporádico y puesto al servicio de los giros de la trama (¿cómo es posible que se acepte las diferentes instancias en las que se desdice de lo que dijo antes?). Ni lo uno ni lo otro: se advierte una indiferencia pavorosa sobre los personajes, amparada en un distanciamiento que pretende no juzgarlos. Pero si el modelo claro es el de las películas de género americanas del período clásico, debería pensarse que en aquellas, aun con sus estructuras claramente delineadas, se propiciaba un movimiento de curva ascendente (si se tendía a la restauración épica del acusado) o descendente (si la idea era asistir al descenso a los abismos del mismo).

El final de Anatomie d’une chute, de una simplificación impensada, ni siquiera pone la palabra en boca del jurado, como si hubiera una decisión de no arriesgar una postura ante un hecho. Ese cuidado a la hora de molestar es lo que hace de la película un ejercicio al borde de lo innecesario, un juego de malabarismo que cayó bien en los festivales, esos lugares donde casi siempre se consagra lo que parece distinto y no es más que la repetición degradada de lo ya visto.

 

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